
Si nos preguntamos por los retos de la infraestructura educativa en el Perú, seguramente pensamos en la falta de colegios (déficit estimado en más de S/160 mil millones¹) y en el mal estado de muchos de ellos (casi 70% carece de servicios básicos y el 16 % se encuentra en riesgo de colapso²). Sin embargo, al hablar de arquitectura para el aprendizaje, el cuestionamiento supera lo cuantitativo.
Según L. Malaguzzi, el ambiente es el tercer maestro. Los espacios de la escuela, donde la infancia transcurre colectivamente, no son meros contenedores, escenarios neutros o telones de fondo del proceso de aprendizaje: son agentes activos capaces de limitar o aportar al resultado.
Y si hablamos de aprendizaje expandido y situado (en cualquier momento de la vida y en diálogo con el contexto real específico), los espacios de aprendizaje ya no se limitan al colegio, sino que se extienden a la calle, el barrio, la ciudad… el territorio. El aula de cuatro paredes, con estudiantes sentados en fila frente al profesor y su pizarra, queda obsoleta; el patio-losa de cemento donde jugar fulbito resulta limitante, y el colegio cerrado por muros perimétricos que lo aíslan del entorno suena contradictorio.
En muchas escuelas del mundo, aulas y muros han empezado a disolverse, y el aprendizaje se va haciendo lugar en pasillos, gradas, patios y también en ingresos, aceras, parques y plazas diseñados como aulas abiertas. Al considerar al espacio como tercer maestro, la educación pasa a formar parte de la vida cotidiana de los niños, niñas y adolescentes, de sus familias y comunidades, y deja de ser un paréntesis aislado y desconectado de ella.
Para transformar la educación, la arquitectura y la pedagogía tienen que trabajar juntas. La arquitectura para el aprendizaje puede aportar, además de los ladrillos y metros cuadrados que hacen falta, cualidades espaciales que dignifiquen y potencien esos lugares donde se hace tangible el vínculo entre el niño y la sociedad.
Por: Javier Vera, arquitecto y director de Espacio Residual

Los retos de la infraestructura educativa en el Perú van más allá de la falta de colegios e implican un cuestionamiento profundo sobre los espacios de aprendizaje.

Se propone una Ley de Educación para Personas Jóvenes y Adultas que unifique esfuerzos educativos, que promueva una educación de calidad y pertinente.

Los sistemas educativos enfrentan el reto de adaptarse a las demandas del siglo XXI, pero siguen centrados en el control burocrático en lugar de en la gestión pedagógica.

Más de 26 mil instituciones educativas ofrecen EIB, pero enfrentan serias carencias. La consulta previa sobre la Política Nacional de EIB carece de participación indígena, crucial para fortalecer su identidad cultural.

Es un buen punto de partida. Ahora corresponde preguntarnos cómo convertir esa aspiración en una política de Estado.