
El ataque a las élites en la sociedad se ha vuelto algo casi mundial. Ocurre hasta en Francia, donde toda la población parece ser una sola élite. Se atribuye el furor por Donald Trump a un rechazo a las élites de los EE. UU. La práctica ahora recorre el mundo, como una versión inversa del fantasma que recorría el mundo en el Manifiesto comunista (1848).
Lo que definía una élite como tal en el siglo XIX occidental era su riqueza y su nivel educativo. Frente a sus enemigos del siglo XXI, una élite se define sobre todo por sus ideas y su práctica liberales. Si esto último viene junto con riqueza o mejor educación, pues tanto peor. Es el privilegio el que propicia la crítica a las élites.
Esta idea, esencialmente falsa, que las élites son por definición liberales es la que está permitiendo que tantos sectores diferentes se vengan uniendo en una misma causa. Ezra Klein ha producido hace poco un buen resumen de lo liberal: “Fe en la dignidad humana, derechos universales, florecimiento de los individuos, y consentimiento de los gobernados”.
En los zapatos anti-liberales caben desde un nazi hasta un conservador silvestre, pasando por un comisario estalinista, cómo no. El liberalismo de las élites interfiere con los intereses de sus enemigos. El autoritarismo necesita poblaciones pasivas, no soliviantadas por la prédica del derecho a tener.
Una trampa del antielitismo es que las élites sí tienen recursos indispensables para el avance del resto de la sociedad (dinero, educación, cultura). Atacarlas es dispararse al pie, peor todavía neutralizarlas. Otra trampa es que la élite no siempre es un grupo compacto de un solo propósito, y es el ataque lo que lo unifica, y lo vuelve una fuerza social.
El odio a las élites no va a desaparecer por su cuenta; más aún, es algo en expansión. La población ansía desprenderse de su ciudadanía y convertirse en masa de maniobra de todo tipo de inescrupuloso político. ¿Por qué? La psicología de masas tiene un capítulo sobre la importancia de la emoción del momento. Sobre todo cuando el charlatán de hoy ofrece un gran mañana.
Las encuestas en las que la democracia está en crisis son avisos luminosos de que existe nostalgia de un tirano. Quienes piensan así realmente lo merecen.





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