
En la última década, Perú ha sido una convulsión social y política, y lo sigue siendo. Y en medio de esa vorágine, el arte ha podido lograr algo importante: incomodar. Pero nos referimos a ese arte que interpela; que se crea no solo desde lo visualmente “bello”, sino también desde lo simbólico, y desde la necesidad de representar diferentes realidades. Hablamos del arte que quiere transformar, y que no necesariamente se gesta en las aulas, sino que nace del diálogo y de la mirada colectiva.
Quizá esa es la razón más fuerte para que hoy algunos grupos políticos y sectores sociales quieran censurarlo, limitarlo o regularlo. Esto último, a través de un innecesario e inviable colegio profesional de artistas.
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No es casualidad, por ejemplo, que el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) haya pasado a ser objeto de una campaña política de desprestigio. ¿El motivo? Controlar una narrativa. No se entiende cómo en un país donde los niños cada vez comprenden menos lo que leen, y donde la criminalidad se desborda, se quiera convertir en enemigo a un museo de la memoria. La función de un gobierno nacional, regional o local no es determinar qué es y qué no es arte o cultura. Su rol es brindar las condiciones para que el arte y el trabajo creativo se desarrollen en libertad, en condiciones y espacios dignos, y sin discriminación.
Pero hay algo aún más preocupante que la campaña contra el LUM, y es el concepto que tiene nuestra sociedad sobre lo artístico. Muchos aún desconocen que crear arte, disfrutar del arte y acceder al arte es un derecho. Este concepto aún se alimenta del clasismo, de los centralismos (dentro y fuera de Lima), y de una visión estrictamente institucional. Para un gran sector político y social, el arte sigue siendo un elemento decorativo, que solo cobra sentido cuando sirve para entretener o enaltecer un acto protocolar. Pero las alarmas se encienden cuando el arte no obedece, cuando tiene voz propia; cuando detrás de la vestimenta o de la música hay una persona que cuenta una historia o, peor aún, denuncia una injusticia. Que el arte no se atreva a ser político; que no se atreva a danzar la pobreza, a pintar las desigualdades, a componer coplas sobre la corrupción. Que el arte no se atreva a salir en marchas ni en protestas; y a usar recursos del Estado para diseñar exposiciones que nos permitan recordar, interpelar y cuestionarnos. El arte que no se puede controlar, ese es el arte que incomoda, pero es exactamente el arte que más necesitamos.





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