
Si en algo podemos coincidir un gran número de peruanos, de todas las tendencias políticas confundidas, es que estamos atravesando un periodo altamente estresante. Muchos lo notarán incluso en sus cuerpos: malestares estomacales, dolores de cabeza, aparición de erupciones en la piel, etcétera. Son las consecuencias de la psicosomática, donde la mente rebasada permite que parte de esa energía disruptiva sea evacuada hacia el soma o cuerpo. Estas elecciones están siendo interminables e intolerables. Si no incluyo a todos los peruanos, es porque, por impensable que parezca, muchos están tan afanados en sus tareas de supervivencia que no pueden destinar ni un ápice de su aparato de pensar y sentir a otra cosa.
Me he permitido parafrasear el célebre verso de Vallejo porque, en cierto modo, muchos tenemos la sensación de un déjà vu. El candidato Sánchez, incluso, ha utilizado esta reedición del 2021 al colocarse el sombrero de Castillo, literalmente. Lo cual parece haberle funcionado, pues, pese a las imperiosas e injuriosas vociferaciones de López Aliaga, todo indica —salvo un extraño giro de último minuto que en el Perú nunca se puede descartar— que el autodenominado Porky deberá permanecer en su piara.
Ya que lo mencionamos, espero que muchas personas hayan comprendido que la salud mental es una exigencia esencial para quien aspire a ocupar el cargo de presidente del país. Los improperios, obscenidades, amenazas y conspiraciones tan extrañas como el fraude orquestado por Keiko Fujimori y financiado por Samuel Dyer me eximen de mayor elaboración. Las disculpas posteriores no anulan, en términos de diagnóstico clínico que no me voy a permitir, lo peligroso que resultaría tener a un personaje capaz de amenazar en público con sodomizar a un funcionario electoral.
Asimismo, otro factor que debemos tener en cuenta es la ridícula y humillante invasión del departamento de Piero Corvetto (vive en la misma calle que yo), por un destacamento digno de la captura de Osama Bin Laden. Esa destrucción sistemática, ese asesinato de la reputación de un funcionario, sin que se le haya probado nada hasta el momento, es propio de regímenes dictatoriales o, por lo menos, autoritarios. En todo caso, no es admisible en un Estado de derecho. Como dijo Fernando Tuesta en una entrevista realizada por Pedro Salinas, son métodos de sicarios. No se limitaron a destruir moralmente a un hombre que ha servido al país durante muchos años; también hostigaron a su esposa y exhibieron a sus hijos en televisión.
Es evidente que esto no es solo una venganza contra Corvetto; también es un aviso de lo que les sucederá a quienes no obedezcan las órdenes provenientes del Castillo de Kafka. Lo cual incluye a funcionarios que no sean sumisos, así como a pensadores críticos, periodistas independientes o cualquier ciudadano que no obedezca las órdenes del régimen congresal que hoy gobierna.
Esto último es uno de los elementos que promueven ese entorno estresante al que nos hemos referido. Los dos candidatos a la segunda vuelta han sido parte del pacto corrupto que promulgó las leyes en favor del crimen. Las especulaciones en las que estamos atrapados no solo consisten en determinar el mal menor. Incluyen preguntarse quién tiene más capacidad de hacer daño al país. También, por supuesto, quién tiene más capacidad de servir los intereses de las mayorías. Mayorías que hoy viven en condiciones extremadamente difíciles.
Problemas cotidianos como la salud, la vivienda, la seguridad o el transporte, a lo cual se añade el papel determinante de las mafias del oro o el narcotráfico, no han sido resueltos por quienes han gobernado, en realidad, todos estos años. Cierto, y esto puede ser una tenue luz que nos recuerde que esta oscuridad no es eterna: el Congreso, con sus dos cámaras, puede ser mejor que el actual. No es gran cosa, pero, a estos niveles de estrés, necesitamos agarrarnos de algo para no ahogarnos. El cuadro La Balsa de la Medusa (1819), del pintor francés Théodore Géricault, muestra a los supervivientes del naufragio del barco La Medusa (nombre profético de la desgracia). Una parte —lo he mencionado antes— ha abandonado toda esperanza y mira hacia atrás. La otra sigue aferrándose y aguarda, mientras observa en lontananza la aparición de una embarcación salvadora.
Lo cierto es que nuestra salvación, nunca dejaré de insistir en este punto, no vendrá de una ayuda milagrosa, sino de nuestra capacidad de unirnos para sacar adelante esta comunidad fragmentada y desvinculada. La semana pasada se realizó otra notable edición de La Noche de la Filosofía en la Alianza Francesa de Miraflores y el Teatro Vichama de Villa El Salvador. Como fui honrado por el filósofo Miguel Giusti con una invitación a participar, pude decir lo siguiente: Habrá quien piense que hacerlo ahora en el Perú convulsionado es comparable a la discusión de los sabios bizantinos acerca del sexo de los ángeles, con los bárbaros entrando a la ciudad. Opino que eso sería un grave error de percepción. Esta noche tan especial, en la que se crea un espacio de intercambios, reflexión, expresiones artísticas y todo lo que abarcan las humanidades, es más necesaria que nunca. Me hace pensar en lo que Vallejo llama el “claustro de un silencio que habló a flor de fuego”. (Espergesia).
Es de esto de lo que se trata. Ante los periodos nefastos como los que estamos viviendo, ante el estrés lancinante que estamos sufriendo, necesitamos recurrir a los vínculos y experiencias que nos recuerden el sentido de estar vivos, aquí y ahora.





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