El primer Centenario de Leoncio Bueno

05 Ene 2020 | 14:57 h
Rodeado de gente peligrosa: poetas, artesanos y cantores. Fotografía: Antonio Melgarejo.

El último jueves, Leoncio Bueno festejó los primeros cien años de su existencia con una frejolada en su casa-huerta, en Tablada de Lurín. Sus manos, que han sembrado caña, “expropiado” bancos y recargado baterías de autos, siguen poetizando sobre el mundo con elocuencia.

Está casi como vino al mundo un 2 de enero de 1920 en una hacienda cañera en La Libertad: sin dientes y con ganas de mamar.

Leoncio Bueno, el poeta obrero que no pasó de tercero de primaria, hijo de una lavandera y un amansador de caballos que nunca conoció, es un pícaro de cien años al que le encantaría prenderse de una teta. Lo dice abiertamente, enseñando su ‘casetera’ y el único diente que le sobrevive, con una arrechura ocurrente de quien ya no tiene por qué guardar recatos. ¿Qué reservas caben a los cien años para alguien que ha vivido sin máscaras?

Leoncio recibió las doce en cama, viendo una película, junto a Blanca Rojas, la chiquilla que enamoró bailando salsa dura en un cumpleaños de Haya de la Torre hace 46 años. La comelibros con la que vive desde los ochenta en esta casa-huerta, en los arenales de Tablada de Lurín, donde los caracoles están acabando con los últimos verdores de la primavera.

En unos minutos, una tropa de amigos invadirá su parcela citadina con libros, bocaditos y algún aguardiente. Solo entonces, este hombre que camina sin bastón en tramos cortos, dejará de repetirme que cumplir cien años es una cojudez, y que ya no está para estos trotes. Solo entonces, se entregará a la jarana y será un cumpleañero feliz.

Pero ahora, en estos momentos en los que un par de reporteros son sus únicos invitados, desenrollará su pliego de afecciones. Afecciones imperceptibles en un señor que podría tener setenta, y nadie le pediría su DNI para comprobarlo. Un señor conservado a punta de hortalizas, música clásica y muchas gotas de literatura.

Cuando Leoncio Bueno pisó Lima por primera vez, en enero de 1939, se llamaba Bulmaro Barrantes (su madre trató de omitir el apellido de su padre golondrino) hasta que descubrió que el sujeto que solo conoció por foto lo había registrado como Leoncio Bulmaro Bueno Barrantes. Como descubrió también, pero varias décadas después, cuando tuvo que jubilarse, que no había nacido en 1921 sino un año antes. Una vida de fábula de unos ojos vivarachos que vieron a una Lima rural, de medio millón de habitantes, “todavía ebria de perricholismo e hispanidad”. Una Lima virginal, donde podía verse el mar desde sus acantilados sin el humo de sus automóviles.

Unos ojos, pero también unas manos. Manos que tiraron lampa, retiraron la paja, sembraron caña, arrancaron frutas, recargaron baterías de autos, pero sobre todo manos que no han renunciado ni en las épocas más difíciles a despellejar el mundo (como sus cuatro años en El Frontón, en los cincuenta, por “expropiar” algunos bancos).

Leoncio publicó su primer libro a los 46 años (Al pie del yunque, 1966). Y halló su estallido poético diez años después con Rebuzno propio. Poemarios, junto con Pastor de Truenos (1968) e Invasión poderosa (1970), que le valieron para erigirse con el Premio Nacional de Poesía José Santos Chocano en 1973 y el Premio Casa de las Américas en 1975.

Libros que nunca pertenecieron al catálogo de las grandes editoriales, sino más bien al sello de su taller de mecánica (Túngar). Libros que el mismo Leoncio cosía artesanalmente y distribuía a pedido, con la maleta al hombro. Como los 200 ejemplares de Invasión poderosa que metió en dos cajas de leche para ayudarse en su primer viaje al extranjero, a Chile, en 1971.

“Se me viene como por un tubo las nieblas de la ancianidad”, escribió por aquellos años sin saber que viviría cincuenta años más de lucidez.

Antes de que su casa se convierta en un recital poético, Leoncio Bueno me muestra su diario. Unos cuadernos cuadriculados muy modestos, donde más que verter todo lo que le sucede, anota los acontecimientos más importantes del día, como si se tratara de una agencia de noticias.

No ha dejado de ser periodista, Leoncio. Y vaya que lo supo ser en Marka, La República, El Nacional, entre muchos otros.

Entre las áreas verdes que perdió Brasil por los incendios en la Amazonía, la tasa de feminicidios y el pedido de prisión preventiva para Keiko Fujimori, el diario de Leoncio exhibe muslos, pechos, y demás carnosidades de saludables jovencitas. Inspiraciones que recorta de revistas y periódicos. “Están bien escogidas. Hay que darse gusto”, dice, orondo, frotándose las manos.

Alguna vez el horaceriano Tulio Mora se preguntó en el prólogo de uno de los libros de Leoncio: ¿cómo había logrado el milagro de sobrevivir a los atajos mortales que el Perú le pone a sus poetas? Quizá la respuesta esté en esas hojas tan inmaculadas.

Dan las once y, con ello, las primeras personas que atraviesan su portón de madera. Son gente ‘peligrosa’: el gremio de escritores peruanos, encabezado por Jorge Luis Roncal, la intérprete ayacuchana Margot Palomino y el poeta Renato Sandoval.

Hoy habrá frejolada. Un ‘combate’ sabroso y rendidor preparado por su hija Gladys, la gerontóloga acomedida que se gradúa todos los días en altos honores cuidando a sus padres. Una hija que no lleva su apellido, como varios de los diez hijos de Leoncio, pero que ha sabido comportarse como tal. Su filosofía: alimentación sana, y dejarlos ser.

Gladys, además, ha sido la transcriptora de sus últimas obras. Y quien se preocupó por inscribir sus dos antologías en la Biblioteca Nacional hace tan solo algunos años. La que le lee el periódico y escribe sus dictados en Facebook.

La reunión prosigue entre cantos y hurras. Los platos desfilan. Y Leoncio embarra sus bigotes blanquecinos de gato coqueto con los frejoles deshechos y el guiso de pavo.

“Nunca he celebrado mi santo. Me cago en mí. Pero hoy cumplo los primeros cien años de mi existencia”, dice entre lampada y lampada.

A los cien años, este zambomba de pico y pala apenas sufre de asma, presión alta y una leve catarata. Sus recuerdos permanecen a su alcance. Y sus ganas de decir continúan al servicio de sus luchas.

Mañana (viernes 3 de enero) tendrá que interrumpir su vida retirada para recibir el gran regalo de su centenario: un cortometraje dirigido por Javier Corcuera, hijo de su gran amigo, el vate Arturo Corcuera, y producido por Quechua Films, La Mula y La Casa de la Literatura Peruana, que será exhibido en pantalla grande en dos únicas funciones. Dice Leoncio que odia verse. Que ni siquiera se vio en Fitzcarraldo (1982), la célebre película de Herzog grabada en nuestra amazonía.

Acaso sea su forma más efectiva para mantener el ego a raya. Pero el viernes se plantará, humedecido, para agradecer. El primer Centenario de Leoncio Bueno, el obrero del verso que sigue mamando de la vida.

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