La prosperidad requiere inversión en derechos

La creación de riqueza en los países precisa de previsibilidad y reglas claras.

La tragedia venezolana no es solo el colapso de un régimen autoritario. Es, sobre todo, una confirmación más de que ninguna sociedad puede aspirar a prosperidad sostenida cuando los derechos de sus ciudadanos son degradados a un elemento accesorio.

Venezuela no se empobreció por falta de petróleo ni de talento humano, sino por la demolición deliberada del Estado de derecho y de la voluntad ciudadana.

El régimen de Nicolás Maduro violó sistemáticamente los derechos de propiedad, voto y libertad de expresión de sus connacionales. Con ello destruyó los incentivos básicos para invertir, innovar y planificar el futuro en su país.

Al respecto, el profesor de crecimiento económico de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausmann afirma que el desarrollo surge de la capacidad de una sociedad para coordinar inversiones y conocimiento bajo reglas creíbles. No exclusivamente de recursos naturales ni del abuso del poder. 

Este razonamiento coincide con lo desarrollado por varios premios Nobel de Economía, desde Douglass North y Amartya Sen hasta Acemoglu, Johnson y Robinson. Todos ellos coinciden en que sin derechos efectivos, la prosperidad es frágil y transitoria. Es decir, de corto plazo.

Lo preocupante es que esta erosión de los derechos no se limita al autoritarismo interno venezolano que, por cierto, sigue vigente a pesar del apresamiento de Maduro. También se reproduce cuando actores externos relativizan el derecho internacional y la voluntad popular por conveniencia geopolítica.

Cuando la defensa de la democracia se vuelve instrumental, pierde todo sentido. Y cuando el derecho internacional se aplica selectivamente, deja de ser norma para convertirse en materia vacía. Lamentablemente para quienes insisten en bravatas, esta incoherencia no debilita a los autoritarios; al contrario, los fortalece.

Esta lógica debería ser evaluada con cuidado por los candidatos que hoy se rinden ante las bravatas de Trump y confunden firmeza con desprecio por las reglas. Normalizar que la voluntad de un pueblo sea negociable es abrir la puerta a que esa misma lógica se imponga mañana en el país.