
Claudio Constantini recibió la noticia más feliz de su carrera musical en medio de la tristeza.
Hace unas semanas, cuando Paco Moya, el productor de IBS Classical, acaso el sello más importante de música clásica en España, le contaba con una emoción desbordante que su disco América había sido nominado a los Latin Grammy, el concertista peruano respondió con frialdad, como si lo hubiese llamado un operador para ofrecerle un seguro médico o un nuevo plan telefónico.
Su cabeza estaba en otro lado. El día anterior se había enterado de la partida de su amigo, el guitarrista peruano Hugo Castillo, en Lima. Una pérdida dolorosa para cualquiera, pero sobre todo para quien dejó su país hace 17 años, y ha tenido que padecer las tragedias con un océano de distancia.
Al otro lado del teléfono, este miércoles por la tarde en Lima, y por la noche en Madrid, Claudio Constantini será un poquito más consciente de lo que acaba de conseguir: ser el primer peruano en ser nominado a mejor álbum de música clásica en las veinte ediciones de los Latin Grammy.
Una distinción que ha pasado desapercibida entre las cuatro nominaciones a la salsa pop de Tony Succar, el canto meloso de Gianmarco, el sentimiento de Eva Ayllón y el “son hembrita” del Septeto Acarey.
¿Quién es este barbudo que se graduó como concertista de piano en Finlandia (Conservatorio de Lahti), obtuvo su maestría en Holanda (Conservatorio de Rotterdam) y se especializó en Francia (Diplome de Concert de la Schola Cantorum de París)? Preguntarlo da vergüenza. Solo revela lo perdido que andan nuestros oídos.
Entre el 2017 y el 2019, Constantini ha brindado recitales en la Filarmónica de Berlín, el Palau de la Música en Barcelona, el festival Ravinia en Chicago, la Fundación Botín en Santander y el Klassik and Dom en Austria. Ha grabado con una enormidad de artistas españoles, entre ellos, Pasión Vega y Ana Belén, por citar a los más mediáticos. Y lleva cinco discos en su haber. Todo ello con 36 años encima y los quehaceres de un padre primerizo.
América se llama el disco investido por el Grammy. Una producción grabada en dos días agotadores, en el auditorio Manuel de Falla de Granada. Un álbum con 25 temas que se sostiene en dos piedras angulares: las composiciones del argentino Astor Piazzolla y del estadounidense George Gershwin. Ambos baluartes revolucionarios del tango y el jazz. Cada cual desde su orilla del continente. A ello responde su enigmático nombre: a un puente imaginario que conecta a América del Sur y América del Norte, mediante dos géneros populares que nacieron en ciudades portuarias (Buenos Aires y Nueva Orleans, respectivamente).
Inspirado en estas dos antorchas, Constantini ha realizado versiones de concierto para piano solo de obras maestras como Rhapsody in Blue y Las 4 estaciones porteñas.
“Siempre busco la dualidad de lo clásico y lo popular”, dice Constantini desde su casa, a unos pasos de la estación de Atocha y el parque del Retiro, en el centro de Madrid.
Se le escucha exhausto. Y no solo porque allá es de noche sino porque acaba de llegar del aeropuerto. Constantini se pasó los últimos tres días en Granada, grabando lo que será su sexto álbum, el primero junto a su esposa, la pianista argelina Louiza Hamadi. Una complicidad que hizo más llevadera la presión de tocar durante sesiones de doce horas seguidas.
Constantini se ha presentado en el país solo cuatro veces. En el Conservatorio Nacional, en la laguna Huacachina, en el teatro del colegio Santa Úrsula y en la Casa de la Juventud en Talara.
Una recompensa para quien se marchó del Perú en mayo del 2002, con 300 euros y la incertidumbre que siempre ronda a los músicos.
Pero no se puede explicar a Claudio Constantini sin remitirse a su origen: Carlota Mestanza, la directora de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de Música, y Gerardo Constantini, concertista de piano que nos dejara hace una década. Sí, dos padres músicos, envueltos en la corriente clásica. Padres que, sin embargo, no obligaron al mayor de sus tres hijos a seguirle sus pasos. La ruta de Constantini, a diferencia de otros concertistas, inició tarde, en la adolescencia. Al punto de que su padre lo puso a prueba: sus primeras clases serían con una profesora externa. Si al cabo de un año su interés se mantenía, recién estaría dispuesto a impartirle sus conocimientos.
Y así fue.
Haberse criado entre recitales, teatros y conciertos, viendo a sus padres ensayar horas de horas anidó en él una pasión que solo dormía.
A los 14 años, a mitad de tercero de secundaria, Claudio Constantini decidió renunciar a los colegios regulares y optó por uno no escolarizado. Eso le dio el tiempo que necesitaba para asumir el compromiso de estudiar en el Conservatorio Nacional. De pronto, el muchacho al que le afanaba Michael Jackson, Queen, The Beach Boys, Jamiroquai y los New Kids on the Block se quedaba pegado a Chopin y Beethoven. Su universo se había ampliado.
A los 18 años se fue a Finlandia. Allí sus manos tuvieron que esperar para liberar sus impulsos melódicos. Por las mañanas se ganaba la vida recogiendo fresas, llevando el correo y lavando platos en un bar.
Fue en Finlandia donde, luego de establecerse, Constantini conoció a su primer bandoneón. Se lo importaron de Argentina. La adquisición no tenía mayor propósito que ser un pasatiempo, pero de tanto darle mañana, tarde y noche a los seis meses dio su primer concierto.
Y como le gusta afirmar: no ha parado. Derrumbó el prejuicio de que el bandoneón solo sirve para el tango y comenzó a hacer jazz y hasta música criolla. En Holanda, donde vivió ocho años, fundó un quinteto dedicado al valse peruano.
“Se puede tocar música criolla con bandoneón. Me fascinaría hacer algo en el 2020, por el centenario de Chabuca Granda”, cuenta.
A veces, Constantini procura adueñarse del piano y el bandoneón en escena. Una particularidad que lo hace único. Como su proyecto de versionar la obra integral del francés Claude Debussy, uno de los compositores más influyentes de finales del siglo XIX y principios del XX. Hasta la fecha, Constantini ha grabado dos tercios de su música en dos producciones: Reflets dans l'eau en el 2015 y Preludios completos de Debussy en el 2018.
Mientras cumple con su agenda anual, con presentaciones en Estados Unidos, Corea del Sur, Suiza, Italia, Bélgica, Francia, Alemania y España, Claudio Constantini raya el calendario. El 14 de noviembre en el MGM Gran Garden Arena en Las Vegas, Nevada, se celebrará la vigésima edición de los Latin Grammy. Ceremonia a la que asistirá junto a su madre, Carola Mestanza, la directora que influyó en él sin proponérselo.
Esa noche, América competirá con Árboles de vidrio (Edith Ruiz), Cuba: The Legacy (Sinfónica Nacional de Cuba), Regreso (Samuel Torres & La Nueva Filarmonía), y Solosh (Orquesta Sinfónica de Heredia).
América, el tributo a Piazzolla y a Gershwin, el disco que no pasó la valla colaborativa del crowfunding, la obra cumbre de Claudio Constantini, el primer peruano en ser nominado a mejor álbum de música clásica. El hacedor de puentes musicales.

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