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Opinión

La destrucción de las pequeñas y grandes cosas, por Rosa María Palacios

“El Congreso no se queda atrás. Ha destruido la cuestión de confianza y ya no sirve casi para nada”.

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Hagamos un breve inventario de daños sobre aquellas instituciones o bienes y servicios públicos que han pasado a deteriorarse a toda velocidad. Esta es solo una mirada rápida a las noticias de los últimos días.

En la educación peruana, dos intereses particulares se nutren de su deterioro. De un lado, los propietarios de universidades no licenciadas y, del otro, el sindicato de maestros desaprobados. Ambos, hoy muy poderosos. Congresistas dispuestos a destruir a la Sunedu y el propio presidente Castillo y su nefasto Fenate dedicados a destruir la meritocracia. Las consecuencias inmediatas están a la vista.

Por ejemplo, en educación intercultural bilingüe se contratará a profesores que no son bilingües. En educación superior, con una acción de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional promovida por los autores de la misma ley, hoy suspendida por un amparo, se busca asegurar el asalto al Consejo directivo de Sunedu.

Como lo leen. Podría seguir con la Derrama Magisterial, el botín apetecible; o, considerar, al menos un instante, que el ministro de Educación plagió su tesis doctoral, pero ¿importa? Dos años sin clases presenciales cuyos impactos negativos ni siquiera han sido medidos, ¿les importará algo?

El Ejecutivo ha destruido el mérito y lo ha sustituido por la cuota y los negocios de su clientela. La corrupción asoma en todo ministerio. Desde el MTC hasta Salud, con el cerronismo imponiendo su canje por 15 “curules cautivas”. El servicio se empobrece y se deteriora sin vuelta atrás en estos 16 meses.

¿Seguimos? Machu Picchu al borde del colapso por la venta de entradas locales, Kuélap con sus muros caídos, el museo de Pachacámac sin línea museográfica, el centro de convenciones más grande del Perú, con capacidad para 10,000 personas, sin ser concesionado internacionalmente.

En Interior, el problema de los pasaportes está lejos de resolverse. ¿Por qué un servicio que funcionaba a fines del 2019, sin cita, es hoy un viacrucis? ¿Por qué instituciones que fueron líderes en, por ejemplo, promoción de comercio exterior y turismo como PromPerú (que hoy deberían ser el motor de la recuperación pospandemia) son invisibles?

Cuando la más grande productora de cobre del corredor minero solo trabaja al 30%, el país entero paga el daño de la futura caída en la recaudación. Cuando hay que meterle 4,000 millones de dólares a Petroperú, todos pagamos esa cuenta.

Cuando la inversión privada crece en cero, no hay nuevos empleos y se pierden los que ya existen. Lima ya perdió 252,000 empleos adecuados respecto al 2019 (INEI) prepandémico. El Perú sigue creciendo por el empuje de su gente y su disciplina anterior, pero lo hace “a pesar de” y no con el gobierno.

El Congreso no se queda atrás. Ha destruido la cuestión de confianza y ya no sirve casi para nada, pero no la ha sustituido con la renovación parlamentaria a mitad de periodo. Tampoco quiere reformar el 117 para juzgar al presidente en ejercicio. Mucho menos, adelantar elecciones.

Solo dos son los objetivos parlamentarios: sobrevivir a una hoy imposible disolución y los negocios particulares que se presentan por el cargo: desde la ilícita gestión de obra pública (alentada por el Ejecutivo) hasta el encubrimiento de los negocios de sus miembros.

¿Y el Tribunal Constitucional? Les acaba de regalar una modificación a la prohibición de iniciativa de gasto que es la puerta abierta a la corrupción. Ya se entiende a cambio de qué votaron la izquierda y derecha unidas por su elección. La destrucción del artículo 79 de la Constitución, una más, a la lista.

También hay un deterioro en la moral del país. ¿Cómo se va a apreciar la democracia si se ha destruido el respeto, la mínima cortesía, los modales ciudadanos y republicanos? Ministros, congresistas y sus líderes políticos, que insultan y chillan en redes sociales, van como el mataperro alharaquiento del barrio, buscando bronca a periodistas.

Si las cosas se destruyeran para crear algo nuevo, se podría considerar el riesgo de hacerlo. Pero la destrucción aquí es por pésima gestión, por corrupción pura y dura o ambas en simultáneo. ¿Hasta cuándo aguantaremos? La comisión de la OEA no va a encontrar ningún golpe de Estado. Los golpeados somos nosotros.

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