Alberto Vergara sobre primer mes de gobierno: “Keiko Fujimori es más hija de la última década que de su papá”
En esta entrevista con La República, Vergara repasa cómo se ha construido la identidad nacional peruana en los últimos años a través de la gastronomía popular, además de analizar el primer mes de gobierno de Keiko Fujimori y sus diferencias con el de su padre.

Alejandro Céspedes García: En tu libro destacas que lo nacional está construido por procesos que han logrado una identidad culinaria que nos une y nos pone en alerta contra quienes piensan distinto. ¿En qué consiste esta identidad y por qué dices que es tan endeble?
Alberto Vergara: En este segundo volumen, me acerqué a lo gastronómico, a la cocina, para mostrar —me interesaba— el fenómeno recientísimo, pero profundo, de cómo la comida ha pasado a ser la dimensión simbólica por la cual los peruanos encuentran ahí la principal forma de reconocerse en tanto peruanos. Eso es súper reciente: hace treinta años no hubiera sido así. Hace treinta años, si tú querías graficar la peruanidad, la gente hubiera dicho el huayno, Vallejo, Machu Picchu, los incas; hubiera encontrado una serie de símbolos, pero no hubiera acudido a la comida. Hoy, tanto en el interior del Perú como en el extranjero, el reconocimiento nacional pasa por esa dimensión culinaria.
Es un proceso muy reciente, pero sobre todo muy global, porque analizo tanto el fenómeno gastronómico —vamos a decir, "por arriba", la gran gastronomía— como "por abajo", la comida popular: la aparición de una cantidad de platos que tiene que ver con esta construcción nacional, con influencias de todas partes
Alejandro Céspedes García: Anotas el éxito del 'mostrito' y el 'pollo a la brasa' en esa construcción. Que no provienen de élites.
Alberto Vergara: Y que no son por antonomasia peruanos. Es la llegada al Perú de formas europeas de cocinar el pollo. O, en el caso del mostrito, que es con arroz chaufa, tiene influencia china. Y entonces puedes encontrar cómo esa dimensión tan fundamental de la construcción nacional de los últimos años, en realidad, es una forma nacional de procesar algo que hace muy poco hubiera podido ser leído como algo ajeno.
Alejandro Céspedes García: Hasta el papa León XIV contrató a una cocinera peruana al Vaticano, y tras su elección las redes explotaron con memes de comida.
Alberto Vergara: Sí, y que ahora el agua bendita iba a ser Inca Kola y la hostia unos chifles (risas) Es decir, mi punto es que hace treinta años graficar la peruanidad del papa no hubiera pasado por la comida.
Alejandro Céspedes García: Al final de tu texto también destacas que nuestro desafío principal no es la lealtad nacional como la que puede generar un ceviche, sino la injusticia y la indolencia ante la pobreza. Y estamos como estamos. En la actualidad hay algunos peruanos que siguen esperando que Keiko Fujimori gobierne como su padre. ¿Existen realmente similitudes entre Alberto y Keiko?
Alberto Vergara: Yo creo que, en lo fundamental, no. Yo creo que Keiko Fujimori es más hija de los últimos diez años que de su padre. Es decir, tal vez el padre es una buena forma de llegar al gobierno, de plantear la diferencia. El padre supuso una gran ruptura en el Perú. Te puede gustar más o te puede gustar menos, pero creo que si de algo estamos claros es que el gobierno de Alberto Fujimori supone la ruptura de un statu quo que prevalecía en el país. Es decir, en un montón de ámbitos, Alberto Fujimori resetea el país de unas maneras, con unas consecuencias, que pocos gobiernos en la historia del Perú han tenido.
Es decir, tú puedes decir que, en el plano estatal, la derrota de Sendero Luminoso y de los grupos subversivos es la readquisición de las funciones básicas de un Estado, de la estatalidad, del monopolio de la violencia. En términos políticos, el autogolpe y toda una serie de prácticas que él impone —el desprecio a la deliberación, a la partidocracia, al Congreso— es la llegada del mundo del independiente, del outsider, del tránsfuga. Resetea la política también y, además, resetea la economía: rearticula, renueva la relación entre economía, Estado y sociedad en el Perú, cosa que queda sellada y sacramentada en la Constitución del 93.
