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Opinión

Yo solito me derribo, por Mirko Lauer

“A Castillo, Torres le viene sirviendo como vocero y pararrayos, y no debería tener mayor motivo para darle forata. En la ineptitud del gabinete el presidente-aprendiz debe estar viendo, quizás hasta complacido, un reflejo de su propia ineptitud”.

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Aníbal Torres ha empezado a jugar con su renuncia, otra vez. La idea es presentarse como un inmolado en la guerrilla de la confianza Ejecutivo-Legislativo, que él mismo intenta poner en marcha. Funciona como un gusano que envuelve un anzuelo que el Congreso es invitado a morder.

¿En qué consistiría este martirologio? En que Torres se va y con eso le abre a Castillo la puerta a nuevos argumentos para la liquidación del Congreso. Un libreto chueco que nadie se llega a explicar del todo. Todo esto, dice, lo viene haciendo por el Perú.

Lo más probable es que no veremos un cierre del Congreso, ni una salida de Torres del gabinete por esos motivos. Pero algo puede estar intuyendo este locuaz abogado sobre una posible inestabilidad en el cargo que lo ronda, y acaso se está adelantando a ese peligro.

Es cierto que Aníbal Torres amerita el despido por el tinterillesco sainete que ha montado a días del arribo de la misión OEA. Pero también lo merece por la manera como se conduce casi todo el Consejo de Ministros que él preside, o también por sus propios dislates ante el micrófono nacional.

Sus rabietas son célebres, y al país le vienen cayendo cada vez más antipáticas. Su maltrato a Sol Carreño lo pinta de cuerpo entero. Más fresca su esquinada declaración sobre niños de Miraflores y de San Isidro (donde vive y donde pronto podría ser declarado persona no grata).

En el estilo personal, Torres se perfila cada vez más como una versión incipiente de Isaac Humala. Aunque Torres sin más ideología que la viveza silvestre, aunque no mucha. Ambos creen que la avanzada edad es una patente de corso para la malacrianza.

A Castillo, Torres le viene sirviendo como vocero y pararrayos, y no debería tener mayor motivo para darle forata. En la ineptitud del gabinete el presidente-aprendiz debe estar viendo, quizás hasta complacido, un reflejo de su propia ineptitud.

Resumiendo, una salida de Torres no le sirve a Pedro Castillo. Si Castillo cierra el Congreso, en unos cuatro meses verá su propia desaprobación convertida en votos. Más fuerza tiene Castillo en este gabinete que la que tendría en uno próximo. Mejor dejar a su ministro tranquilo.

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