
Cuando tengan estas líneas en sus manos, la obra de teatro en la cual se inspira habrá concluido su temporada en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú. La verdad, no necesitaba más publicidad. El jueves que pude acudir a verla, la sala estaba repleta de público. No era para menos. Para quienes no tuvieron la suerte de poder verla, se trata de un unipersonal admirablemente protagonizado por Ricardo Bromley. La dramaturgia es de Sebastián Rubio y la dirección la comparte con Yanira Dávila.
Los lectores habrán deducido que el título de la pieza alude a Ayacucho, nombre que en efecto significa “rincón de los muertos”. Se trata de la conjunción de dos vocablos quechuas: Aya (muerto, cadáver) y Cuchu (rincón, esquina o apartado). Para los peruanos de hoy, esto lleva el sello trágico del conflicto armado interno. Pero el origen se remonta por lo menos a la cultura Wari, o acaso a las luchas entre Huáscar y Atahualpa por el incanato, poco antes de la llegada de los españoles.
El relato en primera persona de Ricardo Bromley es fascinante. Te atrapa durante los ochenta minutos sin interrupción que dura la obra. Ricardo es un joven ayacuchano, danzante de tijeras y exalumno del centro de artes escénicas de la PUCP. Esa rica combinación cultural le da un valor agregado tremendo a su extraordinaria performance en escena. Le permite enhebrar un relato trágico con un encanto y ligereza que lo hacen no solo llevadero: es a la vez sobrecogedor y fascinante. En parte se debe también a la manera tan inteligente en que han entretejido la historia personal del narrador con la Historia reciente del Perú.
Se reconoce en esto la impronta de Yuyachkani. Porque Sebastián Rubio es lo que en francés se denomina un enfant de la balle. Esta expresión coloquial alude a alguien que ha crecido en un medio —musical, deportivo, teatral, etcétera— que lo ha nutrido desde la lactancia. Sus padres son Teresa Ralli y Miguel Rubio, los fundadores del grupo que sigue en plena vigencia, felizmente. Sin embargo, Sebastián y Ricardo le aportan un toque de juventud y frescura: las escenas en que Bromley se luce haciendo el moonwalk de Michael Jackson o imitando a Charlie Chaplin son inenarrables. Pero nada supera a la emoción de verlo desplegar el ritual de ponerse el atavío de los danzantes de tijeras y luego dar una breve muestra de su arte. Esta sorprendente yuxtaposición cultural le da un sello original a la vez que fiel a la tradición de los Yuyas.
Pero volviendo a la tragedia antes evocada, el relato, decíamos, enhebra la vida del joven Bromley con la presencia ominosa de Sendero Luminoso. Para ello se valen de un uso creativo y con la dosis exacta de tecnología audiovisual. Resulta que un tío querido de Ricardo había sido un senderista conocido como el Chacal. Un asesino despiadado que terminó en la cárcel. La obra es implacable con ese grupo que, con el pretexto de refundar la democracia, no dudó en masacrar principalmente a aquellos a quienes decía representar y defender. Tal como lo hemos visto en la China de Mao o en la Camboya de Pol Pot. Esas utopías mesiánicas que terminan, en nombre de un líder iluminado como Abimael Guzmán —quien fue profesor de la Universidad de Huamanga—, dando rienda suelta a sus pulsiones tanáticas, en particular contra campesinos pobres e indefensos.
El asunto no queda ahí. En estos tiempos de negacionismo e intentos de borrar la memoria de los peruanos, se narran las matanzas en el cuartel Los Cabitos y su horno crematorio (que pude ver en persona), para eliminar los restos de los aya (muertos) en esos tiempos de abuso indiscriminado. No solo eso. En una asombrosa condensación de tiempos y narraciones, aparecen las matanzas del Gobierno de Dina Boluarte (medio centenar de peruanos asesinados, la mayoría con armas de guerra). Ricardo Bromley nos cuenta su desolación de ver estos sucesos siniestros en su celular, desde Lima, donde la vida continuaba a su alrededor como si nada. Tal como ocurrió durante el conflicto armado interno.
Me saco el sombrero ante la valentía de presentar estos acontecimientos sombríos de nuestra Historia, en una época en la que se pretende instalar una versión adulterada de los hechos. Como si los únicos culpables fueran los senderistas. Esa versión maniquea de héroes y villanos queda totalmente desvirtuada apenas se visita el Museo de la Memoria 'Para que no se repita' de Huamanga (estuve ahí, como conversé con las madres de Anfasep, quienes siguen esperando los cuerpos de sus desaparecidos). Pero no solo es útil: es urgente recordarlo una y otra vez, en especial ahora que se intenta lavar el cerebro de las nuevas generaciones.
El hecho de que sean personas jóvenes las que han creado y representado esta creación, que tiene de relato personal, memoria documental y espectáculo de calidad, es esperanzador. El arte tiene esa capacidad única de llegar al corazón y a la mente, incluso para recordarnos los sucesos más dolorosos y, por ende, difíciles de soportar. Esa es una de las grandes lecciones de la tragedia griega clásica que, no en balde, se sigue leyendo y escenificando 2500 años después. El premio Nobel de Literatura otorgado a Anne Carson lo recuerda y ratifica. Ella exige que sus libros —la mayoría de poesía— solo indiquen: 'Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo'.
Lo que 'El rincón de los muertos' nos enseña es imposible de sintetizar en el espacio de esta columna. Solo me queda felicitar y agradecer a sus creadores por este acto de coraje en tiempos oscurantistas.

"Esas utopías mesiánicas que terminan, en nombre de Abimael Guzmán. dando rienda suelta a sus pulsiones tanáticas, en particular contra campesinos pobres e indefensos"

"Cuesta más trabajo extenderles esa coartada a integrantes de élites educadas, quienes también se dejan seducir por esos cantos de sirena"

". Si gana su apuesta con trampa, como parece probable, veremos si esta vez podrá sostener su tinglado de mentiras descaradas y estafas al erario público (es decir, el de todos)"

Si alguien ve un paralelismo entre estas tragedias contra las niñas de Condorcanqui y lo que ha sucedido recientemente en el bus que transportaba a los estudiantes del Liceo Naval en San Borja, está en lo cierto.

"Como no todos somos artistas, pues será el desafío de quien pueda hacerlo encontrar su propia manera de resistir, preservando de esta manera su capacidad de pensar, simbolizar, reconocer al otro"