Vicedecana de Administración de la Universidad del Pacífico e investigadora del CIUP
Cómo salir del estrés por polarización y la fatiga política sin huir de las noticias. En algunas ocasiones, revisar los medios de comunicación para informarme me ha hecho sentir víctima voluntaria de lo que llamo tortura por obligación de estar al día.
En los últimos meses esa sensación se ha agudizado, pues el nivel de violencia al que nos exponemos al revisar titulares y seguir debates en redes sociales resulta abrumador. Y es que nueve de cada 10 peruanos afirman que la crisis política perjudica su vida diaria (Ipsos Perú para IDEA, 2024), y el 39% declara que a veces o a menudo evitan las noticias (Digital News Report, 2025).
Estaríamos entonces frente a dos fenómenos:
1) Estrés por polarización, una tensión psicológica causada por vivir en un entorno de conflicto constante entre bandos opuestos, situación que conduce a una sensación de amenaza continua, ansiedad y hostilidad al sentir que las interacciones sociales son un campo de batalla ideológico.
2) Fatiga política, agotamiento mental, desinterés y hartazgo ante un entorno político percibido como ineficiente, corrupto o excesivamente conflictivo, que desencadena un deseo de aislamiento informativo, desconfianza hacia las instituciones y la sensación de que participar es un esfuerzo inútil.
El problema de estos fenómenos es que, cuando son muchas las personas afectadas, ocurre un negativo efecto dominó: aumenta el retiro cívico (menos interés por informarse o participar), se expande la desconfianza en las instituciones y en los demás, se fragmenta el tejido social (no se abordan temas conflictivos para no afectar relaciones), y la comunicación se vuelve más reactiva y agresiva.
Todo ello reduce la escucha y refuerza la deshumanización del “otro bando”. Con ese clima, baja la capacidad de coordinar acciones colectivas y de sostener acuerdos, se paraliza la resolución de los problemas públicos, y crece la vulnerabilidad frente a la desinformación y a los discursos extremos que prometen soluciones simples. Se instala un círculo vicioso: el conflicto produce cansancio y el cansancio deja el conflicto sin salida.
En el corto plazo dos vías parecen valiosas. La primera es actuar. La sensación de agotamiento y estrés suele crecer cuando pasamos mucho tiempo recibiendo información pasivamente, sin ser capaces de identificar oportunidades para hacer algo. Emprender acciones concretas, realistas, adaptadas a nuestras posibilidades, por ejemplo, involucrarnos en voluntariados, aporta a romper el círculo vicioso y a recuperar la agencia (control), el propósito y la conexión.
La segunda es transitar de comunicarnos con violencia (que no es lo mismo que agresivamente) a hacerlo de forma no violenta. Según el psicólogo Marshall Rosenberg, nos comunicamos con violencia cuando generamos dolor en el otro; lo hacemos sin violencia cuando nuestra comunicación nace de la empatía, la comprensión e incluso la compasión, sin desatender nuestras necesidades. Veamos un ejemplo:
Comunicación violenta: “Siempre haces lo mismo: llegas tarde porque no te importa nada; eres un irresponsable”
Comunicación no violenta: “Hoy llegaste veinte minutos tarde (hecho). Eso me preocupa (emoción) porque necesito respeto por mi tiempo y cumplir con lo planificado (necesidad). ¿Podemos acordar una hora realista y avisar si surge alguna demora? (petición).”
Son dos prácticas sencillas que podemos iniciar para enfocarnos en lo que nos une en lugar de en lo que nos separa. Tan solo al escribir sobre ello he empezado a sentir sus beneficios.

Vicedecana de Administración de la Universidad del Pacífico e investigadora del CIUP