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Opinión

Dueles, Perú, por Maritza Espinoza

“Nunca nos entendimos menos. Hoy, el Perú es una gran torre de Babel donde todos gritan sin oír y los insultos son balas que matan gente igualita a uno...”.

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¡Qué doloroso ser peruano hoy! Ser campesino, comerciante, policía, limeño, puneño, hombre, mujer o niño. ¿Cómo no sentir en uno mismo el dolor inenarrable de esas balas que reventaron los órganos de dieciocho compatriotas que solo buscaban hacer sentir su voz? ¿Cómo no sentir el ardor indescriptible de las llamas que calcinaron a ese policía linchado por una salvaje turba enardecida?

No hay muertos más o menos valiosos. Cada peruano que muere es el Perú que muere. Un país que se desangra por heridas que son no solo las muchas que han sido abiertas en estos días, sino que vienen de largos siglos de afrenta, de desprecio, de marginación, de fractura racial, social y –lo más desolador– humana.

Y la fractura más cruel es aquella que se abre como un abismo telúrico entre Lima y el resto del país, como si Lima no fuera la más provinciana de nuestras ciudades, como si nos dividiéramos entre ciudadanos de primera y de segunda, como si el territorio fuera un deshilachado trapo que se arranchan sanisidrinos con quechuas, miraflorinos con aymaras, limeños con puneños.

Nunca la unidad nacional estuvo tan lejos. Nunca nos sentimos menos parte de este rincón en que nacimos. Nunca desconfiamos tanto del otro, tan igual a nosotros, con sus rasgos mestizos, con su mote particular, con sus sueños y sus reclamos justos. Nunca nos entendimos menos. Hoy, el Perú es una gran torre de Babel donde todos gritan sin oír y los insultos son balas que matan gente igualita a uno y las acusaciones, misiles que destruyen todos los puentes.

Y en las alturas del poder, el eterno juego del gran bonetón. Y en las redes, y en los medios, y en las calles, la eterna repartija de las culpas y los reproches. El ventajismo político depredando sin compasión los cuerpos de los hermanos muertos. La infamia.

En medio de todo, el peruano –ese peruano único, confuso y triste que somos todos– tratando de encontrar un rayo de esperanza. Perdido. A punto de llorar.

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