Parte de Guerra: Fernando VII, el rey abyecto
El 24 de junio, el ejército realista es aplastado en la batalla de Carabobo por el ejército rebelde comandado por el líder insurgente Simón Bolívar, en el extremo norte del continente sudamericano, mientras que en el Perú el cerco sobre Lima del Ejército Libertador de San Martín asfixia a las tropas del virrey La Serna. Los militares realistas confían en que España enviará pronto refuerzos militares desde la península ibérica, pero el rey Fernando VII entretiene a los liberales en un iluso juego de espejos antes de pegar el zarpazo final, en su propia tierra, sacrificando a sus colonias americanas.

Escribe: Liliana Pérez*
La invasión napoleónica y la Guerra de Independencia en la península (1808-1814), ocasionada por una crisis dinástica tras la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII, supuso un cataclismo de terribles consecuencias para España y su Imperio.
España, a pesar de su victoria contra los franceses, era una nación dividida y gravemente herida debido al profundo trauma que acababa de atravesar. En la guerra había fallecido cerca de medio millón de españoles. A esto se sumaba una crisis económica originada por los destrozos materiales de la guerra y la desaparición de los “caudales de indias”.

: Liliana Pérez: Profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú
En el plano político, hasta el retorno de Fernando VII en 1814, tras el fin de la guerra, el vacío de poder había provocado un gobierno de tipo liberal y la creación de diversas juntas de gobiernos propios. Con la legislación surgida a partir de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 se aspiraba a crear un nuevo régimen político con principios de libertad, igualdad y propiedad. Sin embargo, tan pronto Fernando VII regresó a España, trató de restaurar un poder absoluto lo que conllevó una dura represión contra los liberales y los afrancesados, el llamado sexenio absolutista 1814-1820.
Los liberales no se resignaron a esta situación, y en 1820 el pronunciamiento militar del general Rafael de Riego dio inicio al llamado trienio liberal (1820-1823), durante el cual se restableció la Constitución y los decretos de Cádiz, produciéndose, asimismo, una nueva desamortización, proceso mediante el cual se expropiaron tierras y bienes pertenecientes, mayormente, a la iglesia que antes no se podían enajenar, y se pusieron a la venta en una subasta pública. Si bien hubo intentos a finales del siglo XVIII, fue una de las características más destacadas del gobierno liberal.
Aunque el monarca simuló acatar este régimen constitucional, con su célebre frase “marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, su labor se centró en conspirar para restablecer un poder absoluto, lo que logró tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, en 1823.
Es así como en 1821, mientras la América española se desgajaba, y en Perú se declaraba la independencia, España estaba sumida en su propia crisis interna, la cual le impedía prestar la debida atención a los graves sucesos de ultramar. La política española continuaba desoyendo las necesidades de los habitantes de Perú y del resto de los territorios americanos, y trataba de apaciguar, sin ningún éxito, las revueltas. Mientras en junio, en Perú se llevaban a cabo infructuosos diálogos entre el virrey José de la Serna y José de San Martín; en España se rechazaban las propuestas de varios diputados americanos que solicitaban la creación de tres sedes de las Cortes en América con jurisdicción sobre una vasta región, su propio ministerio, un supremo tribunal de justicia y un consejo de estado con el fin de que estuviera más presente la realidad americana.
La población peninsular, inmersa en un proceso de reconstrucción nacional, permanecía más atenta a las convulsiones políticas internas que a unos, más que nunca, lejanos territorios, geográfica y psicológicamente. Autores como Ronald Escobedo llaman la atención acerca de la enorme diferencia existente entre la repercusión que tuvo en España la pérdida de las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en 1898, y la aparente indiferencia con la que se vivió la pérdida de todo un continente: los escasos testimonios “hay que buscarlos afanosamente en los archivos”.
Parece que la inestabilidad del trienio liberal impidió que la opinión pública española desviase su atención preferente a los sucesos del imperio ultramarino. No es que no importase lo que sucedía en América, particularmente a aquellos grupos y territorios cuyas economías y políticas estaban más directamente ligadas a ultramar como Cádiz o Sevilla, sino que la zozobra nacional demandaba todos los esfuerzos y atención. Del mismo modo, debemos considerar cómo la falta de información y la desinformación contribuyeron a esta falta de interés y de pasión. Las mismas cortes españolas se quejaban de la carencia de datos a la hora de tomar decisiones. Escobedo señala cómo un diputado se quejaba de que: «se sabe más en las tabernas de Londres que en el Congreso de España». Las noticias procedentes de América eran difusas, escasas y provenían de fuentes indirectas como Inglaterra, ya que muchos periódicos españoles carecían de medios de información suficientes y eficientes. Del mismo modo, las novedades arribaban con gran retraso. Por ejemplo, la noticia de la batalla de Ayacucho, acaecida el 9 de diciembre de 1824, no llegaría a España hasta el 4 de mayo de 1825.
Aunque son indudables las profundas consecuencias que tuvo para España la pérdida de casi todos sus territorios americanos –el propio Fernando VII quiso reconquistarlos y se negó a reconocer su independencia–, sin embargo, reacciones, como una lógica indignación o duelo por este suceso, no han quedado apenas reflejadas en las fuentes de la época. Probablemente España, ocupada en reconstruirse tras la invasión francesa, no tuvo tiempo para procesar lo que, por otra parte, seguramente percibía como algo inevitable.
(*) Profesora de la Pontificia Universidad Católica del Perú
Cronología de la independencia del Perú 1821
4 de jun. Jaén proclama su independencia.
6 de jun. Batalla de Higos Urco, cerca de Chachapoyas.
►24 de jun. Bolívar vence en Carabobo y libera a Venezuela.
5 de jul. José de la Serna nombra gobernador de Lima al marqués de Montemira.
6 de jul. El virrey José de la Serna abandona la ciudad de Lima.
9 de jul. Ingreso de San Martín a Lima.
12 de jul. El gobierno provisional decreta la libertad de los hijos de esclavos y da un reglamento de comercio que grava las mercaderías extranjeras y nacionales, suprime las aduanas terrestres, exonera de derechos el azogue, los libros, instrumentos científicos y toda clase de maquinaria. Se prohíbe la exportación de plata y oro, se grava la plata amonedada.
15 de jul. En cabildo abierto se jura la independencia y se firma el acta respectiva.
18 de jul. San Martín envía al cabildo limeño el diseño de la bandera para la proclamación de la independencia.
Fuente: M. Guerra, coord., Cronología de la independencia del Perú, 2016.
















