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Opinión

¿Ad portas de una paz en Ucrania?, por Sebastien Adins


Sebastien Adins
Sebastien Adins | Composición La República

El 25 de marzo, la Casa Blanca anunció un cese al fuego parcial entre Ucrania y Rusia en materia de infraestructura energética y en el Mar Negro, aunque sin brindar detalles sobre la implementación concreta del acuerdo. Cualquiera que sea su resultado, las últimas seis semanas de acercamiento entre Estados Unidos y Rusia han demostrado que la búsqueda de un cese al fuego comprensivo, como base de un futuro acuerdo de paz, será sumamente ardua y compleja. Lo que ambas potencias quieren evitar es que la guerra se convierta en otro conflicto congelado o que un eventual acuerdo solo sirva para ganar tiempo –como los Acuerdos de Minsk– o pueda ser revertido por una futura administración demócrata en la Casa Blanca.

Definitivamente, en la actual etapa de la guerra, Rusia cuenta con las mejores cartas. Además de disponer de más recursos económicos y humanos para proseguir la guerra por lo menos en el corto plazo, recientemente Moscú logró recuperar la mayor parte de la región alrededor de Sudzha, bajo control de Kiev desde agosto de 2024, sumado a sus avances –lentos– en Donetsk registrados desde el año pasado. Por otro lado, la última entrevista del enviado especial de Trump, Steve Witkoff, con Tucker Carlson no deja ninguna duda respecto a la perspectiva de la actual administración Trump en torno a la guerra en particular y Rusia en general (literalmente dijo que “le gusta Putin”). Así, reiteró que Ucrania no debería ser admitida en la OTAN, que un acuerdo necesariamente incluirá cesiones territoriales a favor de Rusia y hasta insinuó que Zelenski deba dar un paso al costado. Con razón, el Kremlin se siente “entendido” por Washington (en palabras de Lavrov) y aprovecha el momento para formular nuevas exigencias, siendo la más polémica una revisión del estatus de países centroeuropeos que ingresaron a la OTAN desde 1998. Con todo, Rusia dispone de márgenes de maniobra que ni podía imaginarse hace unos meses, aunque a la vez buscando un equilibrio entre alcanzar la plena normalización de sus relaciones con Estados Unidos y, por otro lado, maximizar las ganancias en Ucrania. En comparación, Ucrania no solo actúa bajo una enorme presión desde la llegada de Trump, pese al respaldo de sus socios europeos, sino que también ha tenido que aceptar un cese al fuego muy limitado en alcance y básicamente a medida de Rusia. 

Ante un panorama tan volátil, quedan dos principales cuestiones. Antes que nada, Ucrania se encuentra ante un gran dilema. Por un lado, aceptar las condiciones que Estados Unidos viene revelando, traería un costo político altísimo para el gobierno de turno, ante la población, luego de tantos sacrificios, y aún más ante las fuerzas armadas y grupos ultranacionalistas en el país que, si bien reducidos de militantes, influyen en la política ucraniana contemporánea. Desde esta perspectiva, algunos hasta consideran el escenario de un golpe en Kiev. Al mismo tiempo, empero, no aceptar un futuro acuerdo convertiría a Kiev –en ojos de la Casa Blanca– en el principal responsable de una continuación del conflicto, con todas las consecuencias que ello podría acarrear. No olvidemos, además, que aún se mantiene vigente el decreto ucraniano que prohíbe negociar directamente con Putin, y que cualquier acuerdo será, en principio, sometido a un referéndum popular en Ucrania.

En segundo lugar, ¿dónde cabe Europa (occidental) en este proceso? Más allá de las promesas de la administración Trump de involucrar a los europeos en las negociaciones sobre un acuerdo de paz, actualmente no tienen participación alguna en la búsqueda de un cese al fuego. Por otro lado, es importante considerar que el “plan de paz” presentado por Macron y Starmer sigue insistiendo en la integridad territorial de Ucrania, serias garantías de seguridad para el país (a través de su ingreso a la OTAN o con garantías “artículo 5”), el envío de una “fuerza de seguridad” europea y promete seguir con la ayuda militar y financiera a Kiev (resumida ahora en el eslogan “paz mediante la fuerza”). Posiciones que se defienden desde una perspectiva legal y moral, pero que, a estas alturas, parecen poco realistas, considerando la situación en el terreno y la posición que adoptan Washington y Moscú. Al mismo tiempo, desde que Macron dejó de conversar con Putin a finales de 2022 –el único líder occidental importante en defender que Rusia también necesita garantías de seguridad–, actualmente, ningún gobierno europeo (salvo Hungría y Eslovaquia) propone retomar el diálogo con Moscú, presentado ahora como algo inmoral e ilegítimo, descartando así cualquier posibilidad de una paz negociada. Ya lo dijo el ex secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, antes de dejar el cargo: solo “las armas son el camino a la paz”.

Al respecto, destaca la posición intransigente de la representante para asuntos exteriores de la UE, la estonia Kaja Kallas, quien se opone a cualquier comunicación con Rusia y hasta llegó a afirmar que una derrota rusa podría ser una gran oportunidad para que el país más extenso del mundo se divida en múltiples repúblicas étnicas. Así las cosas, el bloque europeo, concebido como un proyecto de paz, termina siendo el actor que más defiende proseguir una guerra que ya lleva más de tres años, deslegitimando cualquier propuesta de paz –por ejemplo, desde el Sur Global– y tildando cualquier crítica a este pensée unique como propaganda rusa.

¿Cómo entender esta posición europea? Antes que nada, pareciera reflejar un fenómeno muy común en la toma de decisiones, denominado “costos hundidos”: insistir en una conducta, incluso cuando demuestra ser ineficaz, simplemente por haber invertido tanto en ella. Asimismo, revela el creciente peso en el seno de la UE de países vecinos de Rusia, como Polonia o los del Báltico, que lograron insertar su histórico escepticismo –por no decir rusofobia– al bloque. Por otro lado, también es cierto que, al sobredimensionar la amenaza rusa, las elites europeas consiguieron impulsar un histórico incremento de su gasto militar –hipotecando el gasto social, el Pacto Verde o la propia estabilidad macroeconómica–, sin mayor oposición política o movilización civil. Finalmente, al menos una parte de la postura europea denota una sensación de culpa, luego de haber cometido graves errores estratégicos respecto a la “cuestión ucraniana” en las últimas dos décadas, entre otros; haber presionado para que el país “elija” entre Rusia y Occidente; prometido su ingreso a la OTAN, aunque sin actuar en consecuencia y; condenado la anexión rusa de Crimea, pero manteniendo los lazos económicos con Rusia hasta 2022. Lo trágico de todo ello es que, siendo la invasión rusa de Ucrania una manifiesta violación del derecho internacional, prolongar la guerra sólo traerá más muerte, destrucción y el riesgo de una peligrosa escalada.

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