
Tener ocho presidentes en 10 años, y 36 candidatos actualmente en carrera para llegar al gobierno, es un récord que puede sonar curioso, inusual, hasta gracioso, pero que lanza un mensaje preocupante al mundo: esta es una tierra tormentosa, desorganizada, incomprensible. Donde cocinamos bien, pero incineramos sin piedad nuestro destino político.
La desolación que produce el comportamiento de nuestros parlamentarios, o de los caciquillos que manejan el poder, no tiene por qué impedirnos ver lo que hay de noble y lúcido en nuestro pueblo. Pienso, por ejemplo, en los trabajadores del campo que se levantan al alba para cultivar, en los indígenas que defienden bosques, en los estudiantes que se amanecen leyendo.
Y en las madres que cuidan a sus hijos, desde la soledad o la escasez, para que no caigan en el abismo de la pobreza o la desesperanza. Entender la conexión que hay entre esas grandezas personales y sociales, así como entre nuestras miserias políticas y lo que sucede en la comunidad mundial es indispensable. No somos una aldea insignificante. No debemos serlo.
Es más importante incluso ahora, cuando el mundo está sufriendo una sacudida global, cuando se quiebra el orden multilateral, cuando estallan guerras entre Estados, que en las últimas décadas casi no existían. Cuando se calienta el planeta a ritmo alarmante, mientras el negacionismo climático avanza desatado en el verbo y la obra de personajes como Trump y Milei.
¿Qué papel queremos jugar en este tiempo de convulsión? ¿El de un país que acepta cualquier imposición a cambio de chifas o hamburguesas? ¿El de una república sin pena ni gloria, incapaz de producir otras noticias que no sean las de los cambios presidenciales? ¿El de una sociedad que se queja de sus políticos y, por enésima vez, elige únicamente ‘males menores’?
No se habla mucho de política exterior en esta campaña. Como si la inseguridad no fuera un problema transnacional, como si la migración solo sirviera para alentar discursos xenófobos. El único asunto que ha flotado con cierto peso es el del puerto de Chancay, aunque con cierto ánimo apagado, como si nosotros mismos redujéramos nuestro espacio en la cancha global.





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