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Opinión

Prohibido celulares, por José Luis Gargurevich

En las escuelas se educa, no se prohíbe. Las escuelas tienen que tomar decisiones, no ser restrictivas. Todas las tecnologías pueden ser potenciadores de aprendizajes, y de hecho, las digitales, en mayor razón, lo son.

José Luis Gargurevich
José Luis Gargurevich

Prohibir es una solución popular en estos días. Eso, en tiempos donde el autoritarismo es lenguaje de los que ahora son agentes con poder y resonancia, cuando eliminar lo que no se entiende es la primera alternativa intuitiva que se nos ocurre, cuando se aprovecha de ese desconocimiento para generar desconfianza y miedo a lo que vulnere nuestro afán de control.

Vuelve a la agenda congresal la amenaza de prohibir celulares en las escuelas porque “está probado que su erradicación mejora los aprendizajes”. Algunos se escudan en que UNESCO lo ha dicho en su Informe GEM 2023: Tecnología en la Educación; otros, en que más de 70 países del mundo ya lo viene haciendo. El salto que hacen de la correlación entre prohibir y aprender es inaudito.  

Las mismas familias que enarbolan esta idea son las que en casa, en el restaurante o en la reunión dominical son incapaces de regular los tiempos en pantalla. Le delegan y exigen a la escuela que use la prohibición en sus horarios porque ellos no saben (pueden) hacerlo en los suyos.

Los mismos maestros que aprueban esta medida son los que no se han preocupado de desarrollar competencias digitales en ellos y en sus alumnos para que la tecnología les sea un factor de transformación de la enseñanza-aprendizaje. Esos mismos son los que no han incorporado el móvil en algunas de sus sesiones de clase para utilizar apps donde se pueda construir colaborativamente nueva información, utilizar la IA generativa, o potenciar con medios audiovisuales en pares o en grupos lo tratado en las horas de clase.

Los mismos políticos que escriben estas leyes prohibitivas son los que inoculan miedo en los padres frente a las ventanas de información que los celulares ofrecen a sus hijos, donde no pueden controlar los contenidos como creen poder hacerlo en las páginas de un texto impreso.

Prefieren ocultar aquello que podríamos enseñar: en vez de negar la existencia de información falsa, enseñar a discernirla de información real; en lugar de arrebatar un dispositivo, ser firmes en los horarios para el uso del mismo, intervenir como adultos mediadores allí cuando corresponda para orientar, y aprender a regular su acceso de acuerdo con la gradualidad del desarrollo cognitivo, psicológico y emocional de nuestros hijos.

En las escuelas se educa, no se prohíbe. Las escuelas tienen que tomar decisiones, no ser restrictivas. Todas las tecnologías pueden ser potenciadores de aprendizajes, y de hecho, las digitales, en mayor razón, lo son. Que deben tener criterios en cada escuela para su uso pedagógico en los espacios y horarios correspondientes, así debe ser. De la misma forma que son los horarios de la alimentación, del deporte o el arte. Pero a nadie se le ocurre pensar que en lugar de determinar horarios para comer, dibujar o patear una pelota, la solución para la concentración estudiantil y la socialización sea prohibir la comida, los lápices y las pelotas.

El Informe GEM 2023 de UNESCO no dice que las tecnologías son perjudiciales. Menciona que “las tecnologías digitales se utilicen para apoyar una educación basada en la interacción humana en lugar de pretender sustituirla (…) en cómo mejorar la calidad y en el desarrollo de las competencias digitales necesarias en la vida cotidiana” (…) y que los sistemas educativos deben estar mejor preparados para impartir enseñanza sobre y mediante la tecnología educativa (…)”.

Si los docentes no tienen que lidiar con celulares en el aula, ¿dónde se desarrollarán competencias digitales: en casa? Lo digital es vehículo para el ejercicio de una ciudadanía y una cultura digital, una oportunidad para aprender a ser ciudadano de un mundo global, cambiante e innovador, y a la vez, capaz de resolver problemas locales con mayor abanico de información y experiencias de ágil acceso.

No aticemos las bengalas de las soluciones que eliminan lo que no sabemos gestionar. Démosles a las escuelas la atribución de hacer una pedagogía más integral. Incorporémonos responsablemente en un debate mejor informado y más plural sobre los riesgos de las tecnologías. Invitémonos a no unirnos a las filas de esos agentes históricos que se resistieron a la evolución de un aprender más liberador que el que nosotros recibimos.

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