Entonces es alguien, diría, transformador, un modernizador —con corrupción, con violaciones a los derechos humanos, con autoritarismo—, pero no es un agente del statu quo; es un agente del cambio. Que, por cierto, no lo hace porque él sea un personaje iluminado; lo hace porque funciona dentro de una coalición con actores que, cada uno, tenía interés en el cambio: es una coalición procambio. Tenías a los militares, que querían sobre todo la cuestión de seguridad; tenías a los empresarios; y tienes, por supuesto, el Consenso de Washington en los noventa y las reformas de mercado en toda América Latina.
Alejandro Céspedes García: ¿Estás diciendo que ella no cambiará nada?
Alberto Vergara: Estoy diciendo que ella es lo opuesto. El padre encarna un momento de transformaciones; ella encarna el statu quo, y por lo menos en este mes en el Ejecutivo deja ver que es también un agente —creo que en la campaña se notó— cuya inclinación es a reproducir el statu quo, no a transformarlo. Entonces, en ese sentido fundamental, de lectura con distancia histórica, más allá de los detalles, ella es, digamos, lo contrario del padre: es una fuerza del statu quo y no de su transformación.
Alejandro Céspedes García: ¿Y si la comparas con Pedro Castillo?
Alberto Vergara: Yo diría que, por lo que hemos visto en este mes, que el peligro mayor en el Perú sigue siendo el desorden antes que la tiranía. Es más peligrosa la mediocridad que te lleve al desgobierno que la producción de un régimen autoritario, totalitario. Yo creo que ni la izquierda ni la derecha estaban en capacidad de producir realmente eso. Uno podría decir, como Mafalda, que esto no es el “acabose” sino el "continuose". Y, la verdad, la veo perdida, en el sentido de que en ella me parece un problema más grave que en otros, porque ella ha vendido la idea de que con ella llega el orden. Pensemos en la inseguridad y muchas otras incertidumbres que aquejan a los peruanos. No tiene el poder ni siquiera para dar un indicador de que está pensando cómo transforma eso; peor aún, ni siquiera da la imagen de tener poder, autoridad, control sobre su gobierno.
Es decir: el ministro de Justicia dice una cosa, el ministro de Cultura dice otra; el jefe de la Policía dice una cosa, el ministro de Defensa dice otra; el ministro de Educación nombra a alguien y luego se desnombra. En fin, en solo un mes hay un montón de estos casos en los cuales está claro que ella manda poco sobre el país y sobre su gabinete.}
Alejandro Céspedes García: ¿Manda poco porque tiene poco poder, o manda poco por incompetente?
Alberto Vergara: A mí me da la impresión de que, en realidad, la incapacidad para gobernar proviene, en primer lugar, de la incompetencia, y, en segundo lugar, porque tiene unos incentivos perversos, me parece, para sostener el statu quo que produce el desorden en el país.
Alejandro Céspedes García: ¿De qué incentivos perversos hablas?
Alberto Vergara: Por ejemplo, en Trujillo. ¿Cuál ha sido el interés fundamental del gobierno? ¿Ha sido resolver el crimen, capturar a los malhechores, hacer una investigación seria para entender qué ha ocurrido? ¿O estaban realmente desesperados por hacer control de daños mediático ante lo que ocurría? Además, un control de daños mediático realmente malo: unos aprendices de brujo, mentirosos amateurs del asunto.
Y a mí me parece que tiene que ver con que ella y su gente, su grupo, necesita una policía poco profesional, precarizada, corrupta, que pueda funcionar en los márgenes o por fuera de la ley, porque, eventualmente, cuando haya que reprimir, cuando haya algún problema que los involucre, los necesita en esa condición de poco profesional. Pero esa misma condición de policía —del sector del Interior— poco profesional, sin reforma, es lo mismo que hace imposible que tú puedas solucionar la situación de inseguridad y criminalidad del país.
Entonces, por eso digo que están los incentivos: no lo tienen. Por eso es que, a esa misma policía, que todo el mundo sabe que en Trujillo hace años está involucrada, de una u otra manera, con la corrupción y con el crimen —no digo que lean los informes, pero podrían leer la novela de Marco Avilés sobre el crimen en Trujillo, una excelente novela—, se darían cuenta de que hace años que eso funciona así. Pero, en realidad, es a esa policía a la que hay que destacar, premiar, amnistiar, llenar de loas, porque saben que eventualmente la van a necesitar: son un roto para un descosido. Por eso creo que ese es un ejemplo, por ejemplo, en donde el incentivo del gobierno, lamentablemente, no está en poder hacer un buen gobierno.
