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Opinión

Días de definiciones, por Rosa María Palacios

 El próximo presidente del Perú, si seguimos nuestra tradición e historia, no está en el radar de nadie aún.

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Rosa María Palacios 28-09

Seis meses antes de las elecciones generales se tienen que producir las renuncias de funcionarios públicos que desean ser candidatos a elección popular. No son todos, sino solo los que la ley establece. En particular, aquellos que tienen manejo de recursos públicos siendo titulares de pliegos presupuestales. Gobernadores, alcaldes y ministros deben renunciar porque, por un principio básico de neutralidad electoral, mantenerse en el cargo y a la vez postular les da la enorme ventaja de utilizar recursos públicos para mejorar su imagen ante los electores. Tradicionalmente, los congresistas (cuando había reelección ilimitada) no tenían que renunciar porque no tenían ni siquiera iniciativa de gasto.

Pero la defensa de la neutralidad no parece ser el fuerte del actual sistema electoral. Ni los jurados electorales especiales ni el JNE se están tomando en serio la misión de establecer un sistema que no dé ventaja a nadie. Por un lado, el Congreso se ha aprobado su ley de “facilidades reeleccionistas” (obviamente, no se llama así) para que los congresistas hagan campaña en la semana de representación, que pagamos con nuestros impuestos. Semana en la que deberían estar haciendo otra cosa. De otro lado, basta examinar los casos de César Acuña y Rafael López Aliaga (aliados del régimen de Boluarte) para que, con total desparpajo, se les vea haciendo campaña noche y día desde sus roles de gobernador y alcalde. Y aquí no pasa nada.

El 12 de octubre, sin embargo, se les acaba el espectáculo con dinero de los contribuyentes. De ahí la desesperación de inaugurar lo que sea, como fuera. Desde vías “expresas” con cruces a nivel hasta trenes de fantasía sin rieles ni estaciones, sin importar la falta de ingeniería básica o el endeudamiento colosal. Les da igual porque parten de un principio en el que creen con fe: la gente es idiota y se va contigo si le das espejitos de colores.

Los ministros de Dina también deben renunciar. Sin estar afiliados a partidos deben negociar sus cupos como invitados. Un Congreso que termine siendo similar a este y a los intereses del pacto es garantía, por lo menos por cinco años, de impunidad. Es un camino complicado pero rendidor. Primero, negociar el cupo en un partido con opción (no todos los que tienen esperanza de pasar la valla correrían el espantoso riesgo de quemar su lista parlamentaria llevando a un ministro de Dina). Segundo, ser elegido después de ser parte de este Ejecutivo (tarea titánica). Tercero, que el próximo Congreso no tramite las denuncias constitucionales que se amontonan en contra de varios.

Las pintas de Juan José Santiváñez y la cuenta de su alter ego en X lo anuncian como candidato, nada menos que al Senado. Es probable que la impostergable renuncia el 12 de octubre evite que se vote la moción de censura en su contra. Una estratagema que ya es ganancia. De ahí la disparatada hipótesis del presidente del Congreso sobre que antes de censurar se debe obligatoriamente interpelar (¿estudió derecho?) para no ganar otra cosa que no sea tiempo. Sería una pena que no se llegue a votar la censura. De un lado, volvería a confirmar por qué #PorEstosNo es un hashtag tan popular y, por otro, este gobierno tendría un nuevo récord: el primer ministro censurado dos veces en el mismo año. Aunque ese escenario es muy improbable dado el enorme apoyo del pacto al ministro de Justicia.

Mientras tanto, aparecen encuestas que no significan nada, pero molestan en todo. El que va primero no quiere ir primero. Es lógico si se ven las encuestas de los procesos 2006, 2011, 2016, 2021. Nunca quien va primero seis meses antes gana. En algunos casos, los que iban primero no pasaron ni la valla del 5 %. En otros casos, llegaron a la presidencia absolutos desconocidos por lo que se conoce ya como “el efecto Keiko”, o si se quiere, “cualquiera menos ella”. Seguidores de López Aliaga desconocen las encuestas porque “creen” (no sé por qué, pero en el Perú la ciencia estadística es un tema de fe) que va mucho más alto en las preferencias. Flaco favor le hacen.

Keiko Fujimori en segundo lugar es una gran noticia para todos los competidores. La respuesta es sencilla. Es la contrincante que todo aspirante a la presidencia quiere en segunda vuelta, sea por la izquierda o por la derecha. No hay forma de que gane y lo ha demostrado tres veces. En cinco años el electorado no ha cambiado a su favor. Por el contrario, su conducta política como aliada de Dina Boluarte y promotora del mercantilismo parlamentario solo ha hecho crecer su antivoto: “Fujimori, nunca más” es el partido informal más sólido del Perú, un país que suele tener “antis” bien consolidados.

En la última encuesta de Ipsos aparece en tercer lugar Mario Vizcarra. Debe ser un caso único. El hombre no ha abierto la boca y le hemos visto la cara a raíz de la prisión de su hermano, que duró poco y que le ha dado, como cualquiera podía anticipar, una enorme ganancia política. El negado “Plan B” de Perú Primero comienza a funcionar. Van a evitarlo hasta el día de la inscripción, pero si lo necesitan, lo van a usar.

Martín Vizcarra confía en dos hechos contingentes: una habilitación del sistema interamericano de derechos humanos y una absolución judicial (o la inexistencia de una sentencia). Si alguna no funciona, no le quedará más remedio que un endose con riesgo. Los que quisieron desaparecerlo cometieron un error político garrafal: en vez de uno, ahora tienen dos. En esas circunstancias, la campaña del hermano Mario será casi de punto único: indulto y nuevas elecciones, tanto para Martín Vizcarra como para Pedro Castillo, uniendo las votaciones de los dos políticos más populares hoy en el Perú. ¿Riesgoso? Por supuesto. Esto solo sucederá si Perú Primero logra el control de ambas cámaras. Para que esto ocurra, los partidos que hoy están en el Congreso tendrían que ser severamente castigados por el voto popular, al límite de no pasar la valla. Por eso, es un plan B.

Sin embargo, como siempre decimos, seis meses antes en una campaña electoral peruana equivale a un siglo. El próximo presidente del Perú, si seguimos nuestra tradición e historia, no está en el radar de nadie aún.

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