La decisión del presidente chileno José Antonio Kast de levantar muros en la frontera norte instala en Sudamérica evoca la estrategia impulsada por Donald Trump en la frontera entre Estados Unidos y México, donde el muro se convirtió en emblema de una política de soberanía territorial y supuesto control migratorio.
En la historia internacional, los muros representan momentos de repliegue político. Las naciones recurren a estas barreras cuando buscan transmitir una presunta protección frente a presiones externas. El siglo XX ofrece ejemplos elocuentes, como el Muro de Berlín, cuya construcción expresó la división política del mundo durante la Guerra Fría y marcó una época además poco productiva económicamente.
Si bien la migración contemporánea motiva este tipo de arranques aislacionistas, lo que ocurre en realidad es que esos desplazamientos trasladan eventualmente el fenómeno hacia nuevas zonas de tránsito.
La decisión de Kast encarna así una corriente política global: el nacionalismo fronterizo.
Ese giro, sin embargo, contrasta con una tradición diplomática chilena que durante décadas cultivó estabilidad regional y cooperación pragmática con los países vecinos. Incluso voces provenientes del conservadurismo chileno sostuvieron esa línea histórica.
El excanciller Hernán Felipe Errázuriz, quien ejerció el cargo durante el tramo final de la dictadura de Augusto Pinochet, respetó una política exterior basada en relaciones estables, gestión conjunta de las fronteras y entendimiento estratégico con los países limítrofes, amparadas en el Tratado de Lima de 1929. Es decir, incluso dentro de uno de los períodos más duros de la historia política chilena surgió una visión de política exterior orientada a la gestión compartida.
Sobre ese legado se construyó, con el paso del tiempo, una relación más estructurada entre Perú y Chile. El comercio bilateral creció, los mecanismos diplomáticos adquirieron solidez y las diferencias se encauzaron mediante el derecho internacional y la negociación política.
El nuevo escenario plantea un desafío para la diplomacia peruana. La acción de Torre Tagle debe reafirmar su tradición diplomática que supere con visión de Estado las bravatas aventureras de un gobernante temporal sin creatividad para manejar y superar problemas complejos.