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Opinión

Una vorágine emocional, por Jorge Bruce

Es decir, si no existe una regulación supranacional, entonces las grandes potencias pueden repartirse el mundo en función de sus acuerdos, como ya se ha visto tantas veces en la historia de la humanidad.

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Jorge Bruce

Probablemente, cuando los lectores tengan esta nota en sus manos, el ruido y la humareda de las explosiones en Venezuela habrán disminuido. Nadie sabe con certeza en qué terminará este capítulo de la historia de las relaciones de los EE. UU. con Latinoamérica. Como psicoanalista, lo que más me concierne son las emociones de los principales concernidos: los venezolanos en el exilio, pero también los que se encuentran en el país. La algarabía inicial, me temo, ya debe haber cedido espacio a una multitud de interrogantes angustiosas.

No solo ellos, claro está. Los latinoamericanos nos estaremos preguntando por el futuro del país con el que nos hemos familiarizado tanto estos últimos años, a raíz del impresionante éxodo de tantas personas obligadas a abandonar su patria por cualquier medio. Muchos de ellos, como nos consta a los peruanos, se instalaron en nuestro país. Pienso en el caballero que trabaja como llantero en el grifo del barrio de mi consultorio, cuya alegría y buen talante contagiosos lo han convertido en un personaje querido por la vecindad. Hace pocos días, antes de la captura del dictador Maduro por las FF. AA. norteamericanas, me hablaba de su esperanza de poder volver a su tierra.

Yo también me alegré sobremanera al saber que Maduro, un tirano corrupto y criminal, había sido detenido y extraditado, junto con su esposa. Casi de inmediato, sin embargo, me asaltó la incertidumbre acerca del significado de esta captura. Es evidente que el derecho, tanto internacional como nacional, en lo que respecta al país que realizó esta operación de búsqueda y captura, fue ignorado. Este no es un asunto menor, un detalle quisquilloso que no debería entorpecer la satisfacción de encarcelar a un dictador. Si así fuera, entonces bastaría con solicitarle al país más poderoso del continente que intervenga cada vez que estamos descontentos con un tirano. En suma, no se trata de reemplazar el orden internacional por el recurso a los más fuertes. Basta pensar en China y Taiwán, Rusia y Ucrania para darse cuenta de los riesgos implícitos en estas operaciones al margen de la ley internacional.

Duele tener que morigerar la exaltación de los venezolanos, ilusionados con la perspectiva de volver a su patria. Sería lindo quedarse con esa alegría y ponerse a celebrar la caída de un personaje funesto, al que casi nadie va a extrañar. De hecho, circulan hipótesis acerca de la traición de la propia vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, quien habría asumido el mando del país. Edmundo González y, sobre todo, María Corina Machado quedaron fuera de la ecuación o componenda. El presidente Trump la descartó diciendo que no tiene el respeto de sus compatriotas. Punto.

Las emociones no entran en el escenario de la realpolitik. De hecho, son consideradas un estorbo por los que cortan el jamón. Si necesitan ejemplos clarísimos de esto, observen los rostros de Xi Jinping o Vladimir Putin cuando aparecen en público. Es imposible saber lo que están sintiendo y, por ende, pensando. Lo cual no significa que los humanos de a pie tengamos que seguir esos ejemplos de inexpresividad profesional. Por el contrario, lo que nos humaniza es la capacidad de tener empatía y dar a conocer lo que estamos viviendo. La esperanza de los venezolanos ante la captura de Maduro es digna de empatía, precisamente.

Por eso es penoso tener que reconocer que estamos —pues esto comenzó mucho antes de la operación militar denominada Absolute Resolve— en un momento crítico de tensión entre el derecho internacional y la ley del más fuerte. Una de mis series favoritas de TV se titula precisamente Curb Your Enthusiasm (Controla tu entusiasmo), dirigida y protagonizada por Larry David, quien fue también guionista de la exitosísima Seinfeld.

Esta podría ser una buena, aunque algo triste, recomendación para el caso venezolano. Los psicoanalistas estamos habituados a tener que lidiar con situaciones análogas en el consultorio. A veces es muy difícil desentrañar si el entusiasmo o la alegría de una persona son saludables, o producto de la hipomanía (uno de los estados anímicos antitéticos a la depresión). Este podría ser el caso al que nos enfrentamos, aunque es temprano para saberlo. Los acontecimientos se suceden a tal velocidad que nadie puede predecir con certeza en qué va a terminar este vertiginoso cambio de piezas de ajedrez.

Así como los psicoanalistas necesitamos el encuadre en el tratamiento, para proteger tanto al paciente como al terapeuta, el derecho internacional está ahí por algo similar. Su sentido es el de nivelar la asimetría de poderes. Por eso es indispensable preservar tanto el encuadre como el derecho. De no hacerlo, es inevitable caer en situaciones en las que la ley del más fuerte prevalece. Decía Dostoievski en Los hermanos Karamázov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Los creyentes la pueden leer de manera literal. Los que no lo somos, podemos entender el sentido metafórico de la expresión.

Es decir, si no existe una regulación supranacional, entonces las grandes potencias pueden repartirse el mundo en función de sus acuerdos, como ya se ha visto tantas veces en la historia de la humanidad. Por eso la conquista y defensa de un derecho internacional no es algo que pueda ser tomado a la ligera. La prueba de esto es que la situación en Venezuela está en un momento de gran volatilidad. Lastimosamente, el caballero que trabaja en el grifo de mi barrio tendrá que esperar antes de saber si existe la posibilidad de regresar a su añorada tierra. Deseo fervientemente que así sea.

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