
A 99%+ del escrutinio, el personaje de estas elecciones es Rafael López Aliaga. Apenas detectó que las podía perder, o incluso desde antes, se dedicó a tratar de cancelarlas de distintas maneras. Empezó insultando y calumniando a las autoridades electorales en términos genéricos, y luego se deslizó hacia el agravio personal. En esto ha demostrado ser incansable.
Se disparó en el pie al vejar a la población andina precisamente allí donde su rival Roberto Sánchez tiene mayor fuerza. También al verbalizar sentimientos de violencia sexual, que chocaron con el electorado. Al final pasó de candidato a activista contra el proceso electoral. En eso sigue, armando movilizaciones que continuarán un buen tiempo.
Ciertamente ha tenido materia prima para su histrionismo. Este año las elecciones estuvieron pésimamente organizadas, pero no al grado de invalidarse. López Aliaga piensa que sí, pero no tiene cómo demostrarlo. Con lo cual se ha colocado en las antípodas del sistema electoral, como el hombre al que le han robado los votos.
Todo termina siendo un homenaje al fracaso. Los abogados contratados no convencen. Las manifestaciones no convocan. Las teorías conspirativas no animan. Los insultos no asustan. Si el candidato hubiera logrado una presencia tan intensa antes de las elecciones mismas, le habría ido mucho mejor. Ahora es un berrinche inútil.
Que López Aliaga plantee que no irá al Senado sugiere que piensa seguir en la senda de la protesta. ¿Su derechismo le alcanza como para ayudar a que Keiko Fujimori le gane a Sánchez? Pero eso sería reconocer que existe un proceso electoral legítimo. Todavía estamos en la etapa de la pataleta; quizás más adelante las cosas cambien.
Es más fácil que Fujimori llegue a un entendimiento con la gente de Jorge Nieto que con la de López Aliaga, como han propuesto Felipe Ortiz de Zevallos y Alfredo Torres. Hay entre los votantes de Renovación Popular, casi todos en centros urbanos, una fibra de tozudez que linda con el fanatismo en su búsqueda de nuevas elecciones.
Pero nuevas elecciones no va a haber, ni en conjunto ni por partes seleccionadas. López Aliaga ha perdido su batalla, con estruendo. En el 2021 le manchó la pechera a Fujimori; esta vez se la ha manchado él mismo. Tiene mucho que aprender si piensa candidatear con alguna posibilidad en el 2031. Por ejemplo, a no contar cuentos y a no ser violento.





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