Enrique Verástegui, una temporada en Arequipa (testimonio)

El poeta Odi Gonzales ofrece un testimonio personal del reciente fallecido vate Enrique Verástegui, cuando este estuvo en la Ciudad Blanca

El poeta Odi Gonzales ofrece un testimonio personal del reciente fallecido vate Enrique Verástegui, cuando este estuvo en la Ciudad Blanca

Odi Gonzales Jiménez

Cuando Verástegui recaló en Arequipa (1982) yo comenzaba a estudiar en la Facultad de Ingeniería Industrial, UNSA; tenía 16 años, la cabeza rapada de cachimbo agustino y, una revistita Eclosión así bautizada por el narrador Carlos ‘Gatti’ Herrera, arquero del Rápido Tingo. Fue Oswaldo Chanove que me pidió que alojara algunos días al poeta. Por entonces yo vivía en casa de mi hermana, en el ruedo de los comandantes (Comandante Canga y Comandante Espinar), y allí, en mi cuartito de estudiante (La morada del buen salvaje) alojé al charming man, al trovador que pregonaba “y a la mierda Tomás de Aquino/ y a la mierda todo el mundo Aristóteles o Platón”; su estirpe matrilineal, puma cadencioso, un aire de Black Panther juvenil del Lower East Side o del Bronx neoyorquino, mascullando quema, muchacho, quema.

 

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Había ido a Arequipa a realizar un trabajo en la UNSA; por las tardes estaba libre, y guiados por el tambor interno, asediábamos la ciudad de piedra volcánica. Antes de dormir, escribía con la pulsión de un velocista; desde mi revolcadero (cuadrante euclidiano), le vi aporrear la vieja Olivetti que me obsequió el poeta Rolando Luque. Llamada a Lima, consulta a las grandes potencias: Carmen Ollé, su esposa, le conmina a quedarse hasta terminar la chamba. Un día almorzábamos en un restaurante; dos policías entraron a tomarse una gaseosa, y Enrique se angustió, palideció “me están siguiendo” murmuraba, y dejamos el restaurante. Una noche, después de recorrer todos los bares, fondeamos en el “Todos vuelven”; allí coincidí con irreductibles arequipeños del barrio; en medio de los tragos, Enrique tanteó a uno de ellos “¿sabes con quien estás tomando?” y el otro contestó: “Claro, con un borracho”.

Bebíamos todos los días hasta el alba; una madrugada, mi hermana irrumpió en mi habitación y Biblia en mano, sollozando, nos conminó a volver a la calma y el café con leche. Fue una semana de bondad. Al despedirnos, me obsequió una chaveta ‘para pelar fruta’; yo le di mi chompa de alpaca tejida por niñas de la comunidad de Chawaytire de Pisac.

Esta noche elevaré una plegaria budista por ti, querido Enrique

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