
Los personajes de Selenco Vega en su último libro, el cuentario Siete carriles (Random House), están signados por el espíritu de lucha. Esa actitud de no dejarse llevar por las circunstancias, en medio de contextos desalentadores, es la luz que recorre cada página de la publicación. Además, nuestro autor, una vez más, le saca lustre a esa cualidad sencilla y no muy frecuentada últimamente, que no es otra que la de contar historias. Hasta el momento, Siete carriles es el cuentario peruano más sólido del 2026. La República conversó con Selenco Vega.
—Siete carriles es un cuentario muy sólido. Pero antes de entrar al mismo, saludo tu coherencia en tema y en escritura, la cual percibo desde tu primer libro de narrativa, Parejas en el parque de 1998; incluso desde tu primer poemario Casa de familia de 1993.
—Yo soy de los escritores que están convencidos de que son los temas los que eligen al escritor. Es una frase cliché, ¿verdad? Pero me parece que es muy precisa. Yo creo que son los temas los que persiguen, los que eligen al escritor y no al revés. Y en mi caso, yo siempre he procurado hacer caso precisamente a esas llamadas, a esos temas obsesivos, recurrentes, que, como tú dices, se ven reflejados desde el primer libro que yo publiqué. Esos temas, yo podría decirte que son la familia, en primer lugar, que para mí es algo fundamental siempre, en cualquier cosa que escribo. Está también el tema de la culpa, el tema de la pérdida, de la redención, que uno lo puede encontrar también en Siete carriles.
—Nunca te he visto tanteando temas de acuerdo a lo que pide la temporada editorial.
—Nunca he creído en las modas literarias. En realidad, cuando escribo, me fijo muy poco en lo que se está haciendo en otras partes, en otros lados, o de repente mis propios colegas escritores. No me fijo tanto en eso. Alguna vez, te soy sincero, he intentado escribir cosas de repente movido por el interés de la cotidianidad, de la actualidad. Pero ahí siempre he fracasado porque los relatos me salían espantosamente artificiales. Después, como lector, lo sentía; sentía esa artificialidad que me dejaba profundamente insatisfecho. Algo que no ocurre con los textos en los que yo siento que los temas recurrentes, las obsesiones, sí van saliendo.
"Siete carriles". Imagen: Difusión.
—Los personajes de Siete carriles son buenos; quizá es por eso que sienten tanta culpa, como en “Cerillas”. Siempre he pensado que configurar personajes buenos es más difícil. Total, malos hay en todos lados. Ojo, con esto no digo que tus personajes sean pancitos dulces o santos.
—Tal vez sea este tipo de personajes con los que me siento más cómodo. No puedo evitar querer a los personajes que yo creo. Termino queriéndolos mucho, casi como si fueran amigos. Y muchas veces me da pena la situación en la que ellos están metidos; son personajes a los que curiosamente les ocurren cosas que buenas no son. Ellos, obviamente, tienen que seguir su propio camino, tienen que terminar decidiendo; lo que sí procuro es nunca liquidarlos, nunca matarlos, nunca darles un destino trágico, sino que siempre les abro por ahí una puertecita.
—Dentro de la tragedia de “Sicarios”, por ejemplo, el protagonista tiene una salida. En el relato homónimo del libro, “Payasos” y “Mención honrosa” también. Los textos son verosímiles, aterrizados. Son personajes buenos con mucha calle. No se rinden ante la adversidad. Este es el libro de un escritor serio.
—Las historias, yo siento que se arman en mi cabeza en las noches cuando yo camino. Yo puedo caminar generalmente entre una hora y dos horas al día. Me encanta hacerlo, porque es el momento en el que yo puedo terminar de afinar historias, por ejemplo, en mi cabeza, que después van a convertirse en relatos, en novelas. Me encanta caminar y ser un NN en la calle. Me encanta caminar y saber que nadie me va a reconocer. Si yo fuese un personaje mediático, si fuera un personaje conocido, seguramente tendría muchos episodios en los que alguna persona me detendría, me daría la mano y querría conversar. Y de repente yo me sentiría mal porque solo le daría la mano y seguiría de largo. Y me ganaría de repente una fama de creído.
Julio Ramón Ribeyro. Foto: Difusión.
—Tienes muchos reconocimientos. No te has mareado con los mismos. ¿El perfil bajo es una opción o es un destino? Tú eres Premio Nacional de Literatura y, entre otros reconocimientos, tienes el Premio de la Asociación Peruana Japonesa.
—El hecho de permanecer un poquito en la sombra, no salir mucho en medios, me permite sí desarrollar como persona y como escritor una labor de la manera más cómoda para mí. No quiero descuidar mi escritura por querer aparecer en todos los sitios. Siete carriles es el primer libro que publico con una editorial de la magnitud de Random. Pero es el primero; yo tengo varios escritos antes. Seamos sinceros, en un medio como este, con alguien que ha ganado, como tú lo dices, algunos premios, cuesta bastante publicar. En este contexto, para mí, los premios han sido fundamentales y yo por eso les tengo un enorme agradecimiento. Hay otras personas que pueden tener de repente una obra, pero que no han tenido la fortuna de recibir un premio y que a lo mejor tienen todavía hasta el momento sus textos en las gavetas de sus escritorios. No me canso de decirlo; a veces creo tener más suerte que talento. En mi circunstancia concreta, he atravesado paso por paso lo que significa ser un escritor que anhela publicar en este país. O sea, he comenzado desde abajo publicando. He publicado libros por mi cuenta, con tirajes mínimos.
