Martín Adán, por Mirko Lauer
El poeta es, como Vallejo o el Inca Garcilaso de la Vega, un exiliado. Pero los exiliados de fuera pudieron decir su palabra sin trabas, se aferraron a ella y sobre ella fundaron su identidad y parte de la del país.

El poeta es, como Vallejo o el Inca Garcilaso de la Vega, un exiliado. Pero los exiliados de fuera pudieron decir su palabra sin trabas, se aferraron a ella y sobre ella fundaron su identidad y parte de la del país.
Este exiliado de dentro, oculto por las clínicas, la bohemia o el sarcasmo, tuvo problemas para expresar una visión de lo interior, para revelarse. Su forma se convirtió en un enrejado a través del cual debió pasar el testimonio de una experiencia personal sin adornos. Así, todo es ocultamiento, todo revelación involuntaria y a la vez inevitable. ¿Qué reveló Adán por entre los resquicios de su complejidad? Básicamente que se sentía muy mal, que su pensamiento lo conducía a la desesperación, que su experiencia lo instaló en la tristeza, que su búsqueda de tablas de salvación naufragó entre tumbos de inteligencia.
Estirando la imagen, se podría pensar en un Garcilaso sin memorias andinas, en un Vallejo sin visiones de la solidaridad humana. Adán fue un solitario frente al Perú, y su inteligencia no le permitió la desesperación romántica, sino que le impuso la reflexión cotidiana en que desemboca su obra con los sonetos finales.
A la postre su tema fijo es el de la identidad resuelta en ambigüedad. Emilio Adolfo Westphalen vio en Adán una clara proclividad a las dobles y triples identificaciones. No es tanto que el hijo de la familia patricia haga finta de preservar el apellido frente a la contaminación y mancilla de la literatura.
Más bien el poeta se acoge a la complacencia de abrir otra posibilidad de fuga, de otra manera de escapar de los demás, y en última instancia de sí mismo: andando el tiempo, la ambigüedad es elevada a categoría de tema central en los poemas, de tópico generador de su propia retórica, de válvula inevitable para el conocimiento del poeta.
De esa ambigüedad nacen procesos, un existencialismo adelantado al sartreano, en que las cuestiones del ¿qué es?, ¿quiénes son los demás?, y del ¿cómo es la realidad llegan a confundirse en una sola pregunta: ¿quién soy? Pero para llegar a la última pregunta, Adán desarrolla una compleja y dolorosa jornada.








