
Si tuviera que quedarme con una parte del debate del domingo que pasó, elegiría dos bloques: Carranza v. Francke y Guerra-García v. Neuhaus. De varias maneras, esos dos bloques mostraron que, al margen de nuestras preferencias, tenemos personalidades capaces de presentar y discutir políticas públicas basadas en evidencias. Claro, también confirman que las posibilidades de construir algún equilibrio institucional mínimo están todas fuera de las organizaciones políticas que han pasado a segunda vuelta. Están en esos colectivos profesionales que los últimos años de canibalización política han dejado fuera del Estado. Ninguna de las dos organizaciones que han pasado a segunda vuelta tiene entre sus propias filas profesionales de esa estatura. Ellas no han estado entre sus primeras opciones. La posibilidad de convocarlos proviene de la cancelación de esos espacios políticos más pequeños en los que casi todos ellos se habían estado moviendo hasta ahora. Los debates presidenciales son para eso, para mostrar que estas convocatorias son posibles. No son un ejercicio académico —ahí falló la presentación de Sinesio López—, sino una exhibición de ajustes políticos y capacidad de concreción práctica alineados a un objetivo: gobernar.
Pero, fuera de esos dos bloques, el debate del domingo dejó al descubierto la superficialidad con que se trató un área que merece tanta atención como la economía y la infraestructura: la salud. Este sector, que comenzó el quinquenio con una pandemia encima, ha sido depredado hasta el extremo en un periodo en que tendríamos que haber terminado de entender lo que verdaderamente representa. En mucho, la derrota política de APP en la primera vuelta proviene de su relación con el descalabro de este sector en el periodo que termina en julio de este año. Aun así, en el bloque de salud el debate no nos dejó nada. Ni una autocrítica por lo mal que se ha hecho todo, ni una pista sobre cómo resolverlo en el siguiente quinquenio.
El debate también ha dejado grandes ausentes: el manejo de la minería no regulada (imposible seguir llamándola simplemente 'informal'), la seguridad y la protección de las personas, el medio ambiente, en especial la Amazonía, y la justicia. La primera de estas ausencias revela que ninguna de las dos organizaciones en disputa quiere generar fricciones con sectores que han demostrado tener un peso electoral acaso determinante, aunque sus agendas todavía no hayan sido suficientemente establecidas ni validadas socialmente. La minería no regulada llega a estas elecciones dividida en dos bandos: una buena parte de los mineros 'de campo', los Reinfo, ha respaldado a Sánchez en primera vuelta. Los acopiadores, los dueños de plantas de beneficio y los exportadores parecen estar en franca migración desde las tiendas de López Aliaga hacia las de Fujimori. Ninguno de estos dos sectores se ha diferenciado lo suficiente de las organizaciones criminales que impregnan el tejido social que han generado o fortalecido —fuerzas de seguridad privadas, extorsionadores y lavadores de activos, entre ellas—. Tampoco han superado la etapa predatoria de sus procesos productivos. El silencio sobre las políticas con cuya base debe ordenarse este sector de la economía, que ha crecido a la deriva, se extiende a la cuestión de la seguridad y la protección de las personas, y alcanza también a la protección del medio ambiente y la Amazonía, junto con toda la lista de asuntos pendientes que ambos temas contienen.
Pero parecemos estar todavía a una distancia considerable del punto en que pueden discutirse estos asuntos. Una distancia que acaso pueda medirse en votos.
En la lista de ausencias también está el problema de la justicia, que encuentra sentido en coordenadas distintas. Aquí parecemos estar bloqueados; atrapados en los problemas que causaron y explican el origen y el comportamiento de tres de los enclaves que arrastramos del régimen anterior: la Junta Nacional, la mayoría del Tribunal Constitucional y la Fiscalía de la Nación. La justicia, en términos de políticas públicas, no es una cuestión que se limite a los megaprocesos judiciales ni a los casos emblemáticos. Es un asunto que tiene que ver con las referencias que los ciudadanos pueden usar para resolver controversias, obtener protección en caso de quedar expuestos a ataques u obtener reparaciones por accidentes o delitos. Es también, por cierto, un problema relacionado con la vigencia de la ley, el castigo y el balance de poderes en general. Sin embargo, las dos organizaciones que han pasado a segunda vuelta han elegido como sus principales voceros en esta materia a dos profesionales que, respetables sin duda alguna, no se dedican a la definición, ejecución y estudio de políticas públicas, sino al litigio, que es una cosa enteramente distinta. Me refiero a José Domingo Pérez y a Giuliana Loza. De hecho, se trata de dos litigantes cuyas reputaciones se definen actualmente en función de su desempeño en el mismo caso: el caso Cócteles; una historia que definió el curso del ciclo iniciado en diciembre de 2016 con las revelaciones del caso Odebrecht. Ese es el caso que más influencia ha tenido en el origen de los tres enclaves a los que me he referido. Que ellos dos hayan sido elegidos como las referencias de cada una de las organizaciones que pasan a segunda vuelta para hablar de justicia pone en evidencia que en este tramo no hablaremos de justicia, sino que reproduciremos los términos en que se han desenvuelto las crisis protagonizadas por los enclaves.
Pero la justicia, como problema, está también en otra parte.
Imposible arribar a una conclusión definitiva. Las oportunidades están a la vista, pero las organizaciones en disputa muestran vacíos de perspectiva que nos pueden dejar anclados en la demolición, un periodo del que debemos terminar de salir.





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