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Opinión

El fetichismo de la minifalda, por Jorge Bruce

En lo que se refiere al Congreso, hay una dosis considerable de hipocresía en esta justificación de sus actos de abuso contra las mujeres. 

larepublica.pe
LAUER

Cuando la diseñadora de modas Mary Quant popularizó la prenda bautizada como minifalda, allá por 1964, probablemente nunca imaginó que estaba lanzando al mundo un emblema icónico del machismo. Es decir, un instrumento para culpar y controlar a las mujeres, en particular en países retrógrados y conservadores. Hay peores que el nuestro, pero están en otros continentes. En Latinoamérica, el Perú lucha denodadamente por ocupar el último lugar. O el primero, según por dónde se mire la estadística. El país con más violaciones, por ejemplo. O el que tiene la mayor cantidad de embarazos adolescentes.

El asunto es que la respuesta masculina de los sectores conservadores consiste en responsabilizar a las mujeres de lo que les hacen, no a los perpetradores. En el año 2016, en su programa radial “Diálogos de Fe”, el cardenal Cipriani declaró: "Las estadísticas nos dicen que hay abortos de niñas, pero no es porque hayan abusado de las niñas, sino porque, muchas veces, la mujer se pone, como en un escaparate, provocando", afirmó el arzobispo de Lima. Esto desató una ola de protestas y el prelado se vio forzado a pedir disculpas. Casi una década después, nos topamos con el mismo tipo de discurso. Esta vez se trata de los congresistas vinculados a una acusación de violación, así como de la existencia de un burdel en el seno del palacio legislativo.

La propuesta de prohibir el uso de minifaldas en el Congreso no admite dudas acerca de quiénes son, para estos legisladores, las responsables de las violaciones. Si se visten de manera que no se azuzen las pulsiones de los señores congresistas, el problema está resuelto. Tal como en Afganistán, tela más, tela menos. La idea es la misma: si las mujeres no nos provocan, pueden estar tranquilas. Esto es lo que ha declarado el congresista Martínez, en defensa de su colega Jerí, acusado de violación por la víctima durante una juerga en Canta: “La mujer debió controlarse”. Este traslado de la culpa a la víctima se basa en la siguiente falacia: si ella excita mi deseo de poseerla a la fuerza, entonces yo no soy responsable de lo ocurrido. Es a ella a quien hay que exigirle que no me provoque.

Por idiota que parezca lo anterior, esto es exactamente lo que explica la prohibición de la minifalda en el sacrosanto recinto del Congreso. Esos centímetros de piel a la vista de hombres incapaces de refrenar sus impulsos tanáticos -en el sentido de la violencia del pasaje al acto o la falta de respeto por la ausencia de consentimiento- son los que actúan como un fetiche. Para estos personajes que ven a las mujeres como objetos puestos ahí para satisfacer sus impulsos primarios, la visión de esas piernas funciona como el fetiche: es como si esas mujeres con falda corta estuvieran desnudas, pidiéndoles que las posean.

Técnicamente, el fetichismo es una parafilia que se caracteriza por la atracción hacia partes del cuerpo no genitales. Pueden ser objetos, partes del cuerpo, materiales o prendas de vestir. En psicopatología individual, esto debe ser entendido caso por caso, en función de la historia del paciente. Por eso es importante distinguir el cuadro clínico del comportamiento social. El machismo del cual estamos hablando no tiene la excusa de la parafilia, en donde la persona requiere de su fetiche para poder acceder al goce. En el caso de los congresistas, estoy utilizando el término fetiche en el sentido de que se trata de una justificación de su afán de posesión violenta de las mujeres. Además, mucha gente usa el fetiche como parte de sus juegos sexuales. Esto escapa al ámbito de la patología, pues se trata de actos consentidos.

En lo que se refiere al Congreso, hay una dosis considerable de hipocresía en esta justificación de sus actos de abuso contra las mujeres. Un recinto en el que se había organizado una red de prostitución, a la que algunos llaman “presunta”, tan presunta que ya ha causado el asesinato de Andrea Vidal y el desafortunado taxista que la conducía, pretende solucionar todos estos delitos alargando la falda de las mujeres. Es el mismo argumento al que se recurre en los países islámicos, en donde se exige a las mujeres el uso del velo y atuendos que no dejen al descubierto más que pocos centímetros de piel.

Es hipócrita porque la prohibición no proviene de las mismas visiones ultraconservadoras de personajes como el alcalde de Lima, sino de la intención de tapar su misoginia y sus delitos contra las mujeres. Pero son dos caras de la misma moneda machista. Ya sea que las mujeres son las que incitan a los hombres al pecado o quienes están ahí para ser disfrutadas por quienes tienen el poder.

Ya sea en el seno de la familia o en las más altas instancias políticas, el abuso sexual es un flagelo que se extiende por la impunidad reinante. Mientras se toman medidas tan absurdas como medir el largo de la falda, las niñas peruanas son violadas y embarazadas en su hogar o en los burdeles de la minería ilegal. No estamos perdiendo tan solo la democracia y las instituciones. Si permitimos que esta ola de abusos se perpetúe, estamos abandonando a las personas más vulnerables. Pues, ¿quién tiene menos poder que una niña pobre en el Perú?

Detrás del uso de la minifalda como una pantalla para intentar disimular sus abusos machistas, hay millones de niñas peruanas que cada día están más desprotegidas. Cuando, si todo marcha bien, acudamos a las urnas en el 2026, no olvidemos la calaña de estos personajes -incluyendo a las mujeres del Parlamento que avalan esta barbarie- que están regresionando al país a niveles que ya creíamos haber dejado atrás.

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