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Opinión

La guerra contra Irán y el liderazgo transaccional estratégico de Pedro Sánchez, por Manuel Rodríguez Cuadros

El liderazgo de Pedro Sánchez se consolida como un factor clave en la política española, y destaca por su capacidad para negociar en un contexto fragmentado y complejo. Ejerce un liderazgo transaccional basado en la resiliencia y el cálculo estratégico.

pedro sanchez
Manuel Rodríguez Cuadros 08-03

La variable del liderazgo, en ciertas coyunturas o procesos críticos, emerge como un factor decisivo y hasta hegemónico en la formación, orientación y ejecución de las decisiones colectivas. La historia es en sí misma una conjunción entre los procesos sociales y políticos y la conducción de determinados líderes que emergen por encima de las instituciones y de la propia dinámica de los procesos sociales.

Pero no todos los liderazgos son caudillistas ni hegemónicos. Los hay más austeros. Aquellos que se construyen desde abajo. Que deben resolver correlaciones de fuerzas complejas, precarias o negativas.

En las tipologías de James MacGregor Burns y Joseph Nye se trata de liderazgos transaccionales de perspectiva estratégica, donde el líder actúa en escenarios políticos y de poder fragmentados y el instrumento esencial de acción es su capacidad negociadora. Se trata de obtener gobiernos de coalición y mayorías construidas con una flexibilidad estratégica muy calculada.

Es el tipo de liderazgo del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que se sustenta de manera permanente y con una gran resiliencia en la transacción política y el cálculo estratégico. Es un liderazgo negociador. Sánchez ejerce el gobierno negociando, sin amedrentarse ante los peores escenarios posibles. Desde la democratización española en 1978, su liderazgo es el único que se ha ejercido con continuidad en una España políticamente fragmentada y crecientemente convulsa.

El liderazgo transaccional estratégico, por actuar en una diversidad contradictoria de actores políticos y sociales, es muy parecido al liderazgo internacional diplomático, pues la sociedad internacional, por definición, es fragmentada. Sánchez ha percibido muy bien esta analogía y ha llevado su liderazgo al plano internacional, por encima del rol inercial que debería corresponder a países con mayor gravitación, como Francia, Alemania o Gran Bretaña.

Frente a los cambios del sistema internacional, caracterizado por una unipolaridad que conserva poder material, pero cuya legitimidad aparece cada vez más fragmentada, Pedro Sánchez ha desarrollado una política exterior que busca armonizar la condición estructural de España como potencia media integrada en la Unión Europea y en la OTAN, con el ejercicio de márgenes de autonomía en función de requerimientos específicos de los intereses nacionales españoles.

Viene, con determinación, ejerciendo esos márgenes de autonomía. En cuestiones relevantes de la política europea y mundial. Proyectando una acción exterior que, sin romper sus obligaciones internacionales, afirma un perfil propio orientado a hacer prevalecer, allí donde es posible, los intereses económicos de España y sus visiones de una gobernanza europea y global que no renuncia a los valores normativos que están en la base misma del proyecto europeo y el constitucionalismo español.

El liderazgo internacional que está asumiendo Pedro Sánchez se funda en la defensa consistente de un orden internacional basado en normas, en el que las nuevas configuraciones del poder global no continúen erosionando los compromisos normativos de la Unión Europea con el multilateralismo, el papel central de las Naciones Unidas y la protección de los derechos humanos. Esta posición ha sido particularmente visible en los conflictos de Ucrania, Gaza y, más recientemente, en la crisis regional que involucra a Irán.

En el caso de Gaza, condenó los actos terroristas perpetrados por Hamás en Israel, pero al mismo tiempo criticó con firmeza la intervención militar israelí por considerar que contravenía principios esenciales del derecho internacional humanitario y de la Carta de las Naciones Unidas. En ese contexto reconoció al Estado de Palestina junto con Irlanda y Noruega, en uno de los momentos más críticos de la guerra, y ha exigido reiteradamente el alto fuego y la búsqueda de una solución política al conflicto.

En torno a la institucionalidad de la gobernanza mundial, se negó a integrar la Junta de Paz, creada por Donald Trump, por no incluir a la Autoridad Nacional Palestina y debilitar el multilateralismo institucional y las Naciones Unidas.

En paralelo, en el ámbito de la seguridad europea y de la relación transatlántica en el marco de la OTAN, frente a la presión de Estados Unidos para elevar el gasto europeo en defensa hasta el 5% del PIB, optó por una posición intermedia: aceptó el incremento del gasto militar, pero lo limitó al 2,5% del PIB, razonando en función de las capacidades económicas del país y del impacto social de ese aumento.

Al mismo tiempo, se ha comprometido con la necesidad de fortalecer una arquitectura de seguridad propia de la Unión Europea. Ha sostenido que la defensa del continente no puede depender exclusivamente de la OTAN, que requiere el desarrollo progresivo de capacidades estratégicas propiamente europeas, en concordancia con la vigencia de los compromisos de asistencia mutua establecidos en el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea.

El liderazgo transaccional con proyección estratégica de Pedro Sánchez ha adquirido en los últimos días una dimensión internacional más visible y relevante, al decidir que las bases militares norteamericanas situadas en territorio español no sean utilizadas ofensivamente para atacar a Irán. El No a la Guerra emergió como eje de la diplomacia española frente al conflicto.

Esta decisión se fundamenta en el argumento de que ni España ni la Unión Europea se encuentran en estado de guerra y en que la posición oficial española frente al conflicto es el rechazo a la guerra como instrumento de resolución de disputas. De este modo, el gobierno español plantea implícitamente la necesidad de un alto el fuego y de la resolución de los intereses contrapuestos mediante la vía de la negociación y la diplomacia.

La reacción de Washington no se ha hecho esperar y el propio Donald Trump ha abierto la posibilidad de sanciones comerciales e incluso de un embargo. Aunque su aplicación sería nada simple por ser miembro España de la UE. Hay una complejidad jurídica y práctica. Pero todo podría pasar. Una crisis efectiva, si se cumplen las amenazas, entre España y Estados Unidos, dada la estructura jurídica e institucional de la Unión Europea, podría transformarse rápidamente en una controversia de mayor alcance entre Europa y Washington.

Sin embargo, Sánchez, ejerciendo su capacidad de negociación, ha abierto los intersticios que existen entre lo jurídico y lo diplomático, ha empezado a generar eventuales espacios de entendimiento. Frente a declaraciones de la vocera del departamento de Estado sobre un cambio de posición española, reafirmó el “No a la guerra” y el no uso ofensivo de las bases militares. Al mismo tiempo decidió la integración de España, con su fragata más poderosa, la Cristóbal Colón, al grupo militar de acción defensiva en Chipre, junto a Francia, Grecia e Italia. Basado en la normativa de la UE, no de la OTAN. Se trata de una misión defensiva, no ofensiva.

En esta lógica dialéctica entre el ejercicio de la autonomía política y el cumplimiento de obligaciones jurídicas internacionales, la política del “No a la guerra” podría encontrar su sostenibilidad estratégica. En esa misma direccionalidad, la ministra de Defensa, Margarita Robles, luego de una reunión protocolar con el nuevo embajador norteamericano, destacó “la fiabilidad de España como socio de la Alianza Atlántica y el compromiso de nuestro país con la defensa de la paz, el ordenamiento jurídico internacional y los derechos humanos.”

El probado liderazgo transaccional de Pedro Sánchez enfrenta su primer gran desafío internacional. Tendrá evidentes impactos en la turbulenta vida política española.

 

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