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El swing de los cabecillas del complot

Merino, Alarcón y secuaces deben pagar por este golpe.

En medio de una pandemia que cobra vidas y destruye empleos, el Congreso avanzó en la demolición institucional para obtener prebendas subalternas, haciendo que Macondo parezca, comparado con el Perú, Zúrich.

Por 65 votos a favor, 36 en contra y 24 abstenciones, se aprobó la admisión de la moción de vacancia, lo que le permitirá a los organizadores de este complot contra la democracia avanzar en su pretensión de protagonismo sin fundamento, pues el presidente Martín Vizcarra debería enfrentar cualquier acusación judicial al final de su mandato, el 29 de julio de 2021. No antes.

Los cabecillas de este complot antidemocrático, Manuel Merino y Edgar Alarcón –el testaferro con curul de Antauro Humala–, con la complicidad de varios otros congresistas, pretenden, por lo menos, humillar a Vizcarra, llevándolo a comparecer a un hemiciclo en el que, como se volvió a constar este viernes, sobra el entusiasmo, escasea la razón y abunda la mediocridad, con peroratas francamente repugnantes.

Pero los cabecillas de este complot obvio buscan, en realidad, traerse abajo la presidencia de Vizcarra para reemplazarlo por ese sicario del castellano que es Merino, quien alucina con ser Valentín Paniagua cuando solo es un golpista que tiene de lugarteniente a alguien igualmente impresentable como Alarcón, cuya jefatura de la Comisión de Fiscalización desnuda la personalidad de un Congreso corrupto y mediocre. El objetivo es obvio: prorrogar el mandato del nuevo presidente y del Congreso por un par de años.

Todo esto sucede como si en el Perú no hubiera una pandemia endemoniada, lo que demuestra la vocación de usar cualquier pretexto y una total irresponsabilidad, pues tanto el tiempo demandado al Gobierno para ocuparse de esta amenaza antidemocrática, como su eventual caída, significan un revés en la lucha contra la COVID-19.

Esto es un daño enorme para los peruanos que no debe quedar impune. Hace 148 años, unos hermanos, los Gutiérrez, encabezaron una rebelión que terminó con tres de ellos colgados desnudos en la Catedral de Lima. Hoy –felizmente para Merino, Alarcón y sus cómplices– los sistemas no son bárbaros. Es en la cárcel donde deben acabar los cabecillas del golpe y sus secuaces.