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Opinión

¿Ha terminado la guerra?, por Cecilia Méndez

“Sin embargo, el mismo hecho de que nuestra crisis sea autogestada significa que la solución está también en nuestras manos. Tal vez podríamos empezar por las palabras”.

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“Sin embargo, el mismo hecho de que nuestra crisis sea autogestada significa que la solución está también en nuestras manos. Tal vez podríamos empezar por las palabras”.

“Hemos ganado la guerra, pero no la posguerra”, dijo Carlos Iván Degregori, reconocido antropólogo y miembro de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, en una charla pocos años después de la publicación del Informe final en 2003.

Esta frase resuena en mí estos días, en que el país pasa por un estado de creciente crispación política, violencia e incertidumbre que me traen a la mente la sensación de desesperanza y desasosiego que se vivía en los años ochenta y comienzos de los noventa. A semejanza de la guerra de Sendero, se trata de una crisis política autoinfligida, sin motivación externa. La guerra de Ucrania solo la agrava, pero no es su causa. El presidente de Conveagro, Clímaco Cárdenas, presentó ya en noviembre un plan a Pedro Castillo para solucionar la escasez y el alza del precio de los fertilizantes, ocasionados por la pandemia. Castillo dijo que arreglaría el problema en ocho días. Pero, acto seguido, procedió a desmantelar la “segunda reforma agraria” que iba a favorecer a los pequeños agricultores y nombró a un ministro de Agricultura que favorece a los agroexportadores, en desmedro de quienes ponen la papa sobre nuestra mesa. Hoy, el riesgo de hambruna es inminente, si no se hace algo pronto, señala Cárdenas.

Al desmantelamiento del Estado y la corrupción enquistada en las más altas esferas de la política, se suma un profundo deterioro de los vínculos sociales, expresado en el incremento de formas de violencia cada vez más avezadas, pero también en la degradación del lenguaje. Lo vimos en la campaña electoral: “¡caviar!”, “¡terrorista!”, “¡comunista!”, “¡burro!”, “¡serrano!”. “¡analfabeto!”, “¡muerte a...!”. Pero lo grave del momento actual es que los incendiarios de la palabra no son solo troles e internautas sino las más altas autoridades políticas y celebrados intelectuales. ¿Cómo entender un país cuyo primer ministro elogia públicamente a Hitler y llama “miserable” al primado de la Iglesia católica en el Perú, y cuyo Premio Nobel de Literatura se refiere al presidente públicamente como “analfabeto”?

A diferencia de los tiempos de Sendero, no es fácil hoy culpar de todos los males a un único agente del mal, a un “malo absoluto”. Pero tampoco existe una “figura salvadora” carismática, un líder que despierte un mínimo de entusiasmo. Por un breve momento, este parecía ser el actual presidente, pero la esperanza se diluyó rápidamente ante su desastroso manejo del gobierno y un Congreso que solo añade a la calamidad. No obstante, esta situación tiene un lado positivo, porque induce a la introspección (o debería). La crisis nos obliga a vernos desnudos, tal cual somos, con todas nuestras miserias como individuos y como sociedad. Esto hace que el peso de la solución recaiga sobre nuestros hombros, ciudadanxs comunes, simples mortales. Porque los que tienen las soluciones no tienen el poder, como lo demuestra el caso de Conveagro. Y a los que tienen el poder solo les interesa seguir medrando de él. En tanto eso es así, la solución no vendrá de las cúpulas. Toca pues expresarse y ayudar a visibilizar, potenciar, amplificar, empoderar, esas voces juiciosas, sanadoras, que son muchas, pero que son silenciadas por el mainstream mediático. Estas deben ser tan fuertes que nadie pueda prescindir de ellas. El camino, en este sentido, es más importante que la meta, porque si él es el correcto, el resultado lo será también.

Retomando a Degregori, ¿qué quiere decir “ganar la guerra pero no la posguerra”? Está claro que Sendero fue derrotado. Pero lo que no está claro es quién ganó la guerra. Como en toda guerra, diversas facciones se unen en torno a un enemigo común, pero vencido este, viene la disputa entre las facciones que quedan. Y creo que aún estamos en ella. Porque el golpe de 1992, en cuyo marco se capturó a Guzmán, impuso también un modelo económico que promovió el individualismo más extremo, ocasionando el deterioro de la política, de los vínculos sociales y del lenguaje, que hoy nos pasa factura. Ese tiempo nos dejó también un legado autoritario que es ubicuo, pero cuyos rasgos políticamente más peligrosos hoy están, creo, en las fuerzas de choque de la ultraderecha. Sin embargo, el mismo hecho de que nuestra crisis sea autogestada significa que la solución está también en nuestras manos. Tal vez podríamos empezar por las palabras. Porque así como la democracia se construye con palabras, también puede destruirse con palabras. No lo permitamos.

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