Coordinadora de Proyectos y Políticas Públicas de la Red de Estudios para el Desarrollo (REDES). Docente de la Universidad del Pacífico. Magíster en Economía de la UP con experiencia en el sector público y el desarrollo económico. Se ha desempeñado como presidenta del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana.

¿Cuántos elefantes más?, por Mónica Muñoz-Nájar

La resiliencia del “milagro económico” peruano sorprende a propios y ajenos, y funciona como un bálsamo en una sociedadcada vez más fracturada. Pero también ha tenido un efecto inesperado: el Perú ha resistido tanto que ha empezado a confundir resistencia con fortaleza.

Hay una canción infantil en la que un elefante se balancea sobre la tela de una araña. Como la telaraña resiste, llaman a otro. Y luego a otro.

La economía peruana se ha comportado así durante años: llega una crisis y sigue en pie; se suma otra y vuelve a resistir. Casi parece que una llamara a la siguiente, solo para probar cuánto más puede aguantar.

Hoy no faltan razones para el optimismo económico. Las proyecciones de crecimiento para este año se ubican entre 2,5% y 3,2%, en línea (e incluso por encima) de lo que se espera de varios países de la región. El Banco Central y algunos bancos locales han revisado al alza sus estimaciones, apoyados en la recuperación de la demanda interna y el dinamismo de sectores como la construcción y el comercio.

El año pasado, además, la inversión privada alcanzó niveles récord, impulsada por proyectos mineros, infraestructura y una mayor actividad en servicios. Ese impulso no es menor: la inversión es, al final, la base del crecimiento futuro, el motor que permite crear empleo, aumentar la productividad y sostener ingresos en el tiempo.

El optimismo no se queda en los números macroeconómicos. Los ingresos de los trabajadores crecieron al ritmo más rápido en 16 años, dando más poder de compra a las familias. Y sondeos recientes (como el de Ipsos en febrero) muestran que más de la mitad de peruanos cree que la situación de su familia mejorará este año, rompiendo varios años de predominio del pesimismo.

¿Cuántos elefantes más aguantará la telaraña? Recientemente el país enfrentó en semanas sucesivas un cambio de presidente, emergencia por inundaciones y deslizamientos, una crisis energética y cambio de gabinete; esto en medio de un conflicto mundial que está desestabilizando los mercados globales y el precio del petróleo y sus derivados, como plásticos y fertilizantes. Pese a todo, el Banco Central acaba de revisar al alza su proyección. Ese contraste es precisamente lo que vuelve tan engañosa nuestra situación.

La resiliencia del “milagro económico” peruano sorprende a propios y ajenos, y funciona como un bálsamo en una sociedad cada vez más fracturada. Pero también ha tenido un efecto inesperado: el Perú ha resistido tanto que ha empezado a confundir resistencia con fortaleza.

Porque la economía sigue avanzando, pero lentamente, y con fallas para generar condiciones para que cada vez más peruanos vivan mejor. Peor aún, ese avance débil ha convivido con la proliferación, cada vez más normalizada, de la informalidad e incluso de la ilegalidad.

Los elefantes se acumulan

Esa resiliencia económica podría traducirse en mucho más bienestar si no estuviéramos envueltos en una inestabilidad política sin fin.

Desde 2021, el país ha tenido alrededor de 180 ministros. En sectores clave, la rotación ha sido vertiginosa: 18 ministros del Interior y 10 de Economía. En promedio, una gestión ministerial dura menos de seis meses. En esas condiciones, sostener políticas públicas, ejecutar bien el gasto o impulsar reformas deja de ser difícil: se vuelve inviable.

No se trata de episodios aislados. Es una acumulación. Cambios de gabinete, tensiones entre poderes, decisiones de corto plazo que priorizan la coyuntura sobre la sostenibilidad. Elefante tras elefante.

El deterioro

Esa acumulación tiene efectos económicos. La evidencia es clara: en los últimos años, el crecimiento potencial del Perú se ha reducido casi a la mitad, de niveles cercanos al 6,5% a alrededor de 3%. Es decir, incluso en condiciones favorables, hoy el país puede crecer menos que antes. No porque le falten recursos o talento, sino porque el entorno se ha vuelto más incierto.

Cuando las reglas cambian constantemente, las empresas invierten menos en proyectos de largo plazo. Prefieren esperar. Las familias postergan decisiones importantes, como comprar una vivienda o emprender un negocio. No es un shock visible en un solo momento, sino un desgaste continuo que reduce el dinamismo de la economía.

A esto se suma un problema delicado y poco entendido: el deterioro de las propias reglas que sostenían la estabilidad. Durante años, el Perú construyó un marco fiscal que actuaba como ancla, limitando el gasto y ordenando las cuentas públicas. Hoy, ese marco está bajo presión.

En los últimos años, el Congreso ha aprobado más de 200 normas con impacto fiscal, muchas sin sustento técnico ni financiamiento claro. Son decisiones que generan beneficios inmediatos para grupos específicos, pero que trasladan el costo al conjunto del país, muchas veces sin discusión sobre cómo se financiarán en el tiempo. Al mismo tiempo, las advertencias técnicas del Consejo Fiscal han perdido peso en la toma de decisiones.

Esto marca un cambio importante. Durante mucho tiempo, la economía peruana pudo avanzar a pesar de la política. Hoy, la política no solo genera ruido: empieza a erosionar las bases que permitían amortiguarlo. La telaraña no solo carga más peso. También se está deshilachando.

Las consecuencias ya se sienten, aunque no siempre de manera inmediata. Una economía que crece poco genera menos empleo adecuado y mantiene a más personas en la informalidad. Una economía incierta atrae menos inversión fuera de sectores puntuales, lo que limita la diversificación productiva. Una economía con pobre institucionalidad permite que proliferen las actividades ilegales. Y un Estado con finanzas más presionadas termina ofreciendo servicios más débiles, incluso cuando el presupuesto aumenta en el papel.

¿Podrá resistir?

Las próximas elecciones presentan una oportunidad única:¿lograremos un compromiso con la estabilidad y con la institucionalidad de buenas políticas públicas?

El Perú ha demostrado una notable capacidad para resistir. Su estabilidad macroeconómica, el rol del Banco Central y el impulso de sectores como la minería han evitado que la telaraña se rompa, incluso en los momentos más tensos. Pero resistir no es lo mismo que avanzar.

Hoy, la telaraña sigue en pie, pero con menos margen. Cada nueva crisis, cada regla que se debilita, cada decisión de corto plazo añade peso y reduce su capacidad de sostenerlo.

Seguir actuando como si siempre fuera a resistir es, en el fondo, asumir que nada tiene consecuencias. Que se pueden acumular crisis, debilitar instituciones y tensionar las finanzas públicas sin pagar un costo real. Este es el reto económico de los que nos gobernarán hasta el 2031.

La pregunta no es cuántos elefantes más pueden subirse ni cuántas crisis más podemos aguantar. La pregunta es qué pasa cuando finalmente la telaraña deja de hacer

Mónica Muñoz-Nájar

Coordinadora de Proyectos y Políticas Públicas de la Red de Estudios para el Desarrollo (REDES). Docente de la Universidad del Pacífico. Magíster en Economía de la UP con experiencia en el sector público y el desarrollo económico. Se ha desempeñado como presidenta del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana.