
Escribe: Eduardo González Viaña
“Pinto porque los espíritus susurran locamente dentro de mi cabeza”, dijo una vez el Greco.
En el caso de Gerardo Chávez (1937-2025), fueron más bien los relinchos de los caballos y su orgulloso trote los que las más de las veces lo empujaron a crear y a vivir.
Uno de los más importantes de nuestros pintores contemporáneos, nació en Trujillo y fue rápido en hallar brillo y fama en Europa, al punto de que su autorretrato forma parte de la colección de artistas del siglo XX en la muestra permanente de Uffizi, Florencia - Italia.
Sus obras se encuentran en las más importantes galerías del mundo, mientras que el Museo del Juguete y el Museo de Arte Moderno fueron creados por él en su propio lugar de nacimiento, Trujillo.
Escribo sobre él porque lo primero que se me ocurre hoy es repetir la pregunta que siempre le hice desde que nos conocimos y fundamos el grupo Trilce allá en el norte: ¿por qué los caballos, Gerardo?
Hay caballos en toda su obra, desde aquellos que nos asombran a la entrada de su casa hasta los que se mueven en un carrusel del Museo del Juguete. Pareciera que se hubiera inspirado en los corceles de todo el mundo para reproducirlos. Se me ocurre, incluso, que no fue el padre Noé quien los amparó en su arca, sino que más bien los corceles resultaron de un dibujo de mi amigo, quien los pintó en el universo.
Todas las veces que conversamos, el tempranamente famoso pintor tuvo la modestia de narrarme sus orígenes difíciles.
Así supe que, al llegar a Lima, consiguió como vivienda un cuarto en una iglesia de La Victoria que pagaba al párroco con su obligación de hacer trabajos de brocha gorda en el edificio religioso.
Desde allí, hasta la Escuela Nacional de Bellas Artes, hay una distancia considerable que recorría a pie cada día porque no tenía dinero para pagar el pasaje y ello originó una caminata interminable por la av. Manco Cápac, pasando por el parque Universitario, continuando por la av. Abancay, e internándose en Barrios Altos donde queda la Escuela de Bellas Artes.
Esto originó también que desapareciera media suela de sus zapatos y que trabajara más duramente en los oficios de pintado de casas, que había conocido desde que llegara a Lima.
Creo que, en ese largo camino, Gerardo se imaginó los caballos. Tal vez lo ayudaron a olvidar las penurias económicas.
Quizás le ocurrió lo mismo en Italia, donde trabajó como extra en películas de vaqueros, los spaghetti westerns. Había ido a almorzar en un restaurante llamado Don Vito y, como lo contaba él:
Pasaron por ahí unos señores buscando tipos raros para una película que se llamaba América de noche. Todavía me acuerdo. Entonces comenzaron: “A ver, qué les parece, son cinco mil liras por día y comida. Pero hay que partir temprano, y ya nosotros les diremos hasta qué hora”. Había que ir a un lugar que se llamaba Cinecittà, donde hacían las películas. Y, bueno, cayó muy bien. Se hizo una faena linda, porque hacía tiempo que no teníamos un billete de diez dólares. Estuve en dos películas. En la segunda me mataron a los pocos segundos. Yo feliz, porque pude descansar más.
Supongo que, en esos momentos, se le aparecieron los caballos que luego se reproducirían en la mayoría de sus cuadros y, a veces, tan solo como ojos y relinchos.
Goethe decía: “Si yo pinto a un perro exactamente como es, naturalmente tendré dos perros, pero no una obra de arte”. Gerardo no dibujó dos caballos. Sencillamente, expresó a aquel que venía con él trotando y piafando desde el centro de la historia del mundo.
Gracias a las vitales historias que se desprenden de sus cuadros y a su personal estilo surrealista, Gerardo fue apodado “el Bosco contemporáneo”. Acaso también en sus colores predominan los escondidos fulgores de nuestra tierra prehispánica.
Cuando supe que murió, cerré los ojos y recordé el Museo del Juguete en el que todo el tiempo está circulando un carrusel. Como él lo quería, allí veo a Gerardo escapándose en un caballo blanco y trotando trotando trotando hasta llegar a la Luna.

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