—Ribeyro influye en toda tu obra narrativa. Al menos, para mí, es claro; pero tus personajes no se dejan llevar por el fracaso. Eso hace que tu poética sea auténtica.
—En mi casa, desde que era chiquito, se leía, se respiraba Ribeyro. A pesar de ser un hogar donde la familia se dedicaba, sobre todo, a los negocios, había una biblioteca. Se rompía el cliché de que una persona que se dedica a lo práctico no es de leer. En la biblioteca, uno de los libros a los que siempre volvíamos mis hermanos y yo era La palabra del mudo, en esa edición que sacó Panamericana Televisión.
—La de la tapa naranja.
—Exacto. Esa fue una de las Biblias literarias en mi casa. Si mal no recuerdo, alguna vez leí un artículo de Rodolfo Hinostroza, en el que decía que uno, al final de cuentas, termina rindiéndole una suerte de culto al dios de su adolescencia, al dios de su infancia. En el caso estrictamente literario, uno de los dioses de mi adolescencia ha sido Ribeyro. No lo digo, por supuesto, colocándolo en un pedestal. El flaco Ribeyro es una persona a la que uno siempre puede volver, como se regresa a un amigo. En ese sentido, él siempre ha sido alguien que nunca me ha fallado. Desde que yo era niño, en la adolescencia, sus libros, de una manera más consciente o más inconsciente, me han marcado. Entonces, yo creo que es inevitable, pues que en las cosas que yo escriba, alguien que ha sido tan importante en mi vida aparezca de una u otra forma. Tampoco es que quiera imitarlo. Pero no puedo evitarlo; antes que autor he sido lector.
Luis Loayza. Foto: Archivo LR.
—En el relato “Siete carriles” detecto otra influencia. Pienso en el cuento “Otras tardes” de Luis Loayza.
—No me extrañaría que este relato mío converse de alguna manera con ese relato de Luis Loayza. Me parece que hay algunos puntos en común por ahí, en los que recién ahora, a través de la conversación contigo, me pongo a pensar que de repente hay algunos vasos comunicantes. Estoy seguro de que, si releo ese libro de Luz Loayza, voy a encontrar por ahí algunos puntos de coincidencia no buscados conscientemente. Loayza es un autor fundamental para mí como escritor.
—Siete carriles revela que eres ducho en la construcción de atmósferas. Tus personajes son verosímiles. Pero Siete carriles es, sobre todo, el triunfo de la historia, del argumento, del asunto sobre la tendencia de narrar, pero sin contar historias. No te pierdes en la forma, en acrobacias verbales.
—No estoy muy atento a lo nuevo. Es una moda, ¿no?
—Es una moda que ya lleva más de 20 años. ¿De dónde viene tu apego por la historia?
—Como escritor me fascina contar historias. Así como en mi faceta como lector, me encanta leer una buena historia. Si no hay una buena historia que me atrape desde el comienzo, te juro que el libro se me termina cayendo de las manos. Me cuesta mucho leer novelas o cuentos que resulten básicamente piruetas de estilo, de forma, relatos que no cuenten algo, que no cuenten una historia. Yo creo que esta suerte de apego a la historia, en el caso de los cuentos, de las novelas, tiene que ver también con mi infancia. Puede parecer también un contrasentido, pero mi descubrimiento de la literatura no fue un descubrimiento escrito. En verdad, fue un descubrimiento oral. Yo soy hijo de gente nacida en Áncash que vinieron a Lima con todas sus historias, como la del pishtaco, la de la bruja andina, la del monje sin cabeza. Yo me acuerdo que en las noches de los años ochenta, cuando éramos todavía niños, cuando Sendero Luminoso bombardeaba las torres y había apagones, todos nosotros, menores y mayores, nos reuníamos a la mesa familiar a la luz de una vela. Los mayores se ponían a contarnos historias, esperando a que llegara la luz. Entonces, ese es probablemente el recuerdo más cálido que yo conservo de mi familia, de mi infancia. Todos ahí protegidos de Sendero, de los apagones, del terror, en la casa. Pero haciendo qué, escuchando historias, las historias de ese pueblo que también era mío. Porque yo he nacido en Lima, pero me siento muy ancashino también. Y eso tiene que ver con esas historias, con esos mitos orales que a mí me contaron. Yo creo que en las cosas que escribo ahora, en cierto modo, está ese deseo de recuperar esos momentos de la infancia en los que yo fui feliz escuchando historias de boca de nuestros mayores. Yo creo que por ahí viene mi apego, mi gusto o mi regusto, si tú quieres, por las historias. Para mí, si no hay historia, no hay literatura.





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