Colectivo de mujeres diversas, desde diferentes trayectorias, tendencias políticas, territorios y experiencias, que se levantan en voz unida con el...
Cuando la urgencia por una salida rápida derrota a la reflexión pedagógica, el talento se pierde en instituciones en crisis. El caso de Marquito es el espejo de miles de jóvenes peruanos cuyas mentes brillantes terminan anuladas por una orfandad en el acompañamiento de sus proyectos de vida.
Marquito encarna a jóvenes extraordinarios que renuncian a su potencial por decisiones incoherentes. Fue un estudiante impecable y disciplinado, con el intelecto para ser médico o arquitecto. Soñaba con ser comunicador y, en paralelo, gestionaba la idea de un emprendimiento propio, como su negocio de jabones artesanales.
Sin embargo, a los dieciocho años, esa trayectoria de excelencia se estrella contra una justificación alarmante: decide ser policía para hacer deporte y no subir de peso. Aquí reside el abismo: un joven con habilidades superiores confunde una carrera que demanda el uso de la fuerza con una rutina de bienestar físico. Como señala María Angélica Pease, la identidad es un proceso vulnerable; sin acompañamiento del sistema, el joven queda a merced de razones superficiales para definir su rol social.
Esta orfandad lo empuja a una institución cuya gestión desvirtúa su fin supremo de garantizar los derechos fundamentales. Hoy se presenta como un sistema con más de 12,000 sancionados recientemente por faltas graves, según la agencia Andina. Tampoco sospecha que el mérito fue desplazado por una administración viciada, donde las vacantes se tasan en coimas de hasta 20,000 soles, según reveló Panamericana Televisión. Duele la degradación institucional —marcada por una gestión de la fuerza que prioriza la represión sobre la estrategia— y la desconexión total entre su esencia y lo que la institución representa hoy.
¿Quiénes fallan? Todos. Falló un sistema educativo que claudicó en su labor de tutoría, incapaz de estructurar planes de vida que trasciendan lo técnico. Falló la familia que, asfixiada por la urgencia laboral, empujó al joven a un abismo vocacional sin acompañamiento crítico.
La pregunta de fondo es: ¿cuánta autonomía sobrevive en una institución que exige renunciar a la conciencia para obedecer? La Policía Nacional, bajo una gestión con vicios históricos, no es el lugar para el desarrollo profesional ni personal de nuestros jóvenes. Al final, no solo se pierde una vocación; perdemos el potencial de mentes brillantes para transformar el país. Sin decisiones guiadas por argumentos, seguiremos entregando capital humano a estructuras que anulan el talento en lugar de potenciarlo.
Colabora: Yosselin Amaya Cabello, licenciada en Ciencias de la Comunicación, docente y gestora de proyectos educativos.

Colectivo de mujeres diversas, desde diferentes trayectorias, tendencias políticas, territorios y experiencias, que se levantan en voz unida con el objetivo común de rehabilitar la esperanza en la construcción del país. Se comprometen y convocan a un diálogo abierto, y a tejer lazos para contribuir a un proyecto democrático que impidan que el autoritarismo y la corrupción se apoderen de las instituciones.