Profesor visitante en el departamento de economía de la PUCP
"El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo" es la famosa frase irónica a través de la cual el escritor iqueño Abraham Valdelomar resaltaba el centralismo intelectual y social limeño de inicios del siglo XX. El centralismo excluyente limeño no se limitó a la dimensión intelectual, desconociendo los movimientos literarios y artísticos puneño, cusqueño, arequipeño, etc., sino también impregnó las esferas políticas y económicas. Como un eco un siglo después, la frase “Puno no es el Perú”, pronunciada por la expresidenta Boluarte en plena crisis política resonó como una afrenta a la población puneña.
La geografía de la última elección presidencial ha evidenciado la existencia de una fractura territorial que distingue al sur peruano del resto del país como un espacio de radicalidad política que erradamente ha sido interpretada como una inclinación de la población hacia la izquierda del espectro político. En departamentos de la Sierra Sur, como Ayacucho, Apurímac y Huancavelica, el candidato de un partido que semanas antes de la votación ni siquiera aparecía en las encuestas logró obtener más del 50% de los votos válidos y luego en la segunda vuelta salir victorioso a nivel nacional. Lo que revela el voto del sur va más allá. Revela un hastío hacia una clase política y partidos limeños que históricamente se han desentendido de las preocupaciones de la población en las regiones. No es por casualidad que exalcaldes de Lima que se han presentado a las elecciones presidenciales obtienen muy mediocres resultados en las regiones, pues no logran proyectar una imagen cercana a las preocupaciones y necesidades locales.
La riqueza minera, motor de la economía nacional, se encuentra fuera de la capital y su impacto, a través del canon, aunque positivo, ha sido muy insuficiente para cerrar las brechas en infraestructura, salud y educación. El gas de Camisea beneficia principalmente a la capital mientras que en la región de donde se extrae no se cuenta con un acceso a esta fuente de energía. Aun cuando existen escuelas en todo el territorio, la calidad de la infraestructura, la baja dotación de recursos para su funcionamiento y su adaptación a las necesidades locales (educación bilingüe en particular) son muy deficientes y están muy por debajo de las ya insuficientes en la capital. Es en buena parte por ello que las brechas en los rendimientos escolares entre los departamentos amazónicos o en las áreas rurales y la capital son abismales. Esta postergación y este sentimiento de superioridad han incluso calado en los limeños en la expresión “hoy no atiendo a provincias” cuando se trata de ningunear a alguien.
Entre 2004 y 2014, durante la fase del alto crecimiento económico en el boom de precios de los metales, Lima marcó la pauta en la disminución de la pobreza monetaria y mejora de los ingresos de los hogares. La pobreza disminuyó rápidamente y profundamente en la capital y luego, con un desfase de tres años, comenzó a disminuir a mayor ritmo primero en las grandes ciudades y finalmente en el área rural.
Terminado hacia 2014 el superciclo de precio de los metales, siguió una fase de estancamiento de la pobreza hasta el 2017. El fenómeno del Niño de 2017 y el impacto del COVID-19 gatillaron un mayor desacoplamiento de las dinámicas regionales. La incidencia de la pobreza aumentó en casi 10 puntos porcentuales, siendo la capital la más afectada (nueve de cada diez pobres suplementarios residían en Lima metropolitana). En 2024, la pobreza en la capital sobrepasó la de 15 otros departamentos como Cusco, Arequipa, Ica, Moquegua. Así, el peso económico de la capital ha venido disminuyendo progresivamente. Si consideramos el total del gasto de los hogares como una torta, a los hogares limeños les ha tocado una porción que se ha reducido de ser casi la mitad en 2004 (47,9%) a 41,9% en 2024. Es el resto de ciudades las que han dado cuenta de esa pérdida relativa del peso económico de la capital.
Efraín Gonzáles de Olarte en su libro 'Economías regionales del Perú' publicado hace 42 años por el IEP, mostró que la formación de las regiones es un proceso que se ha venido gestando en cierto modo de manera independiente y al margen de los procesos administrativos de demarcación regional. Más recientemente, el citado autor conjuntamente con del Pozo (*), ha encontrado que existe una dinámica diferenciada en el crecimiento del PBI departamental entre los años 1999 y 2014. Según los autores hay un divorcio entre la dinámica de las ciudades y sus entornos rurales. El crecimiento urbano no causa el crecimiento rural y viceversa. Además, en períodos de recesión, las diferencias entre el PIB per cápita urbano y rural tienden a reducirse, pero en períodos de crecimiento, estas diferencias se amplían. Aquí veremos si esas tendencias se mantienen en la actualidad respecto a indicadores de condiciones de vida y el PBI.
El coeficiente de correlación de Pearson mide en nuestro caso en qué medida lo que ocurre en los distintos departamentos está asociado a lo que ocurre en la capital. Si la pobreza, el gasto, el ingreso de los hogares o el Producto Bruto Interno (PBI) de la capital aumenta, ¿también lo hace el de los otros departamentos? ¿qué tan fuerte es dicha asociación? ¿los cambios van en la misma dirección? Si la relación es perfecta entonces el coeficiente es positivo y alcanza un valor máximo de 1. Si cuando uno sube y el otro baja, tendrá un valor negativo máximo de -1. Si el valor disminuye entre dos periodos, ello significa que el grado de asociación se ha debilitado. Si el valor es cero, ello significa que no hay ninguna relación entre la dinámica de la capital y la de los otros departamentos.
Los datos confirman que hacia 2014 ha habido una ruptura estructural en el grado (y el sentido en el caso de varios departamentos) de asociación entre la dinámica económica de la capital y la del resto de departamentos. En el período 2004-2014 se observa una relación muy fuerte, muy cercana a 0,90 entre Lima y los demás departamentos ya sea en la evolución de los gastos, los ingresos, la pobreza o el PBI. En términos simples, cuando una cambiaba, las otras tendían a cambiar en la misma dirección y de manera muy similar. Sin embargo, en el período 2015-2024 estas correlaciones se debilitan de manera importante, a la mitad o un tercio (a 0,36 en ingresos, 0,45 en gastos y 0,41 en pobreza), lo que indica que la evolución de estas variables dejó de estar tan estrechamente asociada. Los departamentos cobran una mayor autonomía frente a la capital. Desde la perspectiva de los hogares estamos ante un “desenganche” de las dinámicas regionales respecto a la capital. En contraste, el PBI mantiene una alta correlación en ambos períodos (0,81 y 0,78), aunque se debilita.
En suma, el desacoplamiento progresivo entre la dinámica socioeconómica de Lima y la del resto del país pone en evidencia transformaciones económicas y territoriales que ayudan a comprender las tensiones políticas y sociales observadas en el país en los últimos años y hacen urgente mirar a las regiones como resultado de procesos económicos y sociales y menos como meras demarcaciones territoriales administrativas. ¿Qué impacto tendrá ello sobre las próximas elecciones?
(*) Gonzales de Olarte, E. y J.M. del Pozo (2014). Débil integración, divergencia y desigualdad en las regiones del Perú. En Orihuela, J. y J. Távara (eds.) Pensamiento económico y cambio social: homenaje a Javier Iguíñiz, pág. 167-196.