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Opinión

La izquierda, entre la esperanza y la decepción, por Ramiro Escobar

“Si alguna ‘revolución’ puede haber en estos años, es esa que no se reduzca a incendiar la pradera con discursos”.

Más de 11 millones de colombianos (50, 44%) votaron por Gustavo Petro y Francia Márquez como presidente y vicepresidenta de Colombia. Foto: AFP
Más de 11 millones de colombianos (50, 44%) votaron por Gustavo Petro y Francia Márquez como presidente y vicepresidenta de Colombia. Foto: AFP

Profesor UARM

Ha ganado Gustavo Petro en Colombia, sin una mayoría aplastante, y han cundido las alarmas, pero también los entusiasmos en la región. Circula ya un mapa con casi toda Sudamérica pintada de rojo –a excepción de Brasil, Paraguay y Ecuador– y, para los haters de la izquierda, se viene algo así como una hecatombe, un apocalipsis escarlata.

Para los devotos del ‘progresismo’ en todas sus variantes es más bien una buena noticia, o al menos un respiro esperanzador. Para los izquierdistas sin fisuras, por último, puede ser algo así como la antesala de la revolución tantas veces imaginada. Hay otros matices en este degradé de reacciones. Nadie, al fin, está resultando inmune a esta ola.

Pero, si bien los hechos y los votos hablan, de ninguna manera se puede decir que este presunto nuevo ‘ciclo progresista’ es calco y copia del anterior que comenzó hacia los 2000, cuando los Chávez, los Morales, los Correa, los Kirchner, los Lula irrumpieron con fuerza en la región. También en esa época como un cuco para algunas personas.

Las izquierdas, o centro-izquierdas, que están llegando ahora al poder (Boric y Petro, por ejemplo), no arriban, como ha recordado el colega Manuel Canelas en la revista Nueva Sociedad, con una mayoría arrasadora, con bancadas parlamentarias rollizas, dispuestas a cambiar las reglas del juego, las leyes o hasta los nombres de los países.

Han llegado más bien raspando, o por una diferencia moderada, nunca sideral. Acceden al poder en medio del síndrome del archipiélago, hoy más extendido en el sistema político latinoamericano. Podría decirse que el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia es la excepción, pues tiene una bancada de diputados bastante grande.

Sin embargo, en las elecciones regionales de abril del 2021, perdió fuelle electoral y seis de las nueve gobernaciones bolivianas. Se trata, entonces, de una marea de mediana intensidad, que además viene con nuevos temas que, allá por los 2000, no se ponían mucho sobre la mesa, o ni siquiera se pensaban, pues lo importante eran los caudillos.

Ahora ni Petro, ni Boric, ni Alberto Fernández (un peronista más bien escorado hacia la centroizquierda, antes que un izquierdista clásico), ni Arce son ‘comandantes’ o personajes flamígeros. Tienen, digamos, menos revoluciones y, por el contrario, los que siguen en ese rollo –como Maduro y Ortega– comienzan a ser mal vistos por todos.

Venezuela ya no es un referente para ellos, y menos Ortega, cuyo proceso electoral escandaloso apenas fue celebrado por Morales y por algunos militantes despistados de Perú Libre. Este partido, que ahora nos gobierna en medio de tumultos, tampoco forma parte claramente de ‘la nueva ola’, sino que permanece en un limbo lleno de desvaríos.

Porque hoy, para decir que se quiere un cambio y reducir la inequidad en este continente de desgarradores abismos sociales, ya no se tiene que hablar únicamente de la pobreza (hasta la ultraderecha dicen combatirla). También se tienen que ampliar los derechos de los indígenas, de las mujeres, de los afrodescendientes, de la comunidad LGTBI.

Esto último, como sabemos, algunos ‘machotes’ de ayer y hoy no lo tenían en la agenda, pero ya no se puede eludir, entre otras cosas, porque a las derechas de prácticamente toda estirpe les interesa un comino ideológico. Si alguna ‘revolución’ puede haber en estos años, es esa que no se reduzca a incendiar la pradera con discursos.

Esa ‘nueva izquierda’ tendría que encontrar el difícil punto de equilibrio entre la justicia y la libertad, entre la salud económica (macro y micro) y los derechos para todos. Entre el sentido de la realidad y la posibilidad. Y tendrá que espantar a la corrupción como si fuera la peste, para no convertirse en una nueva decepción en el alma de la gente.

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