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Opinión

El terruqueo debe desterrarse de la política

Delia Espinoza frente a la campaña terruqueadora de su contrincante advierte el hartazgo ciudadano.

Editorial
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La democracia debería ser el ámbito donde las discrepancias se confrontan mediante razones y propuestas. No obstante, en el Perú se ha instalado una práctica que deteriora la deliberación pública y debilita la cultura cívica: el terruqueo.

Esta táctica antidemocrática consiste en asociar al rival con el terrorismo para desacreditarlo ante la ciudadanía. En lugar de examinar programas o trayectorias, se apela al miedo y al estigma que tiene como fin deshumanizar al oponente.

Durante años este recurso se ha vuelto frecuente en campañas electorales.

Un episodio reciente lo ilustra con claridad. En la elección para el decanato del Colegio de Abogados de Lima, una contienda marcada por insinuaciones ideológicas no logró impedir que muchos votantes evaluaran méritos profesionales, experiencia institucional y credibilidad personal de quien resultó ganadora: la doctora Delia Espinoza. El desenlace mostró que una parte del electorado comienza a mostrar fatiga frente a estrategias basadas en la estigmatización, como las que usó su opositor Humberto Abanto.

Este momento coincide, además, con la noticia del fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los pensadores más influyentes de la teoría democrática contemporánea. Su propuesta de democracia deliberativa planteó que la legitimidad política surge del intercambio argumentado entre ciudadanos que se reconocen como interlocutores legítimos.

Cuando el terruqueo invade el debate público ocurre exactamente lo contrario: el oponente deja de ser un participante válido y es presentado como una amenaza.

Al respecto, es fundamental decir que superar esta práctica no implica olvidar el doloroso pasado marcado por el terrorismo ni relativizar sus consecuencias. Todo lo contrario. Significa, más bien, preservar esa memoria sin utilizarla como instrumento de ataque electoral. Convertir una tragedia histórica en arma retórica distorsiona el sentido mismo de la memoria.

El país necesita una discusión pública orientada a propuestas: reforma de la justicia, fortalecimiento institucional, desarrollo económico y reducción de desigualdades. Cuando el debate se reduce a etiquetas y sospechas, esas cuestiones centrales quedan relegadas.

Si la democracia se nutre del intercambio de razones, como enseñó Habermas, el terruqueo representa su negación. Erradicarlo del lenguaje político, en ese sentido, es un paso necesario para construir una vida pública más responsable, más plural y verdaderamente democrática.

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