Conflicto en el norte

Chaparrí, defensoras de un bosque amenazado

A pesar de amenazas, denuncias y agresiones, tres mujeres se enfrentan a los traficantes de tierras para defender la reserva natural de Chaparrí. ¿Quién las acompaña en esta lucha que ya cobró la vida de un comunero?

Leonardo Muñoz

Domingo, 11 de Marzo del 2018

Etelvina no durmió bien esa noche, la noche del crimen. La mañana siguiente, cuando la Policía recogía el cuerpo de José Napoleón Tarrillo, teniente gobernador asesinado cerca de su casa, ella se preparaba para ordeñar a sus vacas. El titular de los diarios fue elocuente: “Matan a comunero por defender Chaparrí”. Era la mañana del 31 de diciembre del 2017 y Etelvina no puede olvidarla.

Meses después, a las afueras de la casa que ella misma construyó, con una blusa celeste y sentada sobre una silla de plástico, la campesina dice que las amenazas contra Napoleón Tarrillo se iban a concretar tarde o temprano. Y Etelvina López Vásquez, a sus 53 años, sabe de lo que está hablando. La han golpeado, maniatado y hasta expulsado de la comunidad que ella misma fundó por proteger a la reserva natural de Chaparrí de los invasores.

Los números hablan de ese riesgo. En el Perú, según Global Witness –organización internacional que documenta conflictos ambientales–, 79 activistas ecológicos fueron asesinados en los últimos 15 años. El año pasado hubo ocho muertes. Aunque intente ocultarlo tras una mirada desafiante, Etelvina tiene miedo.

–¿Cómo me defiendo de esas personas? Cuando veo que hay maltratos, me digo “maldita sea, para qué nacimos mujeres”. Cuando nace un nieto varón me alegro, bailo, porque es varón. Pero cuando nace mi nieta mujer, qué dolor me da. Tengo miedo de que le pase algo por nacer aquí–, reniega la campesina, mientras observa jugar a Thais, su nieta de 9 años.

Historia de un conflicto

Para llegar hasta Chaparrí debemos pasar por la casa en la que Napoleón Tarrillo fue asesinado. Es una vivienda blanca, flanqueada por unos delgados troncos de madera y ubicada cerca de la entrada del caserío El Mirador. A dos meses de la tragedia, el lugar está abandonado. No hay niños corriendo por las chacras o adultos tomando cerveza. Lo único que se escucha es el motor de nuestra camioneta. Al llegar a este punto, el vehículo ha recorrido más de 60 kilómetros desde Chiclayo durante poco más de una hora. Nadie nos ve, pero Etelvina está asustada: es la primera vez que ingresa a la reserva después del crimen.

La historia de Chaparrí es conocida. En el 2001, bajo la categoría de área de conservación privada, el gobierno peruano reconoció sus 34.412 hectáreas dentro del Sistema de Áreas Naturales Protegidas. Para ese entonces, la Comunidad Campesina Muchik Santa Catalina de Chongoyape, propietaria de estas tierras, llevaba dos años desarrollando proyectos de conservación en los bosques secos. Entre los cerros, los comuneros intentaban proteger a 528 especies de flora y fauna, 23 de ellas –como la pava aliblanca, el oso de anteojos y el hualtaco– amenazadas por la extinción.

–El Estado no está protegiendo una reserva natural. Que sea privada no significa que no pueda intervenir. Aquí existe un potencial riesgo de enfrentamiento por tierras–, advierte Julio Hidalgo, representante de la Defensoría del Pueblo en Lambayeque.

Este organismo, en febrero de este año, incluyó a la reserva en su mapa de conflictos sociales, pero el problema viene desde el 2014. A partir de esa fecha, en el sector Pampas Yaipón, personas ajenas a la comunidad empezaron a desaparecer los árboles de algarrobo, faique y zapote. Algunos quemaron los bosques, otros utilizaron maquinaria pesada para talar árboles que tenían siglos. En otro sector que colinda con El Mirador, los invasores han colocado hitos para lotizar las tierras. Desde Lima, el Ministerio del Ambiente señala que solo se han comprometido 50 hectáreas de la reserva. En el terreno, el Frente de Defensa Salvemos Chaparrí estima que 1.000 hectáreas se han perdido por completo.

Desde lo alto, en medio del verdor de la reserva, se observa un enorme vacío: el bosque ha sido herido. Etelvina, que intenta protegerlo, también.

Atada a la violencia

Fue una mañana de noviembre del 2014. La campesina escuchó pisadas en el solar que tiene detrás de su casa. Un terreno que le fue cedido por la comunidad en el 2000, y que aquella mañana recibía la visita inesperada de cuatro sujetos. Los hombres movían los troncos que Etelvina colocó para delimitar su propiedad. Uno de ellos se identificó como directivo de la comunidad. Cuando ella le pidió su credencial, este la empezó a insultar.

En medio de la discusión, uno de los hombres la arrojó sobre el pasto seco y amarró sus manos con una wincha, para que no pudiera defenderse. Asustada, Etelvina no pudo gritar. Un nudo en la garganta se lo impedía. Dalila, su hija mayor, quien observaba todo desde su corral, fue quien pidió auxilio. Al escuchar los gritos, los agresores huyeron.

Dalila es la primera de los doce hijos que tuvo Etelvina. La primera que vio llorar a su madre, con la nariz rota sobre un charco de sangre. El padre de la joven siempre fue agresivo, pero los episodios de violencia en la vida de Etelvina no empezaron allí. A los seis años, edad que ahora tiene la última de sus nietas, un hombre la tomó en brazos y la condujo hacia un descampado donde aprovechó para manosearla.

–Cuando una de mis hijas está enamorada no me siento bien, porque me han hecho tantas cosas. Qué dolor siente una cuando nos dan golpes, nos cachetean, nos torturan, nos violan y eso es lo peor que hay, porque el hombre nos tapa la boca, nos amarra, se nos echa encima para no poder gritar… ¿Por qué son así?–, cuestiona Etelvina.

Mujeres de palabra

“Luz” me pide que no la grabe. Me mira preocupada. El sudor cae por sus mejillas. Duda de mis intenciones. Es una tarde soleada en el jardín de su casa.

–Tranquila, es amigo de Etelvina–, le dice “Ruth” para calmarla.

Estas dos mujeres han sido amenazadas, se sienten desprotegidas, por eso evitan darme sus nombres reales.

Una mañana de diciembre del 2017, ambas ingresaron a la reserva, junto a otros seis campesinos, para apagar un incendio en el sector Pampas Yaipón. Debido al difícil acceso, los bomberos no llegaron a la zona del siniestro. Días después se enterarían de que el fuego fue provocado por invasores.

–Nosotras tanto tiempo protegiendo Chaparrí, dando parte de nuestras vidas, para que un día vengan otros a destruir lo que nos ha costado tanto–, reclama Ruth, quien tras participar en protestas contra los invasores, fue denunciada por “coacción” por un implicado en el tráfico de tierras.

Así como Ruth, otros 20 comuneros también han sido denunciados. Es su forma de intimidarlos. La otra manera es la expulsión de la comunidad.

El 5 de agosto del 2015, Etelvina y Ruth se llevaron una sorpresa: ya no eran comuneras. La junta directiva de la comunidad Santa Catalina las expulsó, junto a otros 97 campesinos, por “generar divisionismo”. Para ese entonces, ellas ya se habían manifestado en contra de lo que proponía la actual junta directiva: reducir el área de la reserva, algo que –afirman– va contra sus estatutos.

A pesar de las amenazas, no se detuvieron. Etelvina, en junio del 2016, denunció en Inspectoría de la Policía a cinco efectivos de la Comisaría de Chongoyape que supuestamente habían sido incluidos en el padrón comunal sin cumplir los requisitos reglamentarios. Ruth, en marzo de ese mismo año, denunció a la junta directiva de la comunidad por incorporar a 500 personas como nuevos comuneros de forma irregular. Luz, junto a las dos campesinas, encaró a los invasores de Chaparrí para evitar que sigan destruyendo los árboles.

Etelvina forma parte de la junta vecinal que vigila las calles de Tierras Blancas, el caserío donde ha vivido toda su vida, pero ya nada es lo mismo. El crimen de Napoleón Tarrillo, los ataques a los guardaparques y las amenazas a los comuneros han dividido al grupo con el que solía ahuyentar a los ladrones. Las noches son más tenebrosas e inseguras: ahora nadie vigila los caminos.

–Antes había una reserva sana, no había miedo de entrar o salir. Hemos caminado sin temor, sin enemigos cerca. Ahora nuestra reserva ya no es de nosotros, sino de ellos. Aunque me amenacen seguiré luchando, no importa si sola. Las mujeres debemos ser valientes, ya habrá tiempo para que el resto se dé cuenta de que luchar es bueno–, dice Etelvina, mientras se vuelve a colocar su chaleco verde.

Esta noche volverá a patrullar.

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