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Cultural

El César Vallejo de Cronwell Jara

Ficciones. El poeta y escritor ha publicado Film Vallejo. Me moriré en París con aguacero, una biografía novelada sobre el autor de Los heraldos negros.

El autor de los Montacerdos vuelve al escenario literario con un libro dedicado a César Vallejo. Foto: composición La República
El autor de los Montacerdos vuelve al escenario literario con un libro dedicado a César Vallejo. Foto: composición La República

Por Jorge Flores Chávez

La nueva novela de Cronwell Jara Jiménez, Film Vallejo. Me moriré en París con aguacero (Ed. Montacerdos-oficial), presentada recientemente en el paraninfo de la Universidad Nacional de Trujillo, ha ingresado al mundo con luz propia. Quien se atreva a leerla, podrá sentir, como en la película de Mel Gibson, La pasión de Cristo, los golpes, los insultos, el tijeretazo y las múltiples ofensas que recibía Vallejo. Podrá ver los artilugios cinematográficos usados por el autor para ubicar al lector en un palco preferencial frente al contexto que está viviendo el poeta. El libro, una biografía novelada de Vallejo, abarca los años en Trujillo hasta su partida a París, en 1923.

Cronwell Jara ficciona con mucha verosimilitud. Por ejemplo, en el pasaje de la huida del vate de Santiago para llegar a la casa de su amigo, el crítico literario Antenor Orrego, en Mansiche, Trujillo, se narra sobre un caballo que desapera Julio “Chino” Gálvez, sobrino de Orrego. Gálvez no considera la exhaustiva jornada de tres días, con dolores musculares y excesiva temperatura corporal del equino. Francamente, el lector pensará que el caballo va a morir porque si no ocurre, la novela se cae. Y no sucedió. Pero, eso sí, dos páginas posteriores, de forma imprevista, luego de un trote entre Mansiche y Trujillo, el cuadrúpedo cae fulminado por no se sabe qué. Entonces, la novela recobra fuerza y verosimilitud. Al parecer, el suceso es tomado como una señal de mal agüero, pero un lector avisado sabe que muere porque le quitó el apero con el cuerpo caliente y sudoroso y por volverlo a trotar desconociendo que estaba en un proceso de neumonía que recrudece y lo fulmina. Jara así camufla alguna acciones y le da más potencia a su relato.

Esta nueva biografía novelada, cierra, al fin, todos los espacios vacíos que las biografías directas, serias, nunca llenaron. Yo que tan solo he nacido, de Miguel Pachas Almeyda jugó su rol con mucha sobriedad y datos rigurosamente validados. Pero para quienes hemos convertido a César Vallejo en nuestro héroe literario, faltaban espacios que cubrir como, por ejemplo, qué sucedió entre Vallejo y sus enamoradas o las tertulias infinitas del Grupo Norte o con Clemente Palma por la afrenta hecha en Variedades o con José María Eguren, Valdelomar, González Prada o los sucesos de Santiago de Chuco, etc. Vacíos ficcionalmente complementados por Jara. También se debe agregar, y es la fresa de este pastel espiritual, la intensa misiva y el encuentro de una dama enamorada con nuestro vate, narrada con la destreza y el calor de la pluma del autor: “¡Oh sí, amor altísimo! ¡Poeta mío! He decidido entregarme a sus íntimos deseos y ser suya, hasta dolerme, y llenarme de usted, debido a que siento su reclamo de amor sangrante como si fuese mío”.

Vivir junto a Vallejo todas estas vicisitudes propuestas en la novela y algunas más cuya existencia desconocíamos, logran hacernos reconocer que no solo en la poesía se logra insuflar de sentimiento a las palabras, sino, con un ritmo interno, Jara logra también que la narrativa alcance intensidad y altura. Cómo no estremecerse con los diálogos entre Eguren y Vallejo:

“–Oh –José María, encantado, feliz– ¡Cómo recuerda mis poemas! los sabe de memoria…! Que ni yo.

Y en su ruta va cogiendo // Las dormidas umbelas// Y los papiros muertos…

José María, en éxtasis, condujo al cómodo diván al poeta de Trujillo y le ofreció un aromoso tabaco inglés. Fumaron a placer hasta convertirse en un espiral de humo del genio de la lámpara.

–Yo y usted, tenemos que luchar mucho – don José María”.

O esta magnífica tertulia literaria con Manuel González Prada, en donde, después de unas recomendaciones estéticas, resume:

" (…) ¡Es usted el dueño de su genio y locura poética! Suéltelos, haga rodar su tragedia de osario y su mugre diaria vivida entre los harapos de sus versos hilachosos…

- ¡Y luzca la filosofía sus alas negras!”.

En fin, aquí no se trata de quemarles “la película”, mejor leer el libro. Es una novela histórica, ligera, que con suma facilidad puede filmarse para beneplácito de la platea.

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