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Opinión

Señora K en campaña, por Mariza Espinoza

"En el imaginario popular, la verdadera gobernante de este país es ella, y Boluarte es solo el sumiso títere que ejecuta sus órdenes sin dudas ni murmuraciones".

señora k
Maritza Espinoza

Mientras la ciudadanía se dedica a repudiar y abuchear a Dina Boluarte por redes y plazas (muy merecidamente, dicho sea de paso), la verdadera “jefa” de este gobierno se pasea por el país haciendo precampaña e intentando, sin mucho éxito, lavar su imagen de cogobernante de facto de un régimen que carga con medio centenar de asesinados y un país institucionalmente descalabrado gracias a los manejos de sus esbirros congresales y aliados.

Doña Keiko Fujimori, que sigue asegurando que no sabe si candidateará en 2026 y que hace año y medio dijo que “eso” no estaba entre sus planes, ya se encuentra en franca contienda electoral, para lo que, además de sus ya mencionadas giras por el interior, ha sacado al aire un pódcast llamado Konfesiones, poco afortunado nombrecito que nos remite, de inmediato, a la inolvidable Señora K.

En la decena de episodios de Konfesiones, podemos ver a Keiko comiendo tacacho en Iquitos, moldeando quesos en Piura y, la mayor parte del tiempo, gimoteando y quejándose de sus “enemigos políticos” por haberla mandado a prisión. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, el pódcast de marras pasa casi inadvertido —en sus cuatro meses de existencia, no ha logrado más allá de los cinco mil seguidores— y solo pone en evidencia que la heredera del clan Fujimori carece de carisma y espontaneidad, dos atributos imprescindibles en un político exitoso.

Pero no todo es su culpa. Es más, podríamos decir que la mayor parte de la culpa es de sus asesores que, hasta hoy, no han logrado diseñarle una estrategia creíble ni hacerle un media training que funcione. Se nota a la legua que sí se invierte (viajes, cámaras, realizadores profesionales), pero desde un criterio puramente marketero, fallando clamorosamente en lo principal: la conexión emocional con la gente.

Cuando un candidato o candidata es fabricado únicamente bajo las reglas del marketing, el gran problema es que nunca se verá auténtico ni coherente, pues siempre dirá o hará lo que sus asesores le dicen que funciona en el target que desea conquistar. ¿Y cuál es ese target en esta campaña? Todos, incluyendo a la ultraderecha limeña que votó por ella en bloque en 2021, pero en la que ahora tiene harta competencia.

El otro gran problema de la lideresa de Fuerza Popular es que, a estas alturas, ha ensayado ya todas las fórmulas y tiene poca novedad que ofrecer al electorado. Es decir, no es un producto que sorprenda. Ya fue la Keiko de Harvard en 2016, cuando compitió con Verónika Mendoza por quién era la más progre. También la vimos enarbolar las banderas más conservas para ganar el voto evangélico. Ha sido de centro, de derecha, de arriba y de abajo, pero nunca ha logrado romper su techo que, elección tras elección, ha ido decreciendo.

Además, campaña tras campaña, sus propuestas políticas han cambiado tanto en el ámbito social y económico que todo su “programa” se reduce a unas cuantas ideas fuerza que, por repetitivas, han perdido todo atractivo: mano dura, terruqueo, pena de muerte, salida de la CIDH y todo el resto de la monserga que, por si fuera poco, es la misma que repiten todos sus competidores de la DBA.

A eso hay que sumarle el pasivo de haber sostenido a Dina Boluarte en el poder contra viento y marea, algo que no se diluirá con unos cuantos meses de publicidad positiva ni con un par de declaraciones en sus medios dóciles. En el imaginario popular, la verdadera gobernante de este país es ella, y Boluarte es solo el sumiso títere que ejecuta sus órdenes sin dudas ni murmuraciones. ¿Las pruebas? La ausencia total de oposición de su parte y, sobre todo, las votaciones de su bancada, la mayor parte de veces sin disidencia alguna, algo de lo que hasta el acuñismo se ha cuidado.

Lo peor es que todo indica que su campaña esta vez será la misma de siempre. Hace meses, cuando decía que candidatear no estaba entre sus planes, señaló: “No voy a ser un factor más o una excusa de los rojos para que me sigan echando la culpa”. Es decir, autocrítica cero. Ella nunca aceptará que la eterna crisis que vivimos comenzó con su negativa a reconocer la derrota en 2016 (con PPK), con el terrible papel de su bancada mayoritaria en el Congreso y, finalmente, con el fraudismo de 2021 que polarizó al país tras el triunfo de Pedro Castillo.

Aceptar esos errores y pedir las disculpas correspondientes sería un giro de 180 grados que podría sorprender al electorado y hasta ganarle nuevas simpatías, pero todos sabemos que la humildad no es una de sus cualidades. Keiko, lo ha demostrado hasta el hartazgo, es víctima de la típica soberbia de los líderes que jamás hacen autocríticas y que, ante los cuestionamientos, salen con el más manido de los cuentos: la persecución política.

En este cuarto intento, la hija de Alberto Fujimori tiene dos opciones: o repite todos los errores de sus anteriores candidaturas (algo que ha hecho sucesivamente y que ha dado el mismo resultado: la derrota), o parte de cero y nos sorprende con una actitud radicalmente diferente, humanizándose en el camino. No pretendo ser bruja, pero algo me dice que elegirá lo primero. Y tampoco hay que ser brujo para adivinar cuál será el resultado.

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