
*Por Sofía Carrillo Zegarra. Periodista y Gerente Social.
El dolor hecho espectáculo. Exponer a niñas forzadas a continuar un embarazo producto de una violación —como lo ha hecho la congresista Milagros Aguayo— no es “acompañamiento” ni “defensa de la vida”: es revictimización y exhibición de sobrevivientes. No hay relato inspirador posible cuando lo que se muestra nace de un delito y de un sistema que no protegió. Las imágenes de menores en fila frente a un escenario, cargando a bebés nacidos de embarazos forzados, deberían activar una sola reacción estatal: protección inmediata, investigación y reparación. No aplausos. No propaganda política.
Lo que se intenta invisibilizar es simple: aquí no hubo elección. Hubo violencia sexual y una víctima con derechos específicos: una niña —racializada y empobrecida, y eso no es casual—. Cuando su historia se convierte en símbolo moral, se desplaza el centro: deja de ser sujeto de protección y pasa a ser instrumento de una agenda.
No es una falla aislada: es una violencia estructural normalizada. La colonialidad del poder y del género explica por qué el Estado llega tarde o no llega a territorios empobrecidos y a niñas racializadas. La desprotección es patrón, no excepción: una cadena de protección fracturada, sin capacidad instalada ni articulación real, que deja al Estado reaccionando cuando ya es tarde.
No estamos ante un debate espiritual, sino ante fundamentalismo operando como política pública. Cuando una agenda ideológica captura restringe rutas de atención y empuja a niñas violadas a la continuidad forzada del embarazo. Somos un Estado laico: eso debería significar que ninguna creencia religiosa impone políticas públicas ni define la vida de las niñas.
Lo más grave es la utilización política del dolor mientras la impunidad avanza. Estamos siendo testigos de la puesta en escena de niñas desprotegidas. No es el Estado que “falla”: es un Estado que administra la desigualdad y normaliza que algunas infancias queden fuera de protección. Y esa desprotección también es violencia.

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