Alejandro Céspedes García: Déjame hacer un poco de abogado del diablo: dicen que es muy poco tiempo para evaluar al gobierno. Comparado con los primeros días de gobiernos de la última década, ¿cómo observas este primer mes frente a ese riesgo de anarquía que mencionas?
Alberto Vergara: Yo creo que hay dos cosas. Vamos a tratar de, como dices tú, seguir en tu línea de abogado del diablo, dando el beneficio de la duda. Yo creo que una cosa que podemos decir de positivo es que, primero, a diferencia, como dices, de lo que hemos visto en los últimos años, apareció un gabinete de ministros. En los últimos años nos habíamos acostumbrado a que no había ministros, básicamente, que no había conducción. Ahora, por lo menos, hay un gabinete más visible. Más visible no quiere decir que sea más efectivo, porque no necesariamente es un buen gabinete —más allá de que creo que hay un par de ministros que pueden serlo, que lo son—.
Pero, efectivamente, volvió un gabinete, y creo que, en algún sentido, en el país vuelve un poquito, al menos, la política. Es decir, nos acostumbramos, los últimos años, a que había una aplanadora permanente de nada más que impunidad y microchoreo. Creo que ahora aparecen ciertos debates: la Cámara de Diputados le dice que no a esto, el Ejecutivo tiene que explicar. Hay como la reaparición de un poquito de política, que me parece saludable. No es ese mundo en el cual el Ejecutivo y el Legislativo estaban todos en combina, en el cual todo el plan que tenían era una gran repartija. Ahora me parece que vuelve un poco la política, y eso está bien, de un lado.
Pero, del otro lado, está —insisto, lo principal, me parece— que volvemos a lo de la continuidad: la incompetencia, la mediocridad. Me parece que eso es lo que hereda, esencialmente, de los últimos diez años. Los últimos diez años son lo que ha sido la verdadera escuela política de Keiko Fujimori: ese mundo detrás, en el Congreso, organizando el toma y daca de las leyes que dan impunidad, que dan prebendas, que clientelizan.
Alejandro Céspedes García: De hostigar al opositor.
Alberto Vergara: De hostigar al opositor, por supuesto. Pero de gobernar, nada. Es ese mercado persa, el mundo del toma y daca, en el cual todo tiene su precio. Y ese mundo no te prepara para gobernar, no te prepara para el mundo del Ejecutivo. Más bien, creo que se acostumbraron a ese espacio de politiquería, y por eso no tienen planes, no tienen iniciativas, no tienen cuadros, no tienen la competencia.
Alejandro Céspedes García: Y pretende gobernar haciendo TikToks
Alberto Vergara: Exactamente. Termina siendo una cosa un poco frívola, desconectada, y de gente que, aun cuando tratas de recuperar a gente de los noventa, o de hace varios años, ya no tiene contacto con el Estado. El Estado no es lo que era, la sociedad no es lo que era, y entonces están ahí, más bien perdidos en el intento de ser Ejecutivo.
Alejandro Céspedes García: El gabinete Galarreta ha solicitado facultades legislativas para gobernar, y una diputada, Rossana Alayza, les respondió que para eso bastan los decretos de urgencia. ¿Es una victimización que el gobierno le eche la culpa al Congreso por no poder gobernar?
Alberto Vergara: Mira, honestamente, independientemente de que les den o no les den esas facultades, a mí me parece que, al gobierno, más que facultades legislativas, lo que le hace falta son facultades políticas. Yo los veo... más que facultades legislativas, necesitan facultades para gobernar, competencia para gobernar.
Luego, no es un problema, en esencia; no es la legalidad vigente la que les impide o les bloquea realizar una serie de cosas, ¿no? Es mucho más eso: tener las ideas, las iniciativas, el conocimiento, la competencia para gobernar, y por el momento lo que vemos, más bien, es que no tienen mucha idea en ese ámbito. Entonces, las facultades legislativas no parecieran ser el centro de la carencia.
Alejandro Céspedes García: Vinculando esto con el plano global: el Perú se abre a las iniciativas del gobierno de Trump y hace unos días rompió relaciones con Irán. Pareciera que se está administrando para el gobierno de Trump y no para el país.
