Entre encuestas y mitines, por Eliana Carlín

El fenómeno del "voto escondido" se intensifica en situaciones polarizadas, mientras que la subrepresentación rural complica aún más los diseños muestrales de las encuestas.

Las encuestas electorales en contextos de alta fragmentación política e informalidad estructural enfrentan un problema: cuando los competidores por acceder a la segunda vuelta registran porcentajes bajos, las diferencias entre ellos tienden a caer dentro del margen de error estadístico. Esto produce dos efectos simultáneos. El primero es editorial: cada medio decide a quién colocar primero frente a un empate técnico, convirtiendo una decisión de diseño gráfico en una declaración política implícita. El segundo es más serio: la ciudadanía pierde confianza en la encuesta como instrumento de proyección, precisamente cuando más la necesitaría.

A estos límites propios de la dispersión del voto se suman otros de naturaleza estructural. El llamado shy voter effect —el voto escondido de electores que no revelan su preferencia real— opera con especial intensidad en escenarios de alta polarización social. A ello se añade la conocida subrepresentación de las zonas rurales en los diseños muestrales. Con todas estas variables en juego, sigue sin estar nada dicho. Probablemente solo nos quede esperar la encuesta que realizará Ipsos el día sábado, cuya difusión dentro del territorio nacional está prohibida.

Lo que sí resulta observable —a diferencia de un diseño muestral que además casi nadie comprende— son las calles. Y Lima ha sido escenario de mitines de cierre que merecen una lectura política cuidadosa. Por un lado, Ricardo Belmont ha protagonizado una movilización que puede interpretarse como una forma de voto de desprecio frente al establishment político contemporáneo: un rechazo difuso a las élites partidarias que han acumulado una notable fatiga ciudadana. La paradoja, claro, es que Belmont es él mismo parte de eso, aunque en su versión vintage —lo que algunos analistas denominarían un populismo de segunda generación que capitaliza la nostalgia como recurso electoral. Por otro lado, Roberto Sánchez ha convocado en la Plaza Dos de Mayo —con una asistencia que sorprendió dada su baja votación en la capital— a un electorado que se articula en torno a la reivindicación del voto castillista: aquel que procesa la experiencia del gobierno de Pedro Castillo como 'gran afrenta' —la anulación de actas, el fraudismo, el asedio parlamentario y mediático— y que busca, desde una propuesta de lo popular, traducir ese agravio en representación.

Quienes resulten ganadores el domingo e ingresen a la segunda vuelta saben que comienza un partido enteramente nuevo, en el que las alianzas políticas y la capacidad de construir coaliciones resultarán determinantes. Pero el mismo domingo será ya un día clave: un anticipo del clima político en que transcurrirá la campaña siguiente. Nos corresponde ir a las urnas con serenidad y esperar los resultados con la misma disposición. Los reclamos prematuros de fraude o las exigencias de recuento antes de que el proceso concluya pueden entorpecer institucionalmente el camino hacia la segunda vuelta. El flash electoral debe leerse con cautela y perspectiva, y será mejor esperar los resultados oficiales si hay confusión.