
* Colabora Jorge Yzusqui Chessman, ingeniero y fundador de Innova Schools.
John Dewey decía: si enseñamos a los estudiantes de hoy como enseñamos ayer, les robamos el mañana. Nuestro currículo nacional es rígido y prescriptivo: define con detalle qué deben aprender los estudiantes mediante extensas listas de capacidades y desempeños. Esta estructura limita la autonomía pedagógica, restringe la innovación y dificulta que las escuelas adapten la enseñanza a su contexto. Además, los alumnos no tienen opciones de elección, lo que genera un sistema homogéneo y poco flexible que desconoce la diversidad de intereses, ritmos y talentos.
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La neurociencia demuestra que los estudiantes aprenden de manera distinta, procesan información a ritmos diferentes y se motivan por intereses propios. Un currículo rígido ignora esa realidad y produce desafección, frustración y aprendizajes superficiales. Por ello, los países con mejores sistemas educativos adoptan un modelo mixto que combina equidad y flexibilidad.
Un sistema moderno debería integrar una base común obligatoria (60% del tiempo) que asegure competencias esenciales como lectura, escritura, matemáticas, ciencias, ciudadanía e historia; un componente flexible (30% del tiempo) donde cada escuela incorpore proyectos, cursos interdisciplinarios, voluntariados y propuestas como artes, tecnología, deporte o emprendimiento; y un espacio de elección estudiantil (10% del tiempo) con clubes, talleres y proyectos personales guiados.
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Este equilibrio permite garantizar equidad, fortalecer la pertinencia, mantener la motivación, impulsar la innovación y preparar mejor a los estudiantes para los cambios acelerados del mundo actual. Solo con un currículo que combine estándares claros, visión moderna y verdadera libertad pedagógica podremos construir una educación que abra oportunidades, desarrolle talento y libere el potencial de cada estudiante.

El bienestar socioemocional exige docentes preparados y acceso oportuno a la atención psicológica.

Los retos de la infraestructura educativa en el Perú van más allá de la falta de colegios e implican un cuestionamiento profundo sobre los espacios de aprendizaje.

Se propone una Ley de Educación para Personas Jóvenes y Adultas que unifique esfuerzos educativos, que promueva una educación de calidad y pertinente.

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Más de 26 mil instituciones educativas ofrecen EIB, pero enfrentan serias carencias. La consulta previa sobre la Política Nacional de EIB carece de participación indígena, crucial para fortalecer su identidad cultural.