Ha caído Nicolas Maduro. Ha caído un dictador cleptocrático y cruel. Ha caído el responsable del éxodo masivo de ciudadanos de a pie producto del estatus de estado fallido que la Venezuela chavista ha legado a una nación que alguna vez supo ser no solo de las más ricas de la región, sino cuna y refugio de grandes intelectuales, artistas, líderes militares y, sobre todo, individuos que escapaban de las dictaduras viles que regían en sus países durante distintos tramos del siglo XX. Sin embargo, quiero aclarar que es importante que, al menos por ahora, es importante que pensemos los eventos del sábado 3 de enero por la madrugada como la caída del hasta ese día líder autocrático de Venezuela y no del régimen que gobierna en nuestro vecino caribeño desde 1998.
Una primera razón que debería llevarnos a tener esta lectura es la simple naturaleza narrativa que la administración norteamericana le ha decidido asignar a su accionar reciente en Venezuela y el Caribe conexo. La administración Trump halló en el narcotráfico una excelente excusa para escalar su hostilidad hacia el régimen de Caracas. El ahora famoso “Cártel de los Soles”, nombre adscrito a la cúpula dirigencial chavista, fue designado como una organización criminal responsable de permitir y beneficiarse del tráfico ilícito de drogas, así como del comercio negro de combustibles, productos mineros, entre otros. Washington, al elegir esta categorización, deja en claro que su enemigo es una organización criminal, mas no un régimen dictatorial, mucho menos uno que, en el análisis político básico, se ubica a su antípoda ideológica.
El enemigo de Trump no es el Socialismo del siglo XXI, como predica buena parte de la derecha latinoamericana, sino, en los ojos de la Casa Blanca, es un capo de la droga responsable del ingreso de sustancias nocivas que ponen en peligro a la sociedad norteamericana. Basta tan solo leer los cargos imputados a Maduro por la fiscalía estadounidense para demostrarlo. El accionar norteamericano, por ende, se podría asemejarse más a la captura de grandes criminales —como Joaquín “El Chapo” Guzmán— que a las intervenciones que, durante el siglo pasado, derrocaron regímenes democráticos en Chile o Guatemala.
Sin embargo, creo que la principal prueba de que el interés norteamericano pasa por detener a quien, a sus ojos, es un supuesto líder del narcotráfico regional —y no por la búsqueda de un cambio de régimen en Venezuela— radica en la naturaleza misma de los resultados de la operación militar del pasado fin de semana. La infalibilidad quirúrgica de las fuerzas de élite norteamericanas tenía un solo objetivo: reducir a Nicolas Maduro y extraerlo de Venezuela junto a su esposa. No hubo accionar ni hay razones para pensar que algún tipo de acción estuvo dirigido hacia los demás miembros de la cúpula dirigencial del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). A las pocas horas de hecha pública la captura de Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, así como altos dirigentes cómo Diosdado Cabello, Vladimir Padrino, Tarek William Saab, entre otros, no solo siguen libres, sino han continuado declarando a la prensa afín al régimen y, por ahora, se les ve en una posición de relativa estabilidad si sobre la supervivencia del régimen chavista se trata.
La libertad de los anteriormente nombrados, junto a las declaraciones de Donald Trump sobre su intención de “manejar” Venezuela que dejó sorprendidos y alarmó a muchos, abre entonces una interrogante: ¿Cómo Washington podrá hacerse cargo de Caracas si es que todos, salvo Maduro, siguen en sus puestos? Ante ellos solo podría haber dos respuestas: la primera es que Trump pretende, en el corto plazo, llevar a cabo una intervención militar a gran escala, pues es lo único que podría permitirle tener control efectivo sobre Venezuela. La otra, es cooptar las estructuras del régimen existentes hoy en Venezuela. En el caso de que Trump se decida por la primera opción, entraría en una contradicción significativa con su plataforma político-ideológica aislacionista. Si bien es cierto que podría enmarcar una invasión y una subsecuente guerra como un asunto de seguridad nacional interna —tal como se ha hecho con la captura de Maduro y su supuesta responsabilidad en el tráfico de drogas hacia los Estados Unidos—, el drenaje de recursos que implicaría una nueva acción militar a gran escala, como ocurrió en los casos de Irak y Afganistán a comienzos de siglo, contraviene fuertemente las metas propuestas por Trump en su campaña de 2024, orientadas a mejorar las condiciones materiales de vida de una sociedad norteamericana que lleva años bajo fuerte presión económica. Esto podría costarle simpatías de cara a las elecciones de medio término previstas para más adelante este año.
Es, por ende, que la ruta de la cooptación de la actual cúpula dirigencial chavista brota como una alternativa sensata para Trump, pero, sobre todo, como una inmensa e inesperada victoria del PSUV. Para Washington tranzar una ruta progresiva que permita pronto a grandes capitales norteamericanos acceder a la explotación y comercialización de activos estratégicos en suelo venezolano y, en el largo plazo, poder tener un régimen que le sea medianamente colaborador, suena como una opción mucho más estratégica que buscar un cambio de régimen por la vía de las armas. A su vez, un potencial acuerdo bajo la mesa entre la dirigencia restante del chavismo y Trump podría, potencialmente, garantizar alguna suerte de levedad o incluso beneficio para varios colaboradores cercanos de larga data en las esferas más altas del Palacio de Miraflores. La designación por parte del régimen estadounidense de enviados especiales a Caracas sumada a las recientes declaraciones de Marco Rubio que especifican que no habrá elecciones en Venezuela en el corto plazo podrían invitarnos a pensar que un régimen chavista “domesticado” por el Norte podría ser la opción más probable para Venezuela. Esto, a su vez, significaría una estocada gravísima a la oposición venezolana, relegando aún más a María Corina Machado a giras por foros ideológicos alejándola de cualquier posibilidad de ejercer poder real sobre su país.
Es muy temprano para decir qué le depara el futuro a la nación caribeña y, sobre todo, a su inmensa diáspora. Sin embargo, pretender que lo que hemos visto y veremos en los próximos días es producto de una cruzada ideológica no sería más que un error reduccionista. Los intereses norteamericanos en la región son conocidos hace mucho y las preocupaciones de lo que queda del régimen alguna vez liderado por Hugo Chávez también. La racionalidad de los actores en la política responde, muchas veces, a pragmatismos sencillísimos y creo que Venezuela no será una excepción.