Alberto Vergara: Bueno, hay varias cosas ahí. Primero, sí, y no es la única. Creo que hay un alineamiento decidido de muchos de los gobiernos de la región con Estados Unidos, y el nuestro no es la excepción. Digamos que, el caso del canciller Espá, o es una imposición de los Estados Unidos, o les pareció que era una forma de quedar muy bien con ellos poniendo a alguien que haya sido funcionario de ellos por muchos, muchos años. Entonces, creo que eso es algo que está ocurriendo. De hecho, habrá que ver: Marco Rubio llega al Perú la próxima semana, así que habrá que ver cómo se sigue desarrollando esa relación y qué impacto tiene para nosotros, sobre todo en la relación con China, que creo que es la que más debería cuidar el Perú, la relación con los dos países. Pero vamos a ver si tenemos la capacidad y la voluntad de poder hacerlo.
Alejandro Céspedes García: Pero Trump está a punto de perder terreno en el parlamento por cómo lleva su gobierno en los comicios de medio término de EE. UU. ¿Estamos llegando a la cúspide de esta anarquía libertaria?
Alberto Vergara: Yo creo que sí. Me da la impresión, por una serie de dimensiones, de que nadie tiene hoy mucha capacidad en América Latina de realizar, realmente, gobiernos decididamente exitosos. La capacidad estatal no te alcanza, la economía política de los países tampoco te da para redistribuir, el crecimiento económico es mucho menor del que debería ser, la criminalidad y la inseguridad avanzan, y al mismo tiempo tienes sociedades mucho más impacientes, por no decir neurotizadas por el teléfono y su avalancha incontenible de videos y malas noticias. En ese contexto, no es tan fácil construir, a partir del mandato que se recibe en las elecciones, un gobierno efectivo. Creo que no es fácil hoy y no lo está siendo para muchos de esos gobiernos, ¿no?
Milei, por ejemplo, ha tenido éxito en reducir la inflación, pero sigue siendo una inflación del treinta por ciento anual; la capacidad de generar reservas ha sido mucho más lenta de la que se deseaba o se esperaba. Uno podría decir que Noboa, en Ecuador, a pesar de todo el performance bukelista, la verdad es que no consigue reducir de manera importante la tasa de homicidios en Ecuador; de hecho, perdió un referéndum importante hace unos meses. No sé, creo que es más fácil tener una retórica inflamada para excitar a los propios y enervar a los contrarios que tener, realmente, la capacidad de construir gobiernos eficaces. Y me temo que el fujimorismo pasará un poco por ahí también. Curiosamente, me parece que, en lo que hemos visto en los últimos años y en este mes en el Ejecutivo, no encaja en esa derecha radical nueva: la de Bukele, la de Milei, la de Bolsonaro. No tiene ese ánimo, no tiene ese afán polarizante, no tiene esa relectura de la historia del país, no se ve como un punto de quiebre; no hay una lectura, no hay batalla cultural.
Alejandro Céspedes García: ¿Cómo que no? ¿Y el LUM?
Alberto Vergara: El LUM me parece que es una controversia de este momento en la que ni siquiera están de acuerdo; fíjate que no se ponen de acuerdo: el ministro de Justicia se lo quiere llevar, el ministro de Cultura dice que no, que el LUM se queda ahí. Me parece que eso es, nuevamente, mediocridad: ni siquiera tienen un discurso establecido sobre qué quieren hacer con el LUM. Es decir, si sabemos lo que quisieran es que no exista nada, ¿no? Pero, ni siquiera a ese nivel tienes un desarrollo ideológico, programático, un discurso sobre el asunto; es más bien un rechazo visceral, identitario, digamos. Es una derecha que ni siquiera cumple con esas características. Y tampoco, obviamente, es ya una derecha neoliberal: me parece que está claro, desde hace años, que el fujimorismo erosiona el orden macroeconómico cada vez que puede, que es un actor principal del debilitamiento tecnocrático del país, que ha apoyado todas las normas que el Consejo Fiscal dice que están haciendo un boquete en la economía peruana. Entonces, tampoco es una derecha neoliberal: es una derecha del patrimonialismo.
O sea, un partido de intuiciones, de prácticas, de reflejos patrimonialistas, que es la utilización constante de lo público para beneficiar a mi familia, a mi partido, a mi clan, a mis militantes, y, obviamente, también para perjudicar al adversario. Esa forma de relación con lo público, con los recursos, con la ley, me parece que es mucho más saliente en el fujimorismo que esta vena contemporánea de derecha populista, radical, reaccionaria, o de la derecha más neoliberal. De hecho, en el discurso de Keiko, en su toma de posesión, la palabra que más repite es "Estado".
Alejandro Céspedes García: ¿Qué le recomendarías al gobierno?
Alberto Vergara: Puede parecer una gran ingenuidad. Pero yo creo que no hay un destino marcado a ser un gobierno lamentable. El otro día Felipe Portocarrero me decía: "Estamos a la deriva, pero no hemos naufragado".
Alejandro Céspedes García: Pero vaya que vivimos en tormenta.
Alberto Vergara: Sí, sí, seguro. Pero eso implica que ella se haga cargo, que asuma, que rectifique también, porque ella tiene que reconocer que ha producido, en buena parte, con su acción en los últimos diez años, a este país. Entonces, tiene que hacerse cargo de eso. Y eso implica que no se sienta cómoda con los adulones que aparecen, con su entorno pituco, sino que se dé cuenta de que, en este momento, su compromiso ya no es con su partido ni con sus problemas judiciales, sino con el Perú, con un país en donde vivir es, cada día más, una agonía, una angustia, y que, por lo tanto, tiene el deber de intentar movernos de ahí.
Y, de hecho, esto lo conversaba el otro día con Eduardo Dargent: cómo, en los últimos años, en esta ideologización cretina de las élites políticas y empresariales, todo lo que fuera alguna reforma pasó a ser visto como "caviar". Reformas que ni siquiera eran de izquierda, sino que serían sensatas en cualquier país del mundo, pasaron a ser censuradas por "caviares". Entonces, creo que el gobierno debería tener un margen para recuperar algunas de esas reformas necesarias. La seguridad, de la que hablábamos hace un rato, me parece esencial. Tiene que romper con la inercia y con ciertos incentivos que tiene, en términos patrimonialistas, personales, particularistas, pero que ahora le toca pensar en el interés general. En fin, puede parecer muy improbable, pero en el Perú todo es raro...
Alejandro Céspedes García: Hablas como si la presidenta estuviese acogotada. ¿O es ella quien acogota a su séquito?
Alberto Vergara: Por el momento, no veo que acogote a su séquito. Para ser honesto, tampoco le veo, como mucha gente esperaba, un ánimo despiadadamente revanchista. Por el momento, digamos, me parece que acogotaba más a sus bancadas que a su gabinete.
Alejandro Céspedes García: ¿Y qué le recomendarías al nuevo Parlamento bicameral?
Alberto Vergara: Sí, bueno, ahí, nuevamente, creo que hay la necesidad de recuperar un funcionamiento del Congreso que sea, para usar una frase manida, una oposición sin ser obstruccionista, que visibilice temas clave en el país —que pueden ser, a veces, casos de corrupción—, pero también que politice ciertos temas. En el Perú siempre pensé que había un déficit, a veces, mucho mayor de deliberación que de participación. Es un país en el que desapareció la discusión programática; que a veces se vuelvan a discutir ciertos temas, que se obligue al gobierno a tomar posición sobre algunos asuntos que simplemente se ha acostumbrado a cabalgar de manera inercial o interesada. Y, también, desde luego, pensar hacia adentro las estrategias para que el Congreso no se desplace, gradual o rápidamente, a ser de nuevo un gran bazar en el que todo se compra, todo se alquila y todo el mundo tiene su precio, para depredar lo público.
Entonces, creo que ahí también —ahora hay el rumor, de hecho La República sacó la nota— de que diputados de Juntos por el Perú se pasarían al fujimorismo y a Renovación Nacional. Ellos, que eran tan diferentes del fujimorismo, que eran el agua y el aceite, serían los primeros en pasarse: ya tendríamos los primeros tránsfugas. Entonces, creo que está la necesidad de mantener una representación nacional que sea eso, nacional, y no la representación del interés particular; tratar de impedir esa deriva que hemos visto tantas veces, y que va a ser inevitable que ocurra, porque, nuevamente, las elecciones en el Perú, ya lo sabemos, no son un hito que modifica radicalmente el mapa político. Encontramos muchas más continuidades que rupturas. Pero, por lo menos, intentar que esa deriva particularista no se produzca, que no llegue a sus peores proporciones. Todo es bien difícil; alguien dijo que en el Perú todo es difícil, pero nada es imposible. Así que, ¿por qué no pensar que se pueden ver algunas mejoras en distintos ámbitos?







