Bruta y achoradaza

La Republica
Maritza Espinoza

Que buena parte de nuestra derecha es auténticamente bruta y achorada -como la denominó, agudo, Juan Carlos Tafur hace algunos años- se demostró esta semana, de manera palmaria, cuando las cada vez más menguadas hordas golpistas volvieron a salir a las calles, dizque en marcha pacífica, y terminaron perpetrando violentos desmanes, agrediendo a periodistas que les hacían cobertura y apanando los autos de dos ministros que, piñas ellos, pasaban por allí.

Porque hay que ser bien brutos (léase: en el sentido más zoológico del término) para acabar de desacreditar de esa manera lo poco de creíble que podía quedar de la narrativa del pretendido fraude -falaz embuste cuyos promotores no han podido conseguir ni siquiera un testigo que denuncie haber sido suplantado en el acto de votar- cuando el más elemental sentido común indica que una marcha o una movilización se realizan justamente para ganar adeptos a una causa.

Pero, vamos, aún de las acciones más calamitosas se puede sacar alguna lección y parece que la experiencia de la tercera derrota de Keiko Fujimori ha sido tan traumática para la ultraderecha local que ha terminado provocando justamente un inesperado efecto positivo: enseñarles a salir a las calles a pedir, con el dolor de sus gargantas, aquello que (equivocadamente, en este caso) consideran justo, algo que, hasta hoy, solo hacían sindicatos, campesinos, estudiantes y todos los demás desposeídos de esta tierra noble, pero a menudo tan poco generosa con sus hijos.

Acostumbradas como han estado, las elites limeñas, al privilegio no ganado (y a menudo no merecido), a la argolla y al nosabesconquiéntemetes, jamás en su historia habían tenido que mover un dedo para conseguir lo que necesitaran o consideraran suyo, mientras el resto de la sociedad tenía que vérselas, cada tanto, con el gas lacrimógeno y el garrote policial para arañar alguito de libertades y derechos.

Es decir, mientras en Tía María o San Marcos ha sido pan de cada día, para la ultraderecha local protestar es la gran experiencia novedosa de la década. Es como si, ayercito nomás, hubieran descubierto el poder de los eslóganes, las pancartas y la movilización organizada. Si ya me parece escuchar a más de uno de sus miembros exclamando pasmado: “Ah, o sea, si uno no está contento con algo, ¿se podía salir a reclamar? ¡Alucinaaaa!”.

El reciente estallido derechista -con excesos que deberán ser judicializados, como deben serlo en cualquier movilización social-, que comenzó con las ya famosas marchas de los camionetones y terminó con la revuelta del miércoles, en las que distinguidos miembros de la Coordinadora Viejolesbiana y de la pituquería más nice acabaron juntos y (¡puaggg!) revueltos con impresentables integrantes del colectivo La Pestilencia (Gorriti dixit) y otras yerbas, será alguna vez materia de estudio en las clases de sociología de las universidades y, en el futuro, tendremos académicos escudriñando cómo fue que la era de los privilegios coloniales acabó abruptamente con un vómito social que, oh, paradoja, parió a un nuevo y deforme miembro de nuestra precaria sociedad civil, pero miembro al fin.

DBA

Por supuesto, no vengo a decir que el descubrimiento del poder de la movilización por parte de las elites haya acabado con sus privilegios sempiternos. No, señor. Estos siguen allí, blanquísimos e intocados. Solo digo que un país en el que, por primera vez en su historia, la derecha salió a patear la calle, nunca volverá a ser el mismo. No, no se ría. A pesar de los execrables excesos que todos condenamos, lo ocurrido en estos días marca un hito: los de arriba bajaron al llano y comenzaron, con el dolor de su alma, a sentir lo que es ser un poblador más.

Es verdad que el motivo de la protesta -el fraude, que no existe- puede parecernos una majadería, y todos sabemos que lo es, pero la protesta en sí fue la reacción a un país entero (su chacra de siempre) que por primera vez les dijo no. Sí, a ellos, a los que siempre cortaron el pastel. A los que no tenían más que mandar un WhatsApp para que les perdonaran la papeleta, les hicieran sitio en la vacuna o les consiguieran mesa en Maido. A los que Carlos Malpica llamó “los dueños del Perú”.

Más allá de los memes y chistes involuntarios -como ese retrato indescriptible de una marcha anterior en la que aparece una regia sanisidrina de espaldas cuya empleada doméstica, bien al “servidumbre style”, va tras ella portando el cartel de la protesta-, a partir de ahora las elites saben que no tienen nada “for granted” (expresión gringa sin traducción precisa, pero que viene a ser algo así como “por derecho”) y que deberán salir a exigirlo a las calles como un Quispe cualquiera.

Y, lo más importante, saben que, incluso con el fatigoso esfuerzo de salir a las calles, tragar gases lacrimógenos e inflamar gargantas con lemas tan imaginativos como “¡Fuera Sagasti terruco!”, “¡Abajo el comunismo!” o “¡Muera la prensa mermelera!”, tendrán siempre, en el horizonte, el cuco del fracaso, porque, lamento revelárselo, hacer protestas no basta para que un reclamo se haga realidad ni existe el ratón que deja una moneda de plata bajo la almohada de los niños a los que se les cae un diente. No, no lloren, por favor.

Así que, si nuestras huestes sanisidrinas, que hoy se debaten entre apoyar a la “Chika”, o a “Porky”, o al golpe de Estado (que no conseguirán), quieren hacer uso del derecho a presionar con la calle, deberán aprender algunas cosas elementales para no terminar estrellándose contra la realidad y comprobando, allí mismito, que hasta para protestar tienes que ser menos bruto y achorado.

Primero, que una cosa es protestar y otra, muy diferente, cometer delitos tipificados en el Código Penal, como ese caballero llamado Álvaro Francisco Subiría Alegría, que agredió a una periodista y que luego salió a pedir disculpas, como si un acto de violencia se borrara con un “sorry”. Segundo, que la policía, cuando está en pleno trabajo (llámese: reprimiendo marchas o cuidando el tránsito), no tiene idea de quién eres, así que el apellido de papi, ese que tantas puertas abría hasta ahora, no cuenta un pepino. Tercero, que es útil llevar siempre un trapo mojado en vinagre, porque las bombas lacrimógenas no distinguen si has estudiado en el Markham o en una escuelita fiscal de Comas. Cuarto, que, por mucho que grites, una causa idiota no se convierte en una causa justa, así que hay que saber escoger las peleas. Y, quinto, que hay cámaras por todos lados y que, tarde o temprano, tu linda cara será identificada por la policía (adivina: a través de tus propias redes sociales) y terminarás de patitas en la comisaría como un malhechor cualquiera. Qué roche, ¿no?