Martín de Porres vuela hacia el cielo, por Eduardo González Viaña

San Martín de Porres es una figura que está muy presente en el imaginario nacional. Su vigencia nos ayuda a abordar temas relacionados con el racismo, quizá el mayor lastre de la sociedad peruana.

San Martín de Porres. Imagen: Difusión.
San Martín de Porres. Imagen: Difusión.

¿Cuánto tiempo se toma un alma para llegar hasta el cielo y lograr que se le adjudique la calidad de santa? Esta pregunta tiene para nosotros los peruanos una respuesta inmediata. Depende de la nacionalidad y de la raza. Al mulato Martín de Porres le fueron necesarios 323 años contados desde el momento de su muerte. En cambio, al fundador del Opus Dei, ese trámite le tomó trescientos años menos.

Estamos completamente seguros de que en la Iglesia católica sopla el cambio. Sin embargo, ha habido mucho racismo en el mundo y sus consecuencias han sido devastadoras porque han generado desigualdades, injusticias y sufrimientos para millones de personas.

Leo en estos días San Martín de Porras, de José Antonio del Busto, un libro bien enterado, sapiente y, en todos los sentidos, histórico. Acabo de comentar la excelente narración Negro de Julio Arbizu. Sin embargo, a este artículo periodístico más bien lo acompañan algunas anotaciones que hice hace un tiempo sobre la mitología popular.

Comencemos por la infancia de Martín. A los ocho años de edad, ya sabía muy bien lo que significa ser un hombre color de la chancaca, pero había muchas cosas que todavía no lograba comprender.

A su madre, la pobre Ana, se le caía el alma por la dificultad de explicar a los niños, Martín y Juana, la ausencia del padre y el hecho de que ellos no pudieran ir a estudiar como los otros chicos de su edad.

¿Por qué Dios había hecho a los negros y a los blancos en vidas y funciones tan distintas? Recordemos lo que tal vez fue su primer portento. Ocurrió cuando el niño Martín fue a comprar algunos alimentos por encargo de su madre. La leyenda popular nos cuenta que se detuvo en una esquina de La Merced para escuchar a un fraile estentóreo llamado Bernardo de Portillo.

A este le decían “La trompeta de Dios”. Explicaba temas tan diversos como las diferencias raciales o sus personales dudas sobre la redondez de la Tierra.

San Martín de Porres. Imagen: Difusión.

San Martín de Porres. Imagen: Difusión.

Ese día, el pequeño Martín se olvidó del tiempo escuchándolo porque hablaba de un tema que él no podía llegar a comprender. “¿Y los negros?”, se preguntaba una y otra vez fray Bernardo, mientras se colocaba el dedo índice entre el ceño, gesto que le confería las luces de una sobrenatural inteligencia, y respondía: “¿Los negros?, ¿qué negros? No habrá negros porque, por haber sido bautizados, se despertarán blancos y resplandecientes como hijos de la luz y no de las tinieblas”.

La explicación alegraba a Martín, pero no del todo. Se preguntaba qué iba a pasar con él metido entre tanta gente blanca y resplandeciente. Tal vez no iba a poder reconocer a su madre ni a su hermanita.

Lamentablemente, la erudita charla, a la vez que la distracción y la generosidad habitual en Martín, hicieron que regresara del mercado a casa con la bolsa vacía de provisiones y sin el mango que le había prometido a su hermanita. Todo eso se lo había obsequiado a un indigente cuyos ojos, como todos los ojos de los pobres, le parecían idénticos a los ojos de Dios.

En la puerta de casa, Martín se preguntaba muchas cosas, pero la más importante era lo que diría su madre al verlo llegar con la bolsa vacía, aunque a él no le preocupaba mucho el castigo, sino el llanto de su hermanita y la posible mirada asustada de su madre, o los perdidos ojos de ambas, como seguro son los ojos de la gente más triste de este mundo.

Sin embargo, un milagro ocurrió… y aquí me quedo con el relato popular que escuché:

Martín se dijo que todo es posible cuando cierras los ojos porque hasta Dios entra en ellos sin importarle que seas negro, y sonrió, y por eso, cuando su madre abrió la puerta de casa, a él no le extrañó que le preguntara: “¿cómo has podido comprar tanto con lo que te di?”, y “mira, Juanita, qué hermoso mango te ha traído tu hermano”. Tal vez ese fue su primer milagro. Y cerró los ojos con más fuerza hasta lograr que lo que veía por dentro, o sea el color interior de sus pupilas, fuera rojo y azul y después violeta y por fin dorado.

Ah, me olvidaba… mi segundo nombre es Martín. Me lo puso mi madre en gratitud a que le había nacido, por fin, un hijo varón, aunque con el tiempo le resultara distraído y algo mentiroso o, más bien, cuentista.

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