
No uno sino dos ministros afirmaron, entre el 2024 y el 2026, que la violación de niñas awajún y wampis en Amazonas era un hecho cultural. El primero era ministro de Educación y el segundo del Interior. Ambos tenían razón, pero no por los motivos que los llevaron a esas afirmaciones. Ambos pretendían relativizar las violaciones de niñas y adolescentes, aduciendo que era una costumbre de la región. El quid de la cuestión es lo que entendemos por cultural.
Que los profesores de una determinada agrupación awajún violen a sus alumnas es cultura (en la mayoría de esas comunidades no se cometen esos actos, como lo ha recordado el noticiero La Encerrona que dirige Marco Sifuentes), ciertamente, pues no hay nada natural en ese acto destructivo y abusivo, que utiliza a las menores a su cargo como objetos. Esa cultura es la primacía de las pulsiones de muerte y dominio, el machismo, el patriarcado, la deshumanización.
Si alguien ve un paralelismo entre estas tragedias contra las niñas de Condorcanqui y lo que ha sucedido recientemente en el bus que transportaba a los estudiantes del Liceo Naval en San Borja, está en lo cierto. Es la misma cultura de violencia, machismo e impunidad la que rige esos actos destructivos y deshumanizantes. Asimismo, es esa misma cultura la que preside las lamentables declaraciones de los ministros citados, quienes pretenden minimizar el daño atroz causado por esos crímenes de violación de niñas y adolescentes.
En todos estos casos, además, existe el agravante de que los delitos se cometen en el ámbito escolar. Esto sucede desde mucho tiempo atrás, puesto que la masculinidad tóxica está alojada en el seno de nuestros intercambios sociales. El asunto es que los frenos para esos abusos nunca han tenido la potencia necesaria. Las penosas declaraciones de los ministros —es alucinante que Álvarez repita, dos años después, lo que dijo Quero— revelan que las autoridades de nuestra sociedad, lejos de atacar el problema, son parte del mismo. Los profesores de Condorcanqui, como los alumnos del Liceo Naval, actuaron convencidos de que los amparaba el manto de la impunidad y la invisibilidad.
La prueba de esto es que la violación en banda de los alumnos del liceo ocurrió en presencia de dos adultos, quienes en apariencia no hicieron nada para impedir esa barbarie grupal contra un chico indefenso, ¡en el espacio reducido de un bus! Los perpetradores no actuaron escondidos en el baño del colegio o en algún lugar en donde no pudieran ser vistos. Los padres de la víctima han denunciado, además, un acto racista. Esto, como diría Umberto Eco, hace sistema. Al dar rienda suelta a sus impulsos tanáticos, al humillar con esa violencia letal a un compañero racializado, por ende considerado de menor jerarquía —recuerden que se trata de un colegio que estaba bajo la tutela de la Marina de Guerra del Perú—, esos chicos lo hicieron convencidos de que serían protegidos por esas instancias que los empoderaban para lo peor.
Por eso las declaraciones del candidato a regidor (alcalde) de Lima, miembro del Opus Dei, cuando amenaza al funcionario del JNE con sodomizarlo con un morrocoy, no deben ser tomadas a la broma. Con esas amenazas de violación, por figuradas que estas sean, por supuestamente humorísticas que se pretendan, echan gasolina al fuego del abuso sexual, a la violencia machista, a la peor versión de la masculinidad: esa que se basa en la primacía de los fuertes sobre los débiles, de los hombres sobre las mujeres y los niños, de los blancos sobre los cholos, etcétera.
Es en este ambiente contaminado por estas pulsiones descontroladas que un pensamiento retrógrado elimina la educación sexual integral en los colegios. El mismo pensamiento que pretende eliminar el Lugar de la Memoria, para que se consideren crímenes solo los cometidos por los subversivos. La lógica es la misma. Si el abuso, las violaciones —que las FFAA cometieron durante el conflicto armado interno— son borrados de nuestra memoria porque fueron actos de uniformados contra campesinas o senderistas, entonces con esa misma lógica se puede abusar de cualquier ser humano considerado inferior. Por ejemplo, un chico racializado en un colegio limeño o una alumna de un colegio en Condorcanqui.
No es suficiente señalar a los culpables y declararlos enfermos sexuales, depositarios de lo peor de la sociedad peruana. Esta última la hemos construido entre todos. Y todos somos capaces de cometer los crímenes más horrendos, como lo demuestra la obra de los grandes literatos. 'Crimen y Castigo' de Dostoievski ilustra magistralmente el potencial destructivo de cualquier persona, si es que las circunstancias lo permiten. Por eso la cuestión de las responsabilidades no se agota con las penas indispensables para los culpables de los actos violentos.
Hay dos tareas indisociables si pretendemos cambiar esta lógica perversa que hoy predomina, angustiosamente, en el Perú. Para salir de la deshumanización que permite y fomenta la irrupción de estas pulsiones violentas que arruinan vidas, es preciso en primer lugar cuestionarnos en nuestro fuero interno. Todos somos capaces de destruir vidas, con actos o palabras. La tarea de encausar esas pulsiones tanáticas, las de muerte —que son las que nos desvinculan de los demás, mientras que las eróticas, en el sentido freudiano, nos vinculan con los otros— dura toda la vida. La otra tarea consiste en fomentar una cultura de humanización y paz, que contenga y transforme esas pulsiones destructivas que desembocan en violaciones como las de Condorcanqui o San Borja.

Si alguien ve un paralelismo entre estas tragedias contra las niñas de Condorcanqui y lo que ha sucedido recientemente en el bus que transportaba a los estudiantes del Liceo Naval en San Borja, está en lo cierto.

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