¿Civismo comprometido o “elegante” arrogancia? , por Eliana Carlín

Iniciativas disfrazadas de iluminadoras promueven unpaternalismo despectivo en elecciones, e ignoran la diversidad del electorado peruano. La arrogancia de "enseñar a votar" subestima la inteligencia del pueblo.

En medio de campañas que se disfrazan de iluminadoras, brotan iniciativas con supuestas buenas intenciones que terminan siendo puro paternalismo despectivo. No hablo de movimientos obvios como #PorEstosNo, que son honestos en su rechazo. Hablo de esa arrogancia elegante de enseñar cómo votar por lo que supuestamente es lo correcto, como si los electores fueran menores de edad que necesitan que alguien más listo les marque el camino. En ciencia política esto tiene nombre: paternalismo. Es la creencia de que una élite sabe mejor que el pueblo qué le conviene, negándole su agencia y tratándolo como un niño al que hay que guiar porque solo no puede.

Porque lo que es “bueno” para mí, desde mi burbuja urbana, no es lo mismo que para una compatriota que levanta a sus hijos en las alturas de Puno o en las riberas de Loreto. Nuestro país es un mosaico brutal de realidades distintas, y esa diversidad no es un defecto: es el alma misma de la democracia pluralista. Como enseñan los clásicos desde Tocqueville hasta Robert Dahl, la democracia no funciona homogenizando preferencias, sino reconociendo que cada grupo tiene intereses legítimos forjados por su propia historia de abandono o privilegio. Pretender que todos debemos elegir igual es negar la soberanía popular.

¿Podemos pedirle a quienes el sistema les ha fallado con saña que voten por el establishment que los sigue dejando atrás? Claramente, no. Sería insultar su inteligencia y su memoria. En este contexto cobra fuerza la candidatura de Juntos por el Perú con Roberto Sánchez al frente. El sombrero chotano como bandera y el respaldo concreto de Pedro Castillo le han dado un 11% de intención de voto en la zona rural, la más alta de todos los candidatos.

Según el IEP, el 83% de sus votantes no cambiarían su decisión: un voto duro castillista, consolidado, fiel y terco. Es la respuesta racional de quienes han convertido el rechazo en identidad.

Y aquí viene lo que nadie quiere decir en voz alta: intentar “corregir” o domesticar ese voto no es civismo, es autoritarismo con disfraz de superioridad moral. La democracia no se enseña desde púlpitos elitistas; se vive, se respeta y se defiende.