
¡Guten rutsch!, me dice Teresa Ruiz Rosas. Es una expresión que traducida del alemán al español debe entenderse como “Ten un buen resbalón”. Pero no hay ningún deseo siniestro en esa frase. Por el contrario, es el modismo más usado por los alemanes para desear un año venturoso. El 2020 ha estado lleno de sorpresas para la narradora arequipeña que reside en Colonia, Alemania. Ganó el Premio Nacional de Literatura, que entrega el Ministerio de Cultura, por su novela Estación Delirio, y su trabajo la ha llevado a recorrer la Europa que le hace frente al coronavirus. Ha sido testigo del encierro en Colonia y de la libertad en Viena. Ha visto con cierta angustia lo que pasaba en el Perú. Y hoy hace un alto para reflexionar sobre estos intensos días.
En marzo, cuando la OMS declaró la pandemia por coronavirus estaba en Straelen, cerca de Holanda. Luego, ha hecho cuarentena en Colonia, donde reside. Y hoy está en Barcelona, donde ha empezado la vacunación y las cifras de contagio crecen lentamente…
También estuve en Austria. En agosto estuve tres semanas en Viena, becada por la sociedad de autores, porque estoy traduciendo los diarios de Stefan Sweig. Me dieron una beca de estancia para investigar un poco más los temas que estoy traduciendo.
Digamos que por su trabajo se ha convertido en una testigo nómade de cómo avanza el combate contra el virus.
(Sonríe) Sí, puedo dar fe de algunas cosas. Al comienzo, en Straelen, estábamos todos en la mayor incertidumbre. Yo me encontraba en La Casa del Traductor, y era una pequeña Torre de Babel. Habíamos traductores de todos los países. Había colegas de Estados Unidos, de Grecia, de Uzbekistán, de Turquía. Y la directora de la casa nos pidió que volviéramos a nuestros países antes de que cerraran las fronteras. Ya en Colonia, al principio, no se notaba tanto. Yo misma, por mi trabajo, estoy acostumbrada a trabajar en casa, así que no había una diferencia muy grande. Pero luego se cancelaron festivales como el de Sant Jordi, en Barcelona, donde acostumbran a regalar libros y rosas, y los autores pueden firmar sus libros. Era un poco triste eso. Y luego vino lo de Austria. Y en ese momento no pedían un test PCR como he tenido que hacer ahora, para venir a Barcelona. Viajé en tren, tranquilamente, pero sí se usaba la mascarilla. Estaba claro que se podía hacer una vida con restricciones, pero sin dejar de hacer absolutamente de todo. Tampoco había una situación de angustia. Quizá fuera por el verano. Ahora con el invierno, por el frío, se complican mucho más las cosas en Europa.
Hace unos días, Colonia, la ciudad en la que vive, estaba en los titulares porque sus residentes se negaban a dejar de comprar el tradicional vino caliente de las fiestas navideñas, a pesar de las restricciones ordenadas por la canciller Merkel. ¿La gente se ha resistido mucho a las indicaciones de las autoridades?
No, no. Yo estoy desde el 18 de diciembre en Barcelona. Así que no he visto este episodio del famoso vino caliente o glühwein. Pero, en general, Colonia es una ciudad muy jaranera. Ahora están muy molestos porque en noviembre empezó la estación del carnaval, y tienen reuniones y fiestas hasta febrero que están suspendidas. Es el temperamento de gente a la que le fastidia que le corten sus costumbres. Y esta actitud de resistencia empezó casi a la par de la pandemia misma. Y también hay un escepticismo, de gente más joven, que tiene menos miedo. Ángela Merkel ha criticado eso. Claro, ella tiene que defender la postura de que la gente se vacune, pero la verdad es que mucha gente no quiere vacunarse, aunque han dicho que no va a ser obligatorio, lo cual está muy bien, la verdad.
¿Usted se vacunaría?
Yo soy bastante escéptica. De momento creo que no, pero tampoco puedo negar de plano esa posibilidad. Lo importante es cuidarme, reforzar el sistema inmunológico y no arriesgarme con la vacuna. Es que soy una persona muy alérgica y ahora me parece un riesgo. No veo en mí esa urgencia, pero por supuesto respeto a las personas que no ven la hora de vacunarse.
Recuerdo un artículo suyo, de marzo, en el que comentaba que le habían dicho por WhatsApp que teníamos poquísimos contagios en Perú y que éramos líderes en prevención. Fuimos muy ilusos, ¿no cree?
Sí pues. Es que al inicio el Perú era modelo. Recuerdo a un amigo, un físico español, al que le conté lo de Perú, y él, que estaba muy molesto con lo que pasaba en Europa, me dijo que eso era lo que debía hacerse. Al inicio, el Perú hizo fielmente lo que indicaba la OMS, el problema fue, paralelamente, el tema económico, la gente que salía porque no le quedaba otra alternativa. Yo creo que el tema económico se ha llevado mejor en Viena, o en Alemania. No se ha permitido un colapso tan radical que ha condicionado las cifras desastrosas que se han visto después.
¿Cuál fue la noticia que más la sobrecogió sobre el avance del virus en el Perú?
Ver las imágenes de mi ciudad, Arequipa, cuando me enteré del manejo absurdo del gobierno regional sobre la política hospitalaria. Se les ocurrió hacer obras en el hospital general en lugar de habilitar espacios.
En el año en que todos debimos estar encerrados, usted ha ganado el Premio Nacional Nacional de Literatura con Estación Delirio, una novela que habla de liberación, de pacientes psiquiátricos que deben pasar largos periodos de reclusión en sanatorios y que finalmente salen al mundo.
Ahora que me lo dice así, creo que esa metáfora funciona, es alucinante. Efectivamente es la liberación a un encierro.
¿Investigó mucho sobre clínicas de salud mental para escribir la novela?
Sí, hubo una larga investigación. Si bien es un proyecto que tuve en mente desde que una amiga me contó lo de la clínica, cuando me senté a escribirla en serio conversé con psicólogos, con psiquiatras, incluso con el neurólogo que fue asistente del psiquiatra que es uno de los protagonistas de la novela, un señor de 93 años, que me recibió en Suttgart. Conversamos mucho, yo llevé una grabadora que por supuesto no funcionó (se ríe), pero igual hice anotaciones. Y también hablé con la hija de Anne Kahl, la protagonista. Sí, investigué mucho, y el manuscrito final se lo di a una amiga psiquiatra, para evitar barbaridades.
¿La novela no quiere lanzar también una pregunta? ¿Quién gana más con las clínicas privadas? ¿Los pacientes o los médicos que tienen sujetos de estudio a la mano, todo el tiempo?
Sí, es una pregunta que está en el libro y que me la he planteado. Y a mí me hace mucha ilusión que se desate una discusión a partir de esto. Creo que la salud mental debe estar de todas maneras en los planes de la salud pública. Una de las cosas que me explicó este doctor mayor, que consulté, fue que, lamentablemente, en los años 70 u 80, en el hospital psiquiátrico de Stuttgart no había las garantías que daban ellos, en la clínica, y por eso había una alta cuota de suicidios. La gente que va con depresión tiene ideas suicidas, y el hospital público de Stuttgart tenía muchas muertes, mientras que ellos, en la clínica, podían vanagloriarse de que no habían tenido una sola en toda su existencia. Por otro lado, también me explicó que dejaron de ser una clínica mixta porque los pacientes varones se las arreglaban para suicidarse con más facilidad que las mujeres.
Eran suicidas más eficaces.
Sí, en efecto. Ahora, en esta clínica, el psiquiatra al que yo he bautizado en la novela como Tauler diseñó todo. Hizo remodelar una casona destruida con los parámetros que él quería, era imposible abrir más de cinco centímetros las ventanas, para que fuera imposible tirarse por ellas. Allí se aplicaba la terapia electroconvulsiva, que era muy eficaz pero también muy controvertida. Y eso le dio fama. Pero por encima de todo eso debe haber una ética. Si hay ética, al final es válido lo que se haga o no se haga, porque todo está regido por esa ética. Si no la hay, lo que hay es un fraude o lo que usted dijo: un experimento gratis y nada más. En un sentido muy amplio, la medicina es un flujo continuo de experimentos, se va nutriendo de la experiencia y va aprendiendo de eso.
Y ahora mismo estamos en el mayor experimento planetario.
Sí, ahora estamos en el experimento de mayor incertidumbre de este siglo, y quizá de los últimos 40 años.
¿Y cuánto de homenaje a la amistad hay en esta novela? Como lo ha mencionado, usted tuvo una cercanía con Anne Kahl, la protagonista.
Mucho. Esa amistad es el contrapunto que le da un marco humano a lo que ocurre en la clínica. La verdadera Anne fue para mí una hermana mayor. Cuando la conocí, era una alemana en Arequipa, que llamaba mucho la atención y que no hablaba español. Como yo sabía alemán, por el colegio, ella se sintió muy feliz de poder conversar en su lengua materna. Nos hicimos muy amigas por eso. Luego volvió a Alemania, pero me escribía siempre. Los alemanes tienen una tradición muy exacerbada de relaciones epistolares, escriben cartas, mantienen la correspondencia.
Ahora que hablamos de amistades, ¿confía en las relaciones virtuales, en el afecto virtual, en los encuentros a través de pantallas de vidrio?
Bueno, es el mal menor. Yo soy una persona que disfruta del diálogo cara a cara. Creo que es difícil suplir la presencialidad. Lo más angustiante de estas relaciones virtuales es que es muy difícil decir: “Nos vemos en tal ocasión”. Esa tal ocasión tiene un gran signo de interrogación detrás.
¿Por qué no tiene televisión en casa?
En primer lugar, no soy una televidente de toda la vida. Cuando yo era niña, mi padre decidió -yo digo que con acierto- que solo pudiéramos ver un programa por semana. Yo veía Cancionísimo, un programa de Pablo de Madalengoitia. Mi hermano Alonso veía Rintintín, que yo también miraba de contrabando. Y mi madre veía El Fugitivo, con David Janssen, que me parecía guapísimo. La verdad es que yo veía solo esos tres programas por semana, por eso no tengo la droga de la televisión. Además, he trabajado para la televisión alemana, así que creo que ya vi todas las cuotas de televisión para la vida. En cambio, sí soy cinéfila. Y por supuesto lectora.
¿Y qué tanto tiene usted de Silvia Olazabal, su alter ego literario? ¿También hace café pasado cuando no se explica algo?
(Se ríe) Sí, aunque ahora menos. Pero sí soy bastante cafeinómana, porque me despierta y tengo la presión baja, es algo que el cuerpo pide.
Me quedó una duda al leer Estación Delirio, ¿en verdad se puede hablar en alemán con diminutivos arequipeños como dice Anne en la estación de Stuttgart?
(Se ríe) Eso es lo que se llama el contacto lingüístico. Ella tenía mucho cariño por Arequipa, y cuando tuvo un accidente que la postró tuvo la ilusión de volver a la ciudad. Fue allí que empezó a utilizar esos diminutivos, se acordaba de algunas palabras, y además tenía en casa una señora peruana que la ayudaba, que no sabía alemán. Y se comunicaban, y de pronto aparecía el sustrato quechua, que está lleno de diminutivos. Eso le quedó siempre.
¿Cómo es su relación con Arequipa?
Los 19 años que estuve en Arequipa son prácticamente mi vida en el Perú. Tengo recuerdos hermosos y algunos menos agradables. Es una mezcla de todo lo que le va tocando a uno. Hoy mi relación es muy cercana. En diciembre tuve una experiencia muy bonita porque los estudiantes de Literatura de la San Agustín hicieron un coloquio internacional dedicado a mi obra y a mí. Me emocionó mucho.
Luego de Arequipa ha vivido en Budapest, Friburgo y hoy en Colonia, ¿cómo la han ido cambiando las ciudades que la han acogido?
Han sido experiencias muy diferentes. Lo de Budapest fue crucial, yo tenía 19 y me había emancipado judicialmente para viajar, porque en esa época se alcanzaba la mayoría de edad a los 21 años. Recuerdo que mi padre me dijo al salir del juzgado: “¡Me quitas un gran peso de encima!”, que era una manera maravillosa de decirme que siguiera mi camino (se ríe). Y de allí vino la despedida en Lima, que fue un poco como el viaje del niño Goyito, porque fue toda mi familia. Mis padres eran conscientes de que me iba lejísimos, en una época en la que no había internet, una carta llegaba en diez días y el teléfono era carísimo.
Confírmeme un dato. ¿En verdad llegó a Alemania dos días antes de que cayera el Muro de Berlín?
Sí, es verdad. No era la primera vez que iba, pero sí llegué una semana antes. Fui justamente a Berlín, me hacía mucha ilusión ver a Enrique Vila Matas, en la presentación de Una casa para siempre. Es uno de los escritores que más admiro y tengo el privilegio de tener su amistad. Así que me fui, en autostop, y ese encuentro fue muy gracioso.
¿Pudo recorrer el muro antes de que lo derribaran?
Por supuesto, todo era muy candente. Hay una línea (de metro) que prácticamente iba paralela al muro. Yo debí haberme quedado. No me quedé por responsable, porque debía empezar las clases en la universidad. Pero era algo tan absolutamente histórico que debí quedarme.
¿Esa división es todavía un tema que se discuta en Alemania?
Es interesante ver como hasta en la literatura hay obras que hablan de lo que fue la RDA. Yo no soy de la opinión de borrar las huellas que deja la historia, no se puede desaparecer lo que ha ocurrido, pienso que algunas partes podrían quedar, siempre y cuando no interfieran con el tráfico. En fin, eso es discutible. Aunque en Berlín la gente con la que ha hablado me dice que no quiere ver más al muro, que ya lo han vivido y eso es suficiente.
Otro de los temas sobre los que ha escrito es el tráfico de mujeres (en su novela Nada que declarar), ¿Qué tanto la mueve este asunto?
Es algo que siempre me pareció atroz, la prostitución es algo muy trágico. Hay un par de personajes que la ejercen y defienden el hecho de que son muy felices con eso, pero creo que son una minoría. Como saben presentarse en público, opacan a la verdad ignominiosa que hay detrás. La prostitución forzosa es algo que se ha exacerbado, en el caso de Alemania, con la legalización. Lo cual es una paradoja, porque la legalización era para mejorar las condiciones de las personas que libremente habían elegido ese camino. Allí la palabra libremente hay que entrecomillarla, porque es algo muy discutible. Al legalizarse, lo que se ha hecho es darle carta blanca a los proxenetas. Eso coincidió con la ampliación de la Unión Europea. Y como todavía se sentían los estragos de la caída del muro, porque a su vez se derrumbaron sistemas que mal o bien tenían una economía, eso conllevó a una prostitución masiva de mujeres de Europa del Este que fueron llevadas a Europa Occidental.
¿Eso puede haberse reducido con la pandemia?
Ojalá. Sería el único aspecto positivo que le vería a la pandemia.
Hubo un momento, en el 2018, cuando todos estábamos eufóricos por la clasificación de Perú al mundial de Rusia 2018, en el que usted lanzó una frase lapidaria que nos hizo bajar de las nubes: “¿El Mundial? Pobres miles de chicas que serán forzadas a prostituirse para diversión del eufórico público masculino”.
Esa fue una entrevista muy bonita que me hizo Gabriela Wiener. Mira, yo en mi novela Nada que declarar, que aborda el tema de la trata, situé los hechos en el 2006, que fue el año del mundial en Alemania. Era evidente lo que allí pasaba. Y en ese lenocinio que da cuerpo a la novela se veían las banderas de todos los países, y había legiones. Luego, el 2014, en el mundial de Brasil, hubo enormes manifestaciones de colectivos anti trata que protestaban por las chicas brasileñas obligadas a prostituirse. Es un tema que no debemos eludir. Yo soy optimista. Una amiga dice que soy incorregiblemente optimista, y es verdad. Yo espero que la discusión de estos temas saque nuestro lado más humano.
En esta misma entrevista, Gabriela Wiener le preguntó por qué no había mayor reconocimiento de su obra en el Perú, por qué los editores hombres no se habían fijado en su trabajo. Usted respondió: “Claro que me hierve la sangre, claro que me hiere cierto olvido, pero vuelvo a mi manuscrito y lo dejo pasar. Hay hombres que no soportan que una mujer escriba mejor que ellos”. ¿Todavía siente eso?
No. El reconocimiento que significa este premio es algo maravilloso, no puedo decirlo de otra forma. Estoy feliz con esto, he recibido tantas muestras de cariño que no he podido responder a todas. Ahora, si todavía hay escritores que no soportan que una mujer escriba mejor, eso habría que preguntarlo. Yo creo que es algo que existe porque está muy anclado en la mentalidad de algunos eso de las atribuciones por géneros. El hecho de escribir poesía se ha asociado más a la mujer, más que el hecho de escribir novelas. No se nos ha querido dar el crédito y probablemente eso me haya afectado a mí, aunque la cosa ha cambiado un poco.





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