Una novela entrañable de Paul Auster
Imprescindible. La tragedia, la oscuridad y la infelicidad son elementos asociados con la gran literatura. Sin embargo, la novela del escritor Paul Auster, “Brooklyn Follies”, demostró que no tiene que ser siempre así. Auster lo consiguió haciendo uso, como pocos, del absurdo.

Un libro que sugiero conseguir en la próxima edición de la Feria del Libro de Lima es Brooklyn Follies, del escritor neoyorkino Paul Auster (1947-2024).
Durante un tiempo, en especial a inicios del presente siglo, la obra de este autor empezó a ganar muchos adeptos en el imaginario cultural en castellano. Sus libros de ficción, como La Trilogía de Nueva York, El Palacio de la Luna (para quien escribe una de sus novelas favoritas), La música del azar, no solo estaban siendo traducidos a nuestro idioma, sino que igualmente llegaban con buenas críticas y, lo más importante, con el entusiasmo de los lectores que iban descubriendo una poética signada por la metaficción y la exploración del azar.
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El éxito literario de Paul Auster en Hispanoamérica y Europa no sintonizaba con una recepción equivalente en Estados Unidos, en donde se le consideraba un gran autor, pero sin ese entusiasmo editorial. ¿Acaso muy europeo para los lectores estadounidenses? No por nada la crítica lo llegó a catalogar como el más europeo de los escritores estadounidenses. Las huellas de Kafka y Beckett en su postura con la escritura son más que evidentes; y las referencias a la cultura europea (principalmente la francesa) son constantes. No obstante, la mayoría de sus títulos, incluyendo los de no ficción, tienen a Manhattan y Brooklyn como presencias que van más allá de las referencias de contexto.
Brooklyn Follies se publicó en el 2005 y en el 2006, vía Anagrama, se tradujo al castellano, pero manteniendo el título en inglés. El tiempo, el verdadero juez en cuestiones literarias y existenciales, ha puesto a esta novela no únicamente como una de las cumbres de la obra de Auster, del mismo modo como una de las novelas más originales del siglo XXI.

"Brooklyn Follies" en librerías y plataformas. Imagen: Difusión.
Nathan Glass es un corredor de seguros. Tiene 60 años. Acaba de superar un cáncer y asimismo un divorcio. Quiere empezar de nuevo y, para tal fin, decide regresar a su barrio de infancia ubicado en Brooklyn a pasar sus últimos años de vida. Nathan es un hombre que está solo, pero no se queja de la soledad. Más bien, se da cuenta de que la soledad era lo que siempre había estado buscando para echar a andar un proyecto personal: escribir. Brooklyn le da esa oportunidad porque siempre pasan cosas en sus calles, nunca dejan de haber personajes más estrambóticos que otros, es decir, todo un festín para la imaginación. Su proyecto literario consiste en escribir un libro sobre las tonterías humanas que el espacio geográfico le puede deparar.
El solo hecho de consignar las tonterías de las personas que transitan por Brooklyn nos pone en bandeja uno de los resortes claves de Paul Auster (recordemos el inicio de Ciudad de cristal de La Trilogía de Nueva York): el absurdo como elemento configurativo de la moral de sus personajes.
Nathan escribe de lo que ve, de las personas que conoce; lo hace con cariño porque es su manera de despedirse del mundo. Pero, en esas caminatas por Brooklyn, se reencuentra con su sobrino Tom Wood en una librería. Ese reencuentro con Tom comienza a alterar su proyecto literario, el cual va dejando su sentido de despedida para transformarse en una celebración de la vida. Nathan empieza a tener otra mirada de los años que le quedan, e incluso no siente preocupación ante un posible regreso del cáncer.
Brooklyn Follies, se deduce, nos pone al absurdo en estado de gracia. Pero la relectura nos brinda una mirada adicional: Nathan escoge vivir, toma la decisión de arreglar sus conflictos familiares y desecha lo que no le suma a su vida. Vivirá los años que le quedan sin hacer daño y no permitiendo que nadie altere esa decisión. La infelicidad, la tragedia y variantes no son los únicos componentes de la gran literatura; Auster demostró que la esperanza y la solidaridad también lo son.
















