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Opinión

La ignorancia no tiene género; el ser humano, sí, por René Gastelumendi

Más allá de que hay muchos hombres heterosexuales con rasgos o modos “femeninos” y muchas mujeres con rasgos o modos “masculinos”, lo aparente, tan subjetivo, no define la identidad humana.

René Gastelumendi
René Gastelumendi | Composición La República

Por favor, Susel Paredes no quiere ser hombre. Si, por ignorancia o mala intención le dices que vaya al baño de hombres, la estás agrediendo. La orientación sexual de las mujeres lesbianas es la atracción hacia otras mujeres, es decir, hacia personas de su mismo sexo, por eso son homosexuales. Lo mismo ocurre con los gais, pero, al revés. Los gays no quieren ser mujeres, son hombres que se sienten atraídos sexualmente por otros hombres, por eso, otra vez, son hombres homosexuales, no hombres que quieren ser mujeres. No es que quieran cambiar su género o su sexo. Que algunas lesbianas puedan parecer un poco más masculinas que la mayoría de mujeres o que algunos gais parezcan más femeninos que la mayoría de los hombres, más allá de la inevitable chacota de siempre, no significa que quieran “transicionar”, es decir, modificar su identidad de género y, eventualmente, someterse a una operación y un tratamiento hormonal para lograr armonizar, en su identidad social, cultural, espiritual, sexo con género.

Más allá de que hay muchos hombres heterosexuales con rasgos o modos “femeninos” y muchas mujeres con rasgos o modos “masculinos”, lo aparente, tan subjetivo, no define la identidad humana. Tampoco la feminidad ni la masculinidad. A los conservadores esta reflexión les parece, desde una simple frivolidad hasta una aberración que pone en peligro su inamovible concepto de familia sobre la base de la tradición y algunos preceptos religiosos inamovibles. Acaso por la agresividad de algunos activistas, los sectores conservadores perciben esta separación como un ataque, una invención, una fantasía, un capricho. Abundan los ejemplos, los memes, de personas que supuestamente se auto perciben como árboles, como lámparas, como animales o como cualquier cosa, con el fin de diluir en la burla una característica exclusiva del ser humano: el género y la posibilidad de sufrir una dolorosa incoherencia entre nuestro sexo biológico y nuestra identidad de género. Mujer no es sinónimo de hembra ni hombre es sinónimo de macho, pensemos en ello, pensemos por qué.

La mayoría de los hombres o mujeres tenemos, desde que nacemos, armonizados ambas categorías, el sexo y el género, somos los llamados cisgénero, pero, existe un grupo de personas que no. Existe, aunque muchos no lo quieren o incluso lo aborrezcan, una minoría. Una minoría incluso dentro de la comunidad LGTB, que sigue siendo discriminada. Me refiero a las personas transgénero que subsume a las personas transexuales, que son aquellas que se operan para reasignar el sexo a sus cuerpos. No es un juego, no es una broma, tampoco una aberración digna de castigos divinos. Los transexuales no nos quieren fregar la vida, atentar contra nuestras familias, “homosexualizar” a nuestros niños, renegar de Dios. Forman parte de nosotros y la siguen pasando muy mal por salirse de la norma, y la norma o “normalidad” no es otra cosa que solo lo estadísticamente más frecuente, ni mejor, ni peor.

En tus términos, amigo conservador: son hijos e hijas de Dios, son parte de la creación. Hablamos de una incongruencia, la hoy llamada incongruencia de género, que, mientras no es resuelta, genera mucha angustia, ansiedad, depresión, tristeza, confusión, malestar, incomodidad y rechazo hacia el cuerpo que hasta el año 2018, su condición de trastorno o patología era debatida por las corrientes psiquiátricas. Hace ya casi siete años llegó el consenso científico que la desclasificó como una enfermedad que antes era llamada “disforia de género”, lo cual fue recogido por la OMS.  No se trata de una agenda siniestra, “caviar”, progresista, que quiere deshumanizarnos, convertirnos en Sodoma y Gomorra. La incongruencia de género existe, vive entre nosotros, es parte de nosotros. Las personas que la padecen no suelen necesitar apoyo psiquiátrico o psicológico por la incongruencia de género, lo necesitan porque les queda todo cuesta arriba, todo les será muchísimo más difícil, en la familia, en el colegio, en la universidad, en el trabajo, en el amor, ¡en los baños!  aún en nuestros días. el progresismo bien entendido quiere que las minorías como esta dejen de sufrir por el solo hecho de ser minorías, que nos entendamos, que nos conozcamos, que nos informemos. Empatiza, ponte en el lugar de ellas, reflexiona sobre el hecho de que, en algún aspecto de tu vida, tú o los tuyos también puedes ser minoría.

La reciente polémica de los baños en el parlamento, que tuvo a la congresista Susel Parades como víctima de un agravio, ha reavivado los desencuentros sobre este tema crucial, al punto de diseñarse legislaciones discriminadoras en el actual parlamento. Sí, hay otros problemas importantes, pero este también es importante, no son excluyentes. Hablamos de un 9% de la población mundial, en promedio, que se declara abiertamente LGTB según Ipsos. La cifra podría superar el 15% si es que los prejuicios del resto de la sociedad, como el de los baños, no influyeran en sus respuestas.  

Si uno revisa las cifras de ataques sexuales dentro de los baños públicos o baños fuera de las casas en colegios, cines, restaurantes, etc, notará que, en el caso peruano y, en general casi en ningún país, no son ejecutados por mujeres transgénero. Si un depredador sexual quisiera cometer delitos dentro de los baños se puede disfrazar de mujer y hoy por hoy, ingresar a un baño exclusivo de mujeres. Los baños inclusivos no nos exponen. Lo que te molesta no son los baños inclusivos, lo que te molesta, amigo, prójimo conservador, son las personas transgénero, su existencia. Su existencia no es una imposición, lo LGTB no es ninguna imposición, es la libertad de ser uno mismo, plenamente, amigo libertario, tu masculinidad no está en riesgo y, si está en riesgo, es por otros motivos que tendrías que trabajar.

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