Profesor visitante en el departamento de economía de la PUCP

¿Qué (y qué no) nos dicen las encuestas de la elección presidencial 2026?, por Javier Herrera

La caída de indecisos explica el crecimiento reciente de varios candidatos más que transferencias directas de votos

Cada cinco años, prácticamente todos los medios de comunicación difunden los resultados de encuestas en las que los entrevistados manifiestan por qué candidato votarán, por cuáles nunca votarían o si optarán por votar en blanco o viciar su voto. Gracias a dichas encuestas, también sabemos cómo van cambiando las preferencias a medida que nos acercamos a la fecha de las elecciones. La Ley Electoral impone a las empresas encuestadoras no difundir resultados de nuevas encuestas durante la semana previa al día de la elección (5 de abril en este caso), aunque, para los iniciados, siempre hay manera de eludir la norma (“hecha la ley, hecha la trampa” es, lamentablemente, una especialidad nacional).

Muchos no creen en las encuestas por diversas razones. En primer lugar, porque en el pasado hemos tenido casos de encuestas manipuladas por el poder político. Según declaraciones del propio Vladimiro Montesinos, dos encuestadoras recibieron fuertes sumas de dinero para alterar los resultados previos a la elección del año 2000. Otra razón es la baja confianza en los medios de comunicación tradicionales (prensa escrita, televisión y radio) durante los periodos electorales, ya que su independencia suele ser cuestionada. Francisco Durand, en su libro póstumo 'Poder mediático: propiedad, gestión e influencias', publicado en 2025, recuerda cómo varios medios, controlados por grupos de poder económico, intentaron silenciar a periodistas que no se plegaron a la consigna de sesgar la información en favor de determinados candidatos, excluyendo especialmente a aquellos de izquierda o centroizquierda.

Otras razones de la escasa credibilidad de las encuestas derivan de una limitada cultura estadística, a pesar de los esfuerzos pedagógicos de las principales encuestadoras. Las normas obligan a estas empresas a publicar la ficha técnica, especificando el tamaño de la muestra, la modalidad de la entrevista, la cobertura geográfica, el margen de error y el nivel de confianza. Dichas encuestas se basan en muestras de alrededor de 1.500 personas, diseñadas para ser representativas del conjunto de la población. Las preguntas planteadas suelen ser simples, típicamente: “¿por quién votaría si las elecciones fueran mañana?”. A diferencia de preguntas sobre gastos o ingresos, este tipo de preguntas no requiere un gran número de entrevistados, sino una adecuada distribución según estratos sociales y regiones, que presentan preferencias electorales distintas. Los márgenes de error son referenciales, pues varían según los niveles de intención de voto alcanzados por cada candidato. Aquellos con bajos porcentajes presentan un error estadístico relativamente mayor, lo que reduce la precisión de los resultados.

¿Cómo leer los resultados de las encuestas electorales?

Hasta hace pocos días, podían identificarse dos grupos de candidatos: un par que se disputaba el primer y segundo lugar, y otros cuatro que competían por el tercer puesto. La atención mediática se ha centrado en los escasos puntos que los separan, lo cual ha distraído el análisis de dos aspectos cruciales. El primero es que, dado el error estadístico asociado a intenciones de voto cercanas entre sí e inferiores al 10%, las diferencias entre candidatos no son estadísticamente significativas. En lugar de reconocer esta proximidad, muchos analistas se esfuerzan por explicar diferencias que, en rigor, no existen.

Con mayor razón, los desgloses de intención de voto por estrato socioeconómico o por región resultan poco confiables y deben interpretarse con cautela. Las diferencias metodológicas entre encuestadoras, así como el tratamiento de las no respuestas, dificultan la comparación directa de resultados. En este contexto, más que fijarse en los niveles absolutos, conviene observar las tendencias. ¿Qué indican los resultados recientes? Que López Aliaga viene perdiendo terreno frente a otros candidatos; que Keiko Fujimori ya lo ha alcanzado o superado; que Nieto, Álvarez y Sánchez se encuentran en una fase de rápido ascenso, lo que podría desplazar a López Aliaga al tercer lugar; y que López Chau muestra un estancamiento.

En segundo lugar, no se ha considerado suficientemente el peso del electorado indeciso, es decir, de quienes aún no saben por quién votarán. A medida que ha avanzado la campaña, esta proporción ha disminuido significativamente (de 47% a 29%, según Ipsos), lo que explica el crecimiento acelerado de varios candidatos, más asociado a la captación de indecisos que a transferencias directas entre competidores.

Sin embargo, el análisis no estaría completo sin considerar el llamado “voto oculto”, que ocurre cuando el entrevistado decide no revelar su verdadera preferencia por temor a ser juzgado. Para mitigar este sesgo, las encuestadoras utilizan simulacros de votación con cédulas. Según estudios de Datum e Ipsos, Sánchez y Fujimori obtendrían un 50% y 43% más de votos, respectivamente, que los declarados. De este modo, Fujimori alcanzaría aproximadamente 18,6%, superando ampliamente a López Aliaga (10,9%) por casi ocho puntos, quedando este relegado al tercer puesto, detrás de Carlos Álvarez (12,1%) y muy cerca de Sánchez (9%). Incluso la plataforma de apuestas Polymarket invocada por seguidores de López Aliaga cuando le era favorable, ahora muestra una ventaja considerable para Fujimori, superándolo por más de 45 puntos y relegando López Aliaga al mismo grupo que Sánchez y Álvarez.

La elección presidencial de 2026 y el voto anti-Keiko

Se vislumbran dos escenarios para la segunda vuelta. El primero es un enfrentamiento entre dos candidatos de derecha (Fujimori vs. López Aliaga), similar al de 2016 entre Fujimori y Kuczynski. El segundo escenario, cada vez más probable, enfrentaría a un candidato de derecha con un outsider radical (Sánchez) o con un outsider (Álvarez), como ocurrió en la elección de 2021 entre Fujimori y Castillo. En ambos casos, será decisivo determinar hasta qué punto un eventual voto anti-Keiko podría impedirle, por cuarta vez, alcanzar la presidencia.

Un análisis detallado de los datos de la elección de 2021, tanto en primera como en segunda vuelta, provenientes de cerca de 85.000 mesas, cuestiona la narrativa de una coalición anti-Keiko. En efecto, los votos de Keiko Fujimori crecieron proporcionalmente más que los de Pedro Castillo (multiplicándose por 4,5 y 3,2, respectivamente). Si hubiera existido un voto anti-Keiko y para que este sea determinante, su crecimiento habría sido menor que el de su contendor, pero ocurrió lo contrario. Esto sugiere que no hubo un voto anti-Keiko determinante en la segunda vuelta. La ventaja final de Castillo se explica por la amplia diferencia obtenida en la primera vuelta. El incremento de votos en favor de Fujimori provino principalmente de electores de otros candidatos de derecha y del aumento en la participación en zonas donde tradicionalmente su respaldo es mayor, como distritos de mayores ingresos y ciertos bastiones regionales. En contraste, en 2016 ocurrió el fenómeno inverso: hubo un traslado masivo de votos hacia Kuczynski, cuyos apoyos más que se duplicaron (2,66 veces), mientras que los de Fujimori crecieron solo 1,4 veces. La pregunta clave es en qué medida estos patrones históricos influirán en las próximas elecciones. La respuesta, como siempre, la darán los electores en las